CULTURA|OPINIÓN
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La transferencia
Todos libros preciados, tesoros que me pertenecían -aún-, cada cual elegido con amor en una librería y con amor rescatado de la vereda en que se ofrecía como usado. Tantísimos años de mi vida en que han sido protagonistas principales, de repente se van. Los libros, no los años.
A Tomás
“Papá, amo estar rodeado de libros”, exclamó por teléfono. Como un encantamiento, las palabras soplaron vida. Poderosas, resucitaron colecciones que, desamparadas, habitaban hace años en una estrecha bodega, el corazón mismo de las tinieblas. Dormidas en el olvido, sin embargo, soñaban aún con volver algún día a ocupar en las repisas el puesto en que merecen estar por derecho propio. Siempre fieles, me acompañaron luego de mi separación, a pesar de que en la nueva morada no había espacio suficiente para que vivieran a la luz del día.
Durante estos años, mi hijo no ha dejado de estar rodeado de libros. Pero ahora una gran mayoría lleva su firma en la primera página. Autores que comenzó a leer por iniciativa propia, encontrando en sus obras esas sendas que nos aguardan en la literatura; caminos que llaman a continuar y continuar recorriéndolos. Sí, ya empezó a formar su biblioteca.
Escuchaba en mi pieza el murmullo de los volúmenes que habían revivido. Era un sonido casi apagado que, no obstante débil, fue capaz de ascender de las oscuras celdas destinadas a custodiar cosas que no caben en un departamento. Apenas audible, era al mismo tiempo persistente. Al otro lado de la línea, él recordaba cuando una vez, siendo pequeño, el papá le leyó pasajes que relatan a seres sobrenaturales luchando contra las circunstancias en parajes mitológicos del Cáucaso y del Mediterráneo; leyendas arcaicas que han sabido burlar milenios. Así, de las páginas de la Teogonía íbamos escuchando, juntos, las cosas que Hesíodo contaba de dioses y titanes.
Entonces los semidioses se hicieron sentir. Cargaron ellos una maleta muy pesada, que contenía esas colecciones que habían despertado. Volúmenes de tapa dura, gruesos, altos y otros pequeños, también de tapa dura. Gredos. Ulises y las travesías entre sirenas y cíclopes; Aquiles a las puertas de Troya, sometiendo a Briseida al cautiverio, que pronto fue ocupado por el corazón de Aquiles cautivado por Briseida. Si se trata de guerras, las del Peloponeso, observadas lúcidamente por Tucídides, se arrimaban a los interminables diálogos de Platón; la precisión de Aristóteles explicando cosas que, a su manera, Esopo enseñaba con fábulas.
Y no fueron los únicos. Bruguera, la comarca multicolor en que habitan Calvino y Capote, Conrad y Jarry, Hemingway y Woolf, y tantos más, también empacada rumbo a las repisas de Tomás. Además viajaron el Octaedro de Cortázar, alojado en Alfaguara; Vallejos y Hernández en Losada; Rimbaud en Montesinos. Varios Anagrama y Tusquets iban también en la maleta.
Todos libros preciados, tesoros que me pertenecían -aún-, cada cual elegido con amor en una librería y con amor rescatado de la vereda en que se ofrecía como usado. Tantísimos años de mi vida en que han sido protagonistas principales, de repente se van. Los libros, no los años. Ellos migraron por elección propia. Mientras tanto, mi hijo los esperaba expectante.
Desempacamos en el living. Subimos y bajamos la escalera varias veces. Se acomodaron espléndidamente en la estantería del segundo piso. Un gran abrazo y un beso.
De vuelta, una sensación de profunda tranquilidad me acompañó en el auto. Los libros habían vuelto a casa.
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