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La tragedia griega y el destino del capitalismo

por 23 julio, 2015

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Ignoro cuántas columnas se han escrito con este título (me refiero a la parte de “la tragedia griega”), pero cuesta resistir la tentación de aludir a este género literario al analizar la dramática situación del país helénico.

Desde que se incorporó a la Unión Europea en 1981, Grecia experimentó un extraordinario desarrollo económico, solo comparable en intensidad con lo desastroso de su manejo fiscal. Por muchos años (y  hasta ahora), el Estado griego simplemente gasta más de lo que recauda, lo que lo ha llevado a una situación de bancarrota, en la que solo subsiste gracias a préstamos externos (principalmente de bancos e instituciones Europas, y también del FMI).

La situación se ha visto agravada por un sistema político fallido, dominado durante décadas por dos partidos oligárquicos, llenos de favoritismos y coludidos con el poder económico. Como corresponde a esta situación política, el clientelismo y derechamente la corrupción han alcanzado niveles cancerígenos, muy difíciles de enfrentar en la actualidad.

En este contexto, las instituciones europeas que mantienen a Grecia a flote por medio de créditos billonarios, simplemente se negaron a seguir prestándole plata, a menos que aplicara un estricto plan de reducción del gasto fiscal, cuestión que pasó a denominarse con el eufemismo raro e improbable de “austeridad.”

 Más grave aún, el discurso populista e irresponsable que levantó Syriza, encendió las expectativas de millones de griegos y ahora la situación está lejos de estabilizarse. Algunas protestas ya se han suscitado y cuando las medidas de austeridad realmente comiencen a aplicarse, nadie sabe por qué cauces desembocará el descontento social. De hecho, una nueva crisis política en Grecia, e incluso la temida salida del euro (lo que se denomina “Grexit”), no puede descartarse para nada.

La “austeridad” impuesta por Europa, el Banco Europeo y el FMI, incluye algunas medidas racionales orientadas a modernizar el Estado griego, suprimir privilegios y disminuir el gasto, pero comprende también despidos masivos del aparato público (hipertrofiado, hay que decirlo), la eliminación de beneficios sociales básicos y, en suma, el hundimiento de miles de personas en la miseria. Uno de los componentes más controversiales de este plan de “austeridad”, se refiere a reformar el sistema de pensiones (que en Grecia definitivamente no funciona) y que implica obviamente dejar desprotegido al segmento más vulnerable de la población, en medio de una economía en crisis.

La implementación de este plan de austeridad –difícilmente administrado por un sistema político desacreditado–, hizo caer a dos gobiernos y provocó una enorme inestabilidad política en una sociedad que se niega a pagar los costos de una clase política corrupta e irresponsable.

En este escenario dramático, surgió Syriza, un nuevo movimiento de izquierda que logró convencer a la población de que era posible una alternativa, es decir, que se podían eliminar las traumáticas medidas de “austeridad”, y al mismo tiempo seguir consiguiendo créditos europeos para financiar el Estado griego. A través de un líder carismático y joven, Alexis Tsipras, de 40 años, Syriza prometió suprimir los despidos y reincorporar a los empleados fiscales, aumentar el salario mínimo, evitar cualquier tipo de privatización y, sobre todo, no tocar las pensiones.

Con estas promesas, el peleado triunfo que obtuvo Syriza hace 6 meses (con 36% de los votos), levantó enormes expectativas en el mundo entero, y en particular entre quienes buscan articular un nuevo discurso de izquierda, que permita conjugar los altísimos niveles de desarrollo económico de la sociedad actual, con mayores grados de integración y justicia social. El movimiento Podemos de España fue uno de los que sacó cuentas más alegres, queriendo ver en Syriza una demostración de que es posible resolver casi de un plumazo, y con solo proponérselo, todos los males del capitalismo.

Desde mi punto de vista, sin embargo, el experimento de Syriza estuvo siempre condenado al fracaso, y así lo articulé en una columna publicada en este medio, en febrero del presente año. No voy a decir que mi visión generó una crítica generalizada de la izquierda –sería sobreestimar su efecto–, pero sí hubo algunas airadas reacciones de personas de izquierda que la consideraron poco menos que una traición a la causa.

Desde una perspectiva de izquierda, sí me parece fundamental construir una alternativa que se haga cargo de la crisis del capitalismo, pero, por lo mismo, creo que resulta vital que esta alternativa se diferencie del mero populismo. En este sentido, me parece que la propuesta de Syriza fue desde el comienzo ilusoria, e inviable, lo que resulta doblemente irresponsable dada la desesperada situación en que se encuentra sumida Grecia.

Como movimiento, levantaron un discurso político que ofrecía a los griegos suprimir todas las medidas de austeridad, mantener –e incluso ampliar–, los beneficios, y al mismo tiempo mantener los créditos externos que financiaban. Pero no se puede tener todo y lo contrario de todo al mismo tiempo, el mismo Gramsci dijo eso. Aún desde un punto de vista puramente técnico, es muy dudoso que Grecia pueda salir adelante económicamente sin aplicar algún nivel bastante severo de austeridad. Pero aún en el caso de que hubiera habido un amplio consenso técnico en contra de la austeridad (que no lo había para nada), el movimiento de Tsipras debió incluir también en su diagnóstico la dimensión política, que era mucho más adversa.

En primer lugar, los líderes de varios países europeos, que obviamente iban a tener una voz preponderante en la negociación de la deuda griega, eran públicamente contrarios a suprimir la austeridad. Aquí juega un rol importante Alemania, pero también hay otros estados menores que son aún más “halcones”, como Finlandia, así como pequeños países de Europa del Este, como Eslovaquia, Lituania y Latvia, que tienen un estándar de vida más bajo que el de Grecia y que obviamente se oponen a prestar recursos a otro país, para que mantenga beneficios que ni siquiera ellos tienen.

En segundo lugar, y más importante que lo anterior, los líderes europeos no se mandan solos, sino que deben lidiar con sus parlamentos, y más aún, con sus electorados, que obviamente tienen poco interés en seguir prestando dinero a un pequeño país mediterráneo que ha llegado a falsear sus cuentas fiscales para obtener más créditos. De hecho, aún el draconiano rescate que se aprobó finalmente para Grecia, pasó “apenas” la barrera del Parlamento alemán, la semana pasada.

Tsipras debió haber incorporado todas estas variables en su discurso político, y debió habérselas transmitido con claridad a su gente, antes de prometer tan livianamente que era posible renegociar la deuda evitando al mismo tiempo la austeridad. Pero escogió no hacerlo. Aun hasta el último momento, cuando organizó el improvisado plebiscito para pedirle a la población que rechazara un trato que ya no estaba sobre la mesa, Tsipras le dijo explícitamente a su gente que, en caso de que ganara el NO, un trato mucho mejor se cerraría con Europa en dos días. Mintió, y los costos todavía los tendrá que pagar el pueblo griego por muchos años.

Ahora, seis meses después de salir electo, el gobierno de Tsipras debe abjurar de todas sus promesas. Se vio obligado a aceptar un plan de austeridad aún más severo que el que venía aplicando el gobierno precedente, después de haber tenido a su país literalmente al borde del abismo durante semanas. No ha obtenido prácticamente nada y el daño producido a la economía griega en estos pocos meses es enorme. Ni siquiera en términos de “dignidad” nacional ha obtenido mucho, después de que el Parlamento griego se viera obligado a aprobar las principales leyes de austeridad en dos días, para poder recibir el crédito que necesita desesperadamente para evitar el colapso total del sistema.

Más grave aún, el discurso populista e irresponsable que levantó Syriza, encendió las expectativas de millones de griegos y ahora la situación está lejos de estabilizarse. Algunas protestas ya se han suscitado y cuando las medidas de austeridad realmente comiencen a aplicarse, nadie sabe por qué cauces desembocará el descontento social. De hecho, una nuevas crisis política en Grecia, e incluso la temida salida del euro (lo que se denomina “Grexit”), no puede descartarse para nada.

En síntesis, en términos más ideológicos, la experiencia de Syriza sólo ha terminado por debilitar el discurso de izquierda y, como contrapartida, fortalecer al capitalismo como única alternativa viable.

Para enfrentar verdaderamente una crisis como la de Grecia, Syriza debió haber abordado en su discurso dos cuestiones fundamentales que mantuvo completamente ausentes. En primer lugar, la necesidad imperiosa de avanzar en nuevo pacto social al interior de la nación, que permitiera hacerse cargo, al menos, de los problemas sociales y humanitarios más urgentes. No se puede enfrentar una crisis social y económica simplemente sobre la base de créditos, o solidaridad externos, es necesario buscar los mecanismos internos que permitan hacer efectiva esa solidaridad. De la misma forma, no hay una alternativa real al capitalismo, si no es a partir de un acuerdo público que establezca las condiciones necesarias para una mayor recaudación y gasto social.

En segundo lugar, Tsipras debió haber enfrentado de verdad la necesidad de modernizar un Estado clientelar y corrupto, y no simplemente resguardarse en el axioma de un Estado intocable. El desafío de la modernización del Estado debe ser una prioridad fundamental de la izquierda, no sólo desde un punto de vista técnico (de lograr una mayor “eficiencia”), sino sobre todo desde un punto de vista ideológico, en el sentido de volverlo más democrático y participativo. En este sentido, Estado y Democracia son dos nociones que se requieren mutuamente, y cuya interdependencia debe estar al centro de cualquier reflexión de izquierda que pretenda enfrentar la crisis del capitalismo contemporáneo.

Para contar con un Estado fuerte, que permita proveer niveles básicos de bienestar e integración a todos los ciudadanos, resulta imprescindible que sea un Estado democrático y representativo, al margen de cooptaciones de corrientes ideológicas determinadas, y más aún de grupos partidarios específicos. El desafío de desarrollar las instituciones y mecanismos para construir un Estado que dé garantías a todos los ciudadanos, es por tanto un imperativo ineludible de la izquierda contemporánea.

En realidad, Grecia no representa una crisis del Estado del Bienestar en su conjunto, sino un Estado del Bienestar en particular, tremendamente mal llevado, oligárquico, clientelar y corrupto. Lamentablemente, el experimento de Syriza, en vez de ofrecer una salida real a la crisis, solo profundizó el problema.

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