Publicidad
Un país condenado al intento de borrón y cuenta nueva desde 2019 hasta Kast Opinión Foto: AgenciaUNO

Un país condenado al intento de borrón y cuenta nueva desde 2019 hasta Kast

Publicidad
Germán Silva Cuadra
Por : Germán Silva Cuadra Psicólogo, académico y consultor
Ver Más

La historia es clara y los chilenos somos más amnésicos de lo que creemos. En los últimos siete años, desde 2019, hemos experimentado procesos consecutivos cuyo objetivo ha sido el “todo de nuevo” y, a pesar de eso, no hemos podido realizar ningún gran cambio estructural.


Chile ha vivido tres fases políticas desde el regreso a la democracia en 1990. Un largo primer período en que gobernó la Concertación y que se caracterizó por la estabilidad política y económica, pese a la difícil convivencia con los rezagos de la dictadura, incluido Pinochet, primero de comandante en Jefe del Ejército y luego como senador vitalicio.

Luego vendría la alternancia en el poder entre Bachelet y Piñera, 16 largos años en que comenzarían a aparecer lentamente los polos de la sociedad, disconformes con lo que Giorgio Jackson bautizaría unos años después como los “30 años” de gobiernos con tintes de centro. Por cierto, la dupla Sebastián-Michelle personificó una parte de esta polarización: católico-agnóstica; derecha-izquierda; formación en EE.UU. vs. Europa; familia tradicional vs. separada, entre otras variables. Aunque fue en los segundos gobiernos de Bachelet y Piñera cuando explotaron con fuerza los polos, partiendo por la escisión que sufrió Chile Vamos, de la mano de José Antonio Kast, y la Concertación con el Frente Amplio.

“La polarización se tomó la política chilena”

La tercera etapa tiene su origen en Piñera II, cuando el 2019 se produce el estallido social. Aunque la interpretación de ciertos medios nos convenció de que el 18-O se redujo a un grupo de desalmados de la Primera Línea, borrando de la memoria las concentraciones masivas de los primeros días pidiendo mayor igualdad y mejores pensiones y que incluso hicieron que el propio Piñera confesara en RRSS que a él le habría gustado estar entre los millones de personas que coparon la Alameda y Providencia el 25 de octubre de ese año. Como muchas otras veces de la historia de Chile, la amnesia se impuso.

De ahí en adelante, la polarización se tomó la política chilena, emergiendo un ciudadano crítico y exigente con todo el que esté en el poder. Sin lealtad ninguna políticamente ni menos remordimientos por cambiarse de bando.

Luego vino el plebiscito en que más del 80% de la población exigió cambiar la Constitución, con dos intentos fallidos, uno dominado por la Lista del Pueblo y el otro por Republicanos, pero con un elemento en común: la propuesta refundacional en la base de sus propuestas. Unos querían eliminar el Senado y tener un Estado plurinacional; los otros, terminar con el divorcio y el aborto en tres casuales. Ambos procesos con la misma oferta: el país tenía que reinventarse y barrer con todo lo anterior. Lo peor es que quedamos en el mismo punto.

Entremedio llegó a la Presidencia Gabriel Boric, también con un relato transformador y rupturista con el pasado. En el balcón de La Moneda, el 11 de marzo de 2022, el joven Mandatario dijo “no a Dominga” y prometió que vendría un país más justo, que eliminaría a los delegados presidenciales como señal democrática, afirmó que nos reconciliaríamos con los pueblos originarios y, por supuesto, que tendríamos una nueva Constitución. Era el ímpetu de la juventud unido a la fuerza que le sumó el estallido social a la izquierda.

Y si el péndulo ya había comenzado a oscilar de manera gradual entre Bachelet y Piñera, con Gabriel Boric la velocidad aumentó de manera importante. El propio oficialismo comenzó a enredarse entre los grupos que propiciaban cambios más radicales de la sociedad –un sector del PC, encabezado por Jadue, y una parte del Frente Amplio– y los que miraban hacia el centro.

Esto facilitó el nacimiento de una derecha extrema, que ya se había escindido del sector durante el Gobierno de Piñera y que fue incubando un relato más agresivo en lo político-valórico, incluyendo la reivindicación de los presos de Punta Peuco y la dictadura militar, algo de lo que la centroderecha había logrado desentenderse después de décadas.

En menos de tres años, el propio Kast perdió la posición de “el más duro” a manos de Johannes Kaiser. Y aunque JAK prefirió no referirse a los temas valóricos en la campaña del año pasado, Kaiser se apoderó de un discurso brutal, inspirado en un movimiento global que logró incluso hacer renacer a los nazis en Alemania.

Un país con vocación amnésica

Así las cosas, en noviembre de 2025 se enfrentaron en las elecciones presidenciales dos proyectos políticos, no solo antagónicos sino diametralmente opuestos, en lo cultural, valórico y político. De hecho, Jeannette Jara es una de las pocas candidatas comunistas que se han presentado a la carrera presidencial en el mundo y disputado una segunda vuelta. Por cierto, ahí el péndulo de la política chilena tomó una velocidad arrolladora.

Fueron los mismos que hoy están habitando La Moneda los que criticaron con dureza todos los intentos de cambios estructurales que quiso hacer Boric. Los republicanos se opusieron a todos los proyectos que lograron consenso entre la centroderecha y la izquierda, como la Ley de 40 horas, la Ley Karin y, por supuesto, la reforma previsional. Acostumbrados a rechazar sin proponer alternativa, con un relato duro pero consistente, instalaron la idea fuerza de que Boric quería barrer con el orden establecido.

Por supuesto, el tema de la delincuencia y la migración venezolana –que comenzó con la invitación de Piñera en Cúcuta– fue el marco perfecto para convencer al electorado de que el intento transformacional de la izquierda había fracasado por completo.

Y como este es un país con vocación amnésica, que se acostumbró a moverse en un péndulo oscilante entre los extremos políticos, en cuanto llegó el Presidente José Antonio Kast al poder, se repitió el ciclo del intento de borrón y cuenta nueva, pero esta vez en un tiempo récord. La percepción que han dejado en estas primeras dos semanas es que Kast llegó a patear el tablero, a refundarlo todo (de nuevo…).

“Algo muy contradictorio si el relato de la administración es proyectar emergencia y austeridad”

Intentando copar todos los ámbitos de la agenda, en unos pocos días el Gobierno anunció el retiro de 43 decretos ambientales, advirtió que aplicará indultos a personas condenadas por apremios ilegítimos –Kast fue brutal condenando en 2022 esta facultad presidencial–, dio por cerrado el proyecto de negociación ramal y anticipó que terminará con la educación gratuita y perseguirá a los deudores del CAE.

También echó pie atrás al Tercer Plan Nacional de Derechos Humanos y no adhirió en la OEA a una declaración sobre derechos LGBTIQ+, marcando un quiebre con administraciones anteriores, incluida la de Piñera. Si el objetivo del Gobierno es disparar misiles hacia todos lados para provocar a la oposición, la verdad es que pareciera que están pidiendo a gritos que levanten la voz los gremios, los estudiantes y las organizaciones de DD.HH.

Pero no se limitó a eso. Le pidieron la renuncia al superintendente de Educación Superior, después que este anunciara una sanción a la USS por contrataciones irregulares de personas ligadas a los republicanos, partiendo por su presidente, Arturo Squella. También al Mandatario le reventaron en la cara sus críticas del 2022, como cuando acusó a Gabriel Boric por contratar embajadores como “premio de consuelo”. Kast terminaría haciendo lo mismo con un grupo importante de parlamentarios que no fueron reelectos (Coloma, Ebensperger, José Miguel Castro, entre otros).

Y el remate vendría el pasado viernes. Al incumplimiento de la promesa presidencial de 2021 de rebajarse el sueldo si salía electo, se sumó el anuncio de que los asesores de Gobierno pasarían a percibir $9.9 millones vs. los $6.6 millones que ganaban con Boric. Algo muy contradictorio si el relato de la administración es proyectar emergencia y austeridad.

La historia es clara y los chilenos somos más amnésicos de lo que creemos. En los últimos siete años, desde 2019, hemos experimentado procesos consecutivos cuyo objetivo ha sido el “todo de nuevo” y, a pesar de eso, no hemos podido realizar ningún gran cambio estructural. Qué mejor ejemplo que los fiascos constitucionales y los 16 años de Bachelet-Piñera. Lo que nos falta ahora es que el péndulo nos depare un largo destino con la dupla a Boric-Kast. Total, hace rato que la realidad superó la ficción en nuestro país.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad