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El silencio que interpela
No sé si la democracia vencerá en este siglo. No tengo esa certeza. Pero sí sé que mientras haya ciudadanos que deseen ser tratados como iguales y no como piezas, habrá una razón para sostenerla. Y eso se llama dignidad y la dignidad, incluso cuando parece frágil, tiene una fuerza silenciosa.
No me inquieta la democracia cuando es discutida en seminarios ni cuando se la defiende en discursos solemnes. Me inquieta cuando la veo ausente en la vida de los ciudadanos.
La veo en la mujer que atiende una farmacia en Maipú y que, mientras ordena cajas de paracetamol, me dice que no entiende de constituciones, pero sí entiende de sobrevivencia y del miedo. Me lo dice sin dramatismo, como quien comenta el clima. Tiene dos hijos adolescentes y un marido que trabaja por turnos. No quiere épica. Quiere que sus hijos vuelvan a casa sin sobresaltos y que el sueldo alcance hasta fin de mes.
Su sueño es sacar adelante a su familia. Si le pregunto por ideologías, sonríe con cansancio. Si le pregunto si le importa que su país siga siendo una democracia, guarda silencio unos segundos y responde: “Sí… pero que funcione”.
La democracia, pienso, no es una palabra que se defiende con citas. Es una experiencia que se sostiene o se pierde en conversaciones como esa.
También la veo en un jubilado que conocí este verano, que fue maestro de escuela y que ahora pasa las tardes en una plaza donde cada vez quedan menos bancas. No habla de “institucionalidad”, habla de respeto. Se indigna cuando oye que alguien justifica cualquier cosa “porque así son las cosas ahora”. Me dice que en su juventud hubo tiempos más duros, pero que al menos se sabía dónde estaba el límite. “Lo peor”, me dice, “es cuando uno no sabe quién manda de verdad”.
No sé si este señor ha leído tratados políticos. Sospecho que no. Pero intuye algo que los libros a veces ocultan: que la democracia no consiste solo en votar cada cierto tiempo, sino en saber que nadie está por encima de todos.
Me tocó ver la desesperación de un parapléjico con su señora y sus tres hijos, el día en que recibía una vivienda social. Era, en teoría, un día feliz. Había autoridades, cámaras, palabras de esperanza. Pero él no miraba la casa; miraba el suelo. Le decía a ella, llorando, que lo dejara. Que ya no era un hombre. Que ni siquiera podía darle de comer a sus hijos. No hablaba de políticas públicas. Hablaba de dignidad.
En ese momento comprendí que la democracia no puede medirse solo por indicadores de cobertura o por cifras de entrega. Una vivienda puede resolver un problema material y, sin embargo, dejar intacta una herida más honda: la sensación de inutilidad, de pérdida de lugar, de haber dejado de ser sostén. Cuando un ciudadano siente que ya no cuenta ni siquiera dentro de su propia casa, la crisis no es económica. Es existencial.
También lo veo en la señora octogenaria que paga la comida de la semana en el supermercado usando una tarjeta de crédito de una tienda de retail. No compra lujos; compra lo básico. Pasa la tarjeta con cuidado, casi pidiendo disculpas. Sabe que pagará intereses. Sabe que el mes siguiente será más estrecho. Pero no tiene alternativa. No habla de sistema financiero ni de tasas. Habla de llegar a fin de mes sin molestar a sus hijos.
En esos gestos silenciosos hay más verdad política que en muchos debates parlamentarios.
La democracia se juega allí, no porque el Estado deba resolverlo todo, sino porque una comunidad política decente no abandona a quienes ya dieron todo lo que podían dar.
Cuando digo que la democracia necesita alma, pienso en ellos.
Una democracia verdadera no elimina el dolor humano. No puede, pero puede evitar que el dolor se transforme en abandono.
Puede recordar —a quien gobierna y a quien obedece— que nadie deja de ser ciudadano por enfermar, envejecer o empobrecerse.
Si la democracia no es capaz de sostener esa verdad mínima, entonces su problema no es técnico. Es moral.
Los ciudadanos no exigen perfección. Aceptan que los gobiernos se equivoquen. Aceptan que haya desacuerdos. Lo que no aceptan es la sensación de que todo está decidido de antemano. Que la discusión es un teatro. Que el resultado no depende de su esfuerzo, sino de fuerzas lejanas que no alcanzan a ver.
A veces me pregunto si no hemos cometido un error sutil: hablar de la democracia como si fuera una estructura externa, cuando en realidad es un hábito interior. Es la costumbre de aceptar que el otro existe con la misma legitimidad que yo. Es la disciplina de no humillar al adversario cuando se tiene mayoría. Es la renuncia a ganar todo para no destruir el juego.
He conversado con madres que no saben definir el “Estado de derecho”, pero saben reconocer la arbitrariedad; con trabajadores que no distinguen entre sistemas políticos, pero saben cuándo alguien abusa; con estudiantes que no citan filósofos, pero intuyen que la dignidad no puede depender del dinero ni del favor.
En ellos encuentro la razón más honda para defender este régimen imperfecto. No porque sea eficiente —a veces no lo es—, sino porque es el único que reconoce que nadie es dueño del destino de los demás.
La tentación de la época es distinta. Nos susurra que sería más fácil que alguien decidiera por todos. Que la rapidez es más importante que la deliberación. Que la tranquilidad vale más que la discusión. Es una tentación comprensible. La vida es difícil, y el ruido cansa.
La democracia, en su forma más sencilla, es el antídoto contra esa insignificancia. Nos dice: tu vida importa lo suficiente como para que nadie pueda gobernarla sin límites. Tu voz no siempre ganará, pero será contada. Tu derrota no te expulsará del sistema. No es promesa de felicidad. Es promesa de pertenencia.
No sé si la democracia vencerá en este siglo. No tengo esa certeza. Pero sí sé que mientras haya ciudadanos que deseen ser tratados como iguales y no como piezas, habrá una razón para sostenerla. Y eso se llama dignidad y la dignidad, incluso cuando parece frágil, tiene una fuerza silenciosa que ninguna arquitectura puede reemplazar.
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