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La lágrima de Jim Morrison CULTURA|OPINIÓN

La lágrima de Jim Morrison

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Samuel Toro
Por : Samuel Toro Licenciado en Arte. Doctor en Estudios Interdisciplinarios sobre Pensamiento, Cultura y Sociedad, UV.
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Me pregunto si aún es posible cambiar el desastre que hemos construido como especie, enfrenando el miedo a todo lo desconocido que nos demande algún lugar desde el cual la poesía pueda ser acto y potencia de transformación, antes de extinguirnos.


Hay una escena en la película “The Doors” de Oliver Stone (1991) -más allá de sus méritos cinematográficos-, donde al inicio del film, Jim Morrison se cruza con Ray Manzarek en la playa. Hay algo energético en ese instante, donde dos jóvenes que sienten la convicción necesaria de la juventud, creen, fuertemente que el arte puede abrir las “puertas de la percepción” (ese umbral que Huxley citó de Blake), y con eso cambiar algo real en el mundo.

Casi al final del film, Morrison está frente a un televisor que transmite imágenes de guerra, represión y caos geopolítico. Cae una lágrima, mira casi a la cámara (nos mira) y nos dice: “creo que tengo una crisis nerviosa”. La distancia entre esas dos escenas es la que recorre una generación entera que creyó rozar el poder y terminó siendo aplastada por él, sin haberlo rozado jamás en sus fundamentos reales.

Esa promesa fracturada -la de los 60, mayo del 68, la revolución sandinista, el zapatismo, el punk, los destellos de Seattle 99- no fracasó en derrota frontal, sino de algo más sofisticado, lo cual es la absorción de la fagocitosis capitalista. No se necesitó destruir la disidencia, sino administrarla, darle formas de productos, del control identitario. El artista dejó de ser chamán para convertirse en una marca. La rabia espiritual se transformó en “estética”, y esta se volvió negocio. Ese tránsito de esperanza a desaliento nos muestra como las subjetividades aprendieron a adaptarse al sistema hasta neutralizar su propio potencial transformador.

Un ejemplo, entre muchísimos (y lo menciono por ser una producción local) es la reciente estrenada película “Matapanki”, una obra simpática, filmada con un estilo genuino y con afecto por el barrio. Su director lo dice sin ambages: “nace de la rabia y de la ternura por sus vecinos”. Pero esa rabia, celebrada del punk como súper héroe de comedia no amenaza nada, es un inmanente espectáculo. Es entrañable, y lo entrañable, en la cultura del “capitalismo post-tardío”, sigue siendo rentable.

Este tipo de vida es dentro de una industrialización generalizada de la memoria (Stiegler), donde las tecnologías no solo almacenan, y retienen, el pasado, también lo fabrican de acuerdo a los procesos de producción. Lo que pudo ser la irrupción de una poética verdaderamente disruptiva -capaz de reconfigurar materialidad y subjetividad- queda coaptado en recuerdos –“que no se recuerdan”- de lo que fue una rebeldía poético-política, y convertida en una ilusión de que los cambios aún son posibles en un catálogo pre-fabricado en una cibernética de 3er orden. El resultado de esto es lo que ya Sartre mencionó sobre “La Mala Fe”. Individuos con diversas identidades suplementarias que performan la disidencia para no ejercerla. Luchas que sustituyen el conflicto de clases -que sigue ahí- por guerras culturales alimentadas, y potenciadas, en los intereses funcionales de vidas con las identidades de la sobrevivencia y el “descanso” en la embriaguez de la “pulsión de muerte”. La indignación queda atrapada sobre sí misma, consumiéndose en recompensas de micro validación “identitaria”.

Mientras tanto, la escalada geopolítica no se detiene, y los “ecologismos integrales y expansivos” perdieron, hace décadas, su asidero y consecuencia reformista. En este “escenario”, el miedo es la principal herramienta de gestión, y la cultura, en lugar de “abrir puertas de la percepción”, fabrica los enrejados con materiales reciclados de antiguas rebeldías.

Morrison lloraba frente a un televisor, viendo el futuro cercano de un mundo que se derrumba y una generación que aprendió a estetizar el derrumbe en vez de intentar detenerlo, mostrándonos que hace, al menos, tres generaciones que no existe juventud.

Me pregunto si aún es posible cambiar el desastre que hemos construido como especie, enfrenando el miedo a todo lo desconocido que nos demande algún lugar desde el cual la poesía pueda ser acto y potencia de transformación, antes de extinguirnos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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