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La pedagogía del descanso: tareas que educan Opinión

La pedagogía del descanso: tareas que educan

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María Paz Montero Orphanopoulos
Por : María Paz Montero Orphanopoulos periodista y profesora de Lenguaje y Literatura
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El descanso verdadero también forma. El ocio bien vivido –ese tiempo sin agenda en que se juega, se conversa, se mira el mar, se lee por gusto y no por nota– ensancha el alma y afina la sensibilidad. Y aquí la escuela puede inspirar sin controlar, sugerir sin evaluar.


Cada marzo los profesores repetimos el mismo lamento: “¡Se les olvidó todo!”. Las tablas de multiplicar desaparecieron, la comprensión lectora retrocedió varios cursos y pareciera que los alumnos vuelven al colegio con las orejas –y el cerebro– llenos de arena. Nos quejamos, exageramos un poco… pero detrás de la caricatura hay una inquietud real: ¿qué pasa con el aprendizaje durante el verano? Y, sobre todo, ¿deberíamos enviar tareas para evitarlo?

No es una pregunta menor. En ella se juega nuestra concepción de la escuela, del aprendizaje y –sobre todo– de las personas que tenemos delante.

Durante el año escolar hemos llenado sus agendas con evaluaciones, trabajos, ensayos PAES, talleres, notas, comparaciones. Les pedimos concentración, esfuerzo sostenido, resiliencia. Les repetimos que el tiempo es oro, que hay que “aprovecharlo”. Y cuando por fin llegan las vacaciones, ¿les volvemos a decir que sigan produciendo?

Hay investigaciones que muestran que una pausa prolongada sin lectura ni estimulación puede afectar el rendimiento académico. Es verdad. Pero también es verdad –y quizás lo olvidamos– que la salud mental y emocional de los alumnos no es un lujo lateral, sino la base sobre la que todo lo demás se sostiene. Y estamos frente a una generación cansada, ansiosa, a veces rota.

Entonces la pregunta cambia. No es solo “¿tareas sí o no?”, sino “qué tipo de personas queremos formar y a qué costo”.

En un contexto cultural de hiperexigencia, dar tareas obligatorias en vacaciones puede reforzar la idea de que el descanso es sospechoso, que el valor de una persona pasa por su rendimiento y productividad. Sin quererlo, transmitimos que aprender es una carga que nunca termina, una carrera sin línea de meta. Y eso no educa para la vida: educa para la angustia.

Ahora bien, el enemigo del verano no es la falta de actividad académica. El verdadero riesgo es la inercia vacía: la apatía que aplana el deseo, el tiempo que se desliza en pantallas automáticas y rutinas sin alma. No se trata de llenar los días de obligaciones –porque también necesitamos el ocio, el silencio, el no-hacer– sino de abrir espacios para experiencias que despierten la curiosidad y la alegría de vivir.

El descanso verdadero también forma. El ocio bien vivido –ese tiempo sin agenda en que se juega, se conversa, se mira el mar, se lee por gusto y no por nota– ensancha el alma y afina la sensibilidad. Y aquí la escuela puede inspirar sin controlar, sugerir sin evaluar.

Quizás podríamos proponernos “desafíos de verano” que no tengan nota ni reporte, pero sí corazón: ver juntos una puesta de sol; ir a un concierto; leer dos libros –uno de un autor chileno y otro de un continente que nunca hemos explorado–; coleccionar conchitas, hojas o flores; practicar un instrumento; aprender algunas frases en otro idioma; descubrir la pintura; escribir un diario de viaje… Pequeños actos gratuitos que educan la mirada, el carácter y el gusto por lo bello.

Y no olvidemos algo decisivo: los profesores también necesitan descansar. Un educador agotado difícilmente puede acompañar, exigir con humanidad, sostener en la fragilidad. Cuidar a quienes enseñan es una forma indirecta –pero muy real– de cuidar a los alumnos.

Tal vez la pregunta no sea si damos o no damos tareas, sino si somos capaces de confiar en el verano. El problema no es la ausencia de álgebra y lectura de clásicos, sino la inercia vacía que adormece el deseo; y frente a eso, las tareas obligatorias no suelen ser la solución. Lo que nuestros alumnos necesitan no es más control, sino mejores motivos para vivir bien su tiempo libre.

Confiemos en ese tiempo lento donde la vida vuelve a respirar, donde el silencio también educa y la belleza enseña sin gritar. Inspiremos sin controlar, ofrezcamos horizontes sin imponer. El resto –lo más importante– lo hará el propio verano.

Porque, al final, educar es también atreverse a soltar y confiar: en los alumnos, en los profesores… y en esa misteriosa pedagogía del descanso que a veces entiende más de la vida que nosotros.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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