CULTURA|OPINIÓN
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Recortes en presupuesto: el error de creer que la cultura es prescindible
El debate de fondo, entonces, no es simplemente cuánto se invierte en cultura, sino qué lugar ocupa la cultura dentro de nuestro proyecto de desarrollo y qué rol cumple en la experiencia democrática cotidiana de quienes la viven todos los días.
El recorte anunciado al presupuesto cultural vuelve a instalar una idea que reaparece con inquietante regularidad en el debate público: que la cultura es un ámbito donde los ajustes pueden hacerse rápidamente y casi sin consecuencias, como si se tratara de un gasto prescindible frente a otras prioridades del Estado, sin embargo, esa percepción ignora lo que verdaderamente está en juego. El arte forma parte de la experiencia cotidiana de las personas y las acompaña todos los días, aunque muchas veces no seamos plenamente conscientes de ello. Está en la música que escuchamos camino al trabajo, en las historias que vemos en una pantalla, en las fiestas de los barrios o en los espacios donde niños y jóvenes descubren su capacidad de imaginar.
Las políticas culturales no se limitan a financiar artistas ni proyectos individuales. Su propósito es mucho más amplio: sostener un ecosistema cultural que permite a miles de personas participar en la vida cultural, fortalecer procesos educativos y ejercer sus derechos culturales. En ese entramado conviven organizaciones comunitarias, centros culturales, elencos artísticos, programas de formación para niños y niñas, redes de circulación y espacios seguros donde la creatividad se vive y se comparte.
La cultura comunitaria sostiene talleres, festivales y escuelas artísticas en territorios donde la oferta cultural tradicional es escasa o inexistente. Las orquestas infantiles y juveniles han abierto oportunidades educativas a miles de niños y jóvenes, y programas como CECREA permiten explorar la creación artística vinculando arte, ciencia y tecnología.
Recuerdo una conversación que tuve en Iquique con una madre que me contaba que su hijo esperaba con ansiedad los días en que podía ir al CECREA, en el colegio no tenía amigos; allí sí. En una ciudad donde escasean los patios y los espacios de encuentro, ese lugar se había convertido en el suyo: un espacio seguro para crear, imaginar y experimentar con otros niños. Allí no solo dibujaba o construía objetos, comenzaba también a formular preguntas, a ensayar ideas y a descubrir que su imaginación tenía un lugar en el mundo.
Cuando se observa el conjunto de estos espacios y programas, lo que aparece no es una suma de financiamientos individuales, sino un ecosistema cultural que nutre el capital social del país. Allí se construyen vínculos y confianzas sociales —profundamente necesarias en el Chile de hoy—, se fortalecen identidades locales y se amplían las oportunidades de participación cultural. En ese sentido, las políticas culturales también contribuyen a reducir desigualdades, ampliando el acceso a experiencias culturales y educativas que históricamente han estado concentradas en ciertos sectores de la sociedad.
Por supuesto, este debate ocurre en un contexto internacional complejo. La economía global atraviesa un período de incertidumbre marcado por tensiones geopolíticas y volatilidad en los mercados. Frente a estos escenarios, los Estados enfrentan presiones sobre sus finanzas públicas, pero las soluciones duraderas no pueden provenir del recorte de derechos, sino del fortalecimiento del multilateralismo y la cooperación internacional.
El aumento progresivo del presupuesto cultural que Chile ha discutido en los últimos años no es un capricho ni una decisión aislada, sino que responde también a compromisos internacionales que reconocen la cultura como parte del sistema de derechos humanos y promueven que los países se acerquen a estándares mínimos de inversión cultural. El Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales consagra el derecho de toda persona a participar en la vida cultural, y organismos como UNESCO han impulsado recomendaciones para fortalecer las políticas culturales como parte del desarrollo sostenible.
El debate de fondo, entonces, no es simplemente cuánto se invierte en cultura, sino qué lugar ocupa la cultura dentro de nuestro proyecto de desarrollo y qué rol cumple en la experiencia democrática cotidiana de quienes la viven todos los días.
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