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Hidrógeno verde y derivados: hacia la madurez estratégica Opinión

Hidrógeno verde y derivados: hacia la madurez estratégica

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Marco Vaccarezza
Por : Marco Vaccarezza líder de Nuevas Tecnologías en Fraunhofer Chile
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Más que un desencanto, el hidrógeno verde y sus derivados están entrando en la fase que realmente importa: aquella en la que las decisiones estratégicas, la política pública y la visión de largo plazo definirán quiénes lideran la próxima transformación energética global.


En los últimos meses se ha instalado con fuerza la idea de que la industria del hidrógeno verde atraviesa una etapa de retroceso: proyectos postergados, anuncios cancelados y un aparente desencanto generalizado. Sin embargo, esta lectura resulta superficial. Más que un fracaso, lo que estamos observando es un proceso natural de decantación tecnológica y económica, propio de toda industria emergente que transita desde la promesa hacia la realidad. El hidrógeno verde y sus derivados no están desapareciendo; están madurando.

La descarbonización de la economía no se construirá sobre una única solución tecnológica. Por el contrario, será el resultado de un mosaico de alternativas complementarias, adaptadas a las necesidades específicas de cada sector. En este contexto, la electrificación directa mediante baterías es claramente la opción más eficiente para el transporte liviano urbano y aplicaciones de baja demanda energética. Pero existen numerosos sectores —como el transporte pesado de larga distancia, la aviación, la navegación marítima, algunos usos en minería, la maquinaria pesada y las industrias intensivas en calor— donde la electrificación resulta técnica o económicamente inviable. Es precisamente allí donde el hidrógeno verde y sus derivados adquieren un rol insustituible.

Una de las principales fortalezas del hidrógeno verde, el amoníaco, el metanol y los combustibles sintéticos es que permiten avanzar en la descarbonización aprovechando gran parte de la infraestructura existente. Se trata de las mismas moléculas que hoy sostienen el sistema energético y químico global, pero producidas de manera carbono neutral. Esta característica permite reducir emisiones de forma más rápida y eficiente, mientras se desarrollan soluciones eléctricas donde estas sí son viables, y ofrece una alternativa de largo plazo para aquellos sectores que difícilmente podrán abandonar el uso de combustibles moleculares.

Este punto es especialmente relevante para la industria química y petroquímica. Hoy, productos fundamentales como los fertilizantes, los explosivos industriales, los refrigerantes, las resinas y múltiples insumos químicos dependen del amoníaco y el metanol de origen fósil. La transición hacia amoníaco y metanol verdes no solo permitiría descarbonizar estos procesos, sino también las cadenas de valor que de ellos se derivan, incluyendo sectores tan sensibles como la producción de alimentos. Además, estos compuestos ya se transportan, almacenan y utilizan a gran escala en todo el mundo, lo que reduce significativamente las barreras logísticas para su adopción.

Chile se encuentra en una posición excepcional para capturar esta oportunidad. La abundancia de energía solar en el norte y eólica en el sur, junto con la existencia de importantes fuentes de CO₂ biogénico provenientes de la industria forestal y agroindustrial en la zona centro-sur, configuran una base única para el desarrollo de metanol verde y combustibles sintéticos. En la práctica, esto permitiría al país convertirse en exportador de energía limpia “empaquetada” en moléculas, al mismo tiempo que avanza en la descarbonización de sus propias industrias intensivas en energía fósil.

No obstante, las barreras siguen siendo relevantes. Aunque las tecnologías base existen, aún falta integración eficiente a gran escala para reducir costos. El hidrógeno verde y sus derivados siguen siendo más caros que sus equivalentes fósiles, en parte debido a cuellos de botella estructurales del sistema eléctrico, como la limitada capacidad de transmisión, modelos contractuales poco adaptados a la realidad renovable y la necesidad de desarrollar nueva infraestructura de producción y logística. A esto se suma un déficit de capital humano especializado y una persistente aversión al riesgo por parte de los tomadores de decisión.

Es importante, sin embargo, abordar el debate de costos con una mirada más amplia. Los combustibles sintéticos incorporan un atributo clave: la descarbonización. Comparar únicamente el precio por litro con un combustible fósil ignora los costos reales asociados a las emisiones de CO₂ y otros contaminantes, costos que hoy no son internalizados por los grandes consumidores y terminan siendo asumidos por la sociedad. Si el objetivo es una reducción efectiva de la huella de carbono, resulta razonable que ciertos sectores estén dispuestos a pagar un diferencial por combustibles limpios.

En este escenario, la minería aparece como un actor tractor natural. Cerca de la mitad de su consumo energético proviene del diésel, especialmente en el transporte de gran escala, un ámbito extremadamente difícil de electrificar. Además, la reducción progresiva de las leyes de los minerales implica mayores consumos energéticos y crecientes emisiones. Pese a ello, aún no se observan acciones suficientemente decididas para descarbonizar estos consumos. El desarrollo de una demanda temprana de hidrógeno verde y e-fuels por parte de la minería podría ser un catalizador clave para la industria.

Para avanzar, resulta fundamental impulsar pilotos industriales a escala relevante, que permitan reducir riesgos, generar capacidades locales y acelerar el aprendizaje tecnológico. Iniciativas como el Instituto de Tecnologías Limpias en Antofagasta representan una oportunidad estratégica en esta línea. Asimismo, se requieren incentivos tributarios, esquemas de cuotas crecientes de incorporación de combustibles carbono neutrales —siguiendo experiencias previas como la Ley 25/25 en energías renovables— e internalización progresiva del costo de las emisiones.

El desarrollo territorial y comunitario también será determinante. Los proyectos de hidrógeno verde y derivados son intensivos en uso de suelo y requieren una relación temprana y transparente con las comunidades, destacando la creación de empleos de alto valor agregado y el potencial de desarrollo local asociado a una nueva industria sofisticada y sostenible.

Finalmente, el contexto internacional refuerza la urgencia de una mirada estratégica. Todo indica que estamos entrando en un nuevo superciclo del cobre, lo que abre una ventana histórica para que Chile no solo capture rentas de corto plazo, sino que las reinvierta en investigación, desarrollo e innovación. Electrificar todo lo que sea posible, desarrollar combustibles sintéticos para lo que no lo es, e integrar tecnologías como inteligencia artificial, automatización y minería sin residuos, permitiría sentar las bases de una minería del siglo XXI y de nuevos polos industriales de alto valor agregado.

Más que un desencanto, el hidrógeno verde y sus derivados están entrando en la fase que realmente importa: aquella en la que las decisiones estratégicas, la política pública y la visión de largo plazo definirán quiénes lideran la próxima transformación energética global. Chile aún está a tiempo de estar entre ellos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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