Opinión
La Foto de José Antonio Kast con Viktor Orbán no envejecerá nada de bien
Al parecer, fortalecer lazos con líderes como Orbán -que no han sido consistentemente críticos con el drama familiar ucraniano, amén de sus pergaminos poco democráticos- va en sentido contrario a la imagen de estadista internacional que José Antonio Kast se intenta construir.
“La foto de Kast con Viktor Orbán”, primer ministro de Hungría no envejecerá nada de bien. El líder húngaro tiene un historial autoritario, torciendo -incluso- la institucionalidad para mantenerse en el poder. Por otro lado, el Presidente electo José Antonio Kast señala, para salvar las circunstancias, que estas reuniones con Orbán están inspiradas en el modelo de familia y de contención de la migración que posee Hungría.
En cuanto a su relación con la Unión Europea, Orbán sistemáticamente se ha abstenido o ha sido obstruccionista en la aplicación de sanciones a Rusia por la invasión de Ucrania, aunque por la presión de Bruselas ha terminado finalmente cediendo. Orbán comparte con Putin la visión moralizante y conservadora de la sociedad, que ha captado gran interés en la Europa del este. Este fenómeno ha sido un aliciente para partidos de derecha que han aprovechado el cansancio y falta de esperanza de la población, tras décadas de un comunismo que los alejó del camino de desarrollo de la Europa occidental.
Esta visión conservadora tiene un punto de encuentro con Trump y su grupo nacionalista y conservador MAGA.
Pero Hungría depende del petróleo ruso. Ha sido difícil la diversificación de otras fuentes de crudo al no tener litoral y por esto se le ha concedido exenciones por parte de la Unión Europea. Sin embargo, Hungría, recibe cuantiosos subsidios del bloque comunitario para suplementar los gastos de contención que genera la inmigración que viene desde el sur de Europa, de Siria y de Afganistán, y que mayoritariamente considera a Hungría como un paso transitorio para llegar a países como Alemania, Austria y los nórdicos. Así, esta contención migratoria esta financiada en parte por la Unión Europea para detener el flujo de migrantes irregulares.
Es necesario tener en cuenta que hay 10 millones de ucranianos (¡20% de la población!) desplazados de sus hogares, viviendo en países europeos y con desplazamientos internos para no ser sujetos de los bombardeos, esperando que la agresión rusa finalice para volver a su patria y para reanudar la vida que quedó truncada.
En abierta disidencia y a veces obstrucción, Orbán se ha opuesto al enfoque comunitario para terminar la guerra, incluyendo el estacionamiento de tropas europeas en suelo ucraniano para resguardar su seguridad. Además, Orbán tiene varias reuniones a su haber con Putin en Moscú, abriendo grietas en el bloque comunitario al tener una actitud tibia y vacilante para condenar la agresión contra Ucrania.
Así, el primer ministro Viktor Orban se ha transformado en el enfant terrible de la Unión Europea; su país es un receptor neto de subsidios europeos y simultáneamente critica a Bruselas por las mismas razones que Trump critica a Naciones Unidas.
Al parecer, fortalecer lazos con líderes como Orbán -que no han sido consistentemente críticos con el drama familiar ucraniano, amén de sus pergaminos poco democráticos- va en sentido contrario a la imagen de estadista internacional que José Antonio Kast se intenta construir.
El Presidente electo está a tiempo de aprender la lección. Sus asesores deberían cuidarlo más en este aspecto.
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