Publicidad
La crónica histórica como puente a la ciudadanía Opinión

La crónica histórica como puente a la ciudadanía

Publicidad
Enrique Corvetto Castro
Por : Enrique Corvetto Castro Profesor de Estado y periodista. Autor de “Gobernar es Educar” y de “1962: Los secretos del mundial imposible”.
Ver Más

Una ciudadanía que conoce su pasado, narrado de forma accesible, está mejor equipada para participar en el presente, ejerciendo una crítica informada y comprendiendo las raíces de nuestras fracturas sociales, económicas y territoriales.


El pulso de la contingencia política a menudo nos ciega ante la profundidad de los procesos que la determinan. En esta vorágine informativa, existe un género periodístico que, poco a poco, ha conquistado un espacio en el debate público y en los anaqueles contemporáneos: la crónica histórica. No hablamos de un descubrimiento, pues sus raíces se extienden hasta las primeras narraciones de hitos relevantes tras la invención de la escritura. Sin embargo, su resurgimiento actual, con un énfasis en la narrativa y el estilo, la convierte en una herramienta vital para una sociedad que busca entender sus propios cimientos.

El camino hacia esta renovación se forjó, en parte, con la irrupción del Nuevo Periodismo en las décadas de los 60 y 70. Figuras como Truman Capote y Tom Wolfe demostraron que los sucesos podían contarse con mayor descripción y un hilo narrativo capaz de provocar la atención del lector, elevando el reporteo a una forma de arte literario. Hoy, esta fusión se ha perfeccionado, dando paso a un periodismo narrativo que bebe directamente de las técnicas de la ficción para abordar hechos reales, haciendo que la historia, que es en sí misma el relato más profundo de la humanidad, se beneficie de estas licencias creativas.

En el contexto chileno, la crónica histórica no es una novedad, sino un retorno a la fuente. Nuestros orígenes literarios y documentales se remontan a las plumas de la Conquista, desde Jerónimo de Vivar hasta Pedro Mariño de Lovera, quienes no solo registraron, sino que interpretaron y narraron los sucesos fundacionales. Lo que ha cambiado en la actualidad es el formato; la crónica moderna presenta los hitos del pasado de una manera más dinámica, accesible y entretenida, contrastando con la densidad metodológica de los libros de historia clásicos. Se trata de una democratización del acceso al pasado.

Esta aproximación, si bien celebrada por su capacidad de conexión con el público general, no está exenta de interpelaciones. Fenómenos de gran resonancia en la última década han demostrado que existe una sed masiva por conocer nuestra historia cuando esta se presenta de forma cautivadora.

La gran contribución de este auge fue precisamente abrir una puerta, nos mostró que la historia, muchas veces presentada de manera parca y distante, puede ser profundamente entretenida y accesible. No obstante, este mismo éxito puso en evidencia un punto de tensión fundamental: la necesidad ineludible de que la investigación mantenga un rigor metodológico y un reporteo sólido, un aspecto que es legítimamente interpelado por los círculos académicos.

Este es el punto de fricción y, a la vez, su mayor potencial; la crónica histórica, al simplificar y dramatizar, interpela a la academia a salir de sus torres de marfil y a encontrar sus propios canales para dialogar con la ciudadanía.

Aquí reside su valor cívico y político, crucial para cualquier espectro ideológico. La crónica histórica se alza como un complemento esencial a las investigaciones cien por ciento históricas. No busca reemplazar el rigor de la historiografía, sino sembrar la curiosidad y ofrecer un primer piso de entendimiento. Una ciudadanía que conoce su pasado, narrado de forma accesible, está mejor equipada para participar en el presente, ejerciendo una crítica informada y comprendiendo las raíces de nuestras fracturas sociales, económicas y territoriales.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad