Publicidad
Sesgos de género en la formación científica Opinión

Sesgos de género en la formación científica

Publicidad

Incorporar el enfoque de género no puede reducirse a cumplir indicadores. Exige revisar prácticas, discursos y jerarquías, especialmente en los espacios de formación, donde el poder es profundamente asimétrico. No se trata de cumplir, sino de hacerse cargo.


Esta semana fue el Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia. Vale la pena ir más allá de las cifras y detenernos a ver cómo operan los sesgos de género en la formación científica.

Hace algunas décadas, una estudiante de medicina, ya en los últimos años de la carrera, esperaba la asignación de su práctica en cirugía. El profesor a cargo solía reírse de las cuotas de género y cuando debía escoger a sus estudiantes para entrar al pabellón, elegía solo hombres, pues, decía, las mujeres tenían menor resistencia al trabajo bajo presión y se desmayaban frente a los cadáveres o las cirugías. Y, para cumplir con el enfoque de género, porque había que hacerlo, organizaba charlas dirigidas a mujeres. Pero no las llevaba a las prácticas.

Así se confunde cumplimiento administrativo con equidad. La incorporación del enfoque de género en ciencia y educación no es una concesión ni una moda; es el reconocimiento de una desigualdad histórica en el acceso a espacios de formación y desarrollo profesional.

El argumento para sostener estas decisiones suele ser el mismo: el mérito. Una meritocracia que se presenta como neutral, pero que ignora las condiciones de partida y los prejuicios que operan en silencio y que, lamentablemente, trascienden a los espacios académicos y formativos, proyectándose a la práctica profesional.

Afortunadamente, la historia de esta joven estudiante fue distinta. Con el tiempo, Cathleen Noel Bairey Merz se interesó en un área históricamente subestimada en la medicina: las diferencias entre hombres y mujeres en las enfermedades cardiovasculares. Es así, como años más tarde se volvió un referente al demostrar que la medicina había tomado durante décadas el cuerpo masculino como norma, subestimando síntomas y riesgos en mujeres.

El resultado de ese sesgo ha sido un diagnóstico tardío, menor investigación clínica y una mayor mortalidad femenina por causas que podrían haberse tratado a tiempo. Por eso las cuotas no bajan el nivel. Existen porque el sistema, por sí solo, no ha sido justo. Tampoco rebajan estándares; cuestionan quién los define y desde dónde. Esto da cuenta de que el problema no es la cuota, sino el prejuicio que la hizo necesaria.

Cada mujer o niña que abandona una carrera científica o médica por hostigamiento, burla o discriminación, no representa solo una historia individual. Es una pérdida colectiva. Se empobrece el conocimiento, se reduce la diversidad de miradas y se limita la capacidad de la ciencia para responder a problemas complejos. La ciencia que excluye no es neutral. Es incompleta.

Incorporar el enfoque de género no puede reducirse a cumplir indicadores. Exige revisar prácticas, discursos y jerarquías, especialmente en los espacios de formación, donde el poder es profundamente asimétrico. No se trata de cumplir, sino de hacerse cargo.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.

Publicidad