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Simce: cuando las brechas vuelven a abrirse
Si queremos mejorar estos resultados, existen algunas líneas claras: fortalecer la enseñanza disciplinar, implementar tutorías intensivas para estudiantes rezagadas, usar mejor los datos de aprendizaje, potenciar el desarrollo profesional docente y abordar el apoyo socioemocional y motivacional.
Los últimos resultados del Simce volvieron a encender una alerta que el sistema educativo chileno ya había logrado atenuar: la brecha de género en matemáticas volvió a ampliarse. Esto no responde a diferencias de capacidad entre niños y niñas, pues la evidencia muestra que estas brechas se explican principalmente por factores culturales y educativos, como estereotipos de género, expectativas que se transmiten a los estudiantes y las referentes que encuentran a lo largo de su trayectoria escolar.
En los análisis presentados por la Agencia de la Calidad se puso el foco en la ansiedad ante las matemáticas y la autoconfianza académica. Ambas influyen en el desempeño y afectan de manera diferenciada a niñas y niños. Sin embargo, no aparecen de forma espontánea: se construyen a partir de experiencias, mensajes y oportunidades que reciben los estudiantes.
Un primer factor adicional tiene que ver con los roles que operan dentro de las familias. Los estudiantes que hoy están en octavo básico y segundo medio cursaron etapas clave de su formación durante la pandemia, cuando las escuelas cerraron y el apoyo educativo recayó con más fuerza en los hogares. En ese contexto, las creencias sobre los roles de género pueden influir en los estímulos que reciben niñas y niños.
Por ejemplo, datos de la Encuesta Longitudinal de Primera Infancia (ELPI 2017) muestran que el 23% de las cuidadoras de nivel socioeconómico bajo está de acuerdo con la afirmación de que las mujeres deben cuidar a los niños y encargarse de las tareas domésticas, mientras que los hombres deben trabajar fuera del hogar (en el nivel socioeconómico alto esta cifra es de 10%). En contextos donde estas creencias están más presente es posible que los niños hayan recibido más estímulos hacia áreas como matemáticas o tecnología, mientras que las niñas fueron orientadas hacia ámbitos considerados más “femeninos”.
Un segundo factor son las expectativas dentro del sistema educativo. Diversos estudios muestran que las creencias docentes, muchas veces implícitas, pueden influir en cómo se enseña, evalúa o retroalimenta a los estudiantes. Cuando los profesores reflexionan sobre estos sesgos y logran identificarlos, es posible reducir su impacto en el aula.
El tercer elemento son las referentes. La ausencia de modelos cercanos de mujeres vinculadas a matemáticas o ciencia puede reforzar la idea de que esos espacios no les pertenecen. Estudios en Chile muestran que cuando las estudiantes conocen mujeres en áreas STEM o interactúan con docentes que rompen estos estereotipos, su interés y autoconfianza aumentan.
A esto se suma la experiencia que las niñas viven en sus procesos formativos: por ejemplo, en nuestro trabajo en establecimientos que imparten educación media técnico-profesional, vemos profesores que nunca han tenido alumnas en ciertas especialidades masculinizadas, o espacios de práctica sin infraestructura básica para ellas, como camarines. Estos son ejemplos de cómo el sistema educativo puede transmitir que ciertos espacios no son para las mujeres.
Si queremos mejorar estos resultados, existen algunas líneas claras: fortalecer la enseñanza disciplinar, implementar tutorías intensivas para estudiantes rezagadas, usar mejor los datos de aprendizaje, potenciar el desarrollo profesional docente y abordar el apoyo socioemocional y motivacional. Cerrar la brecha de género no es solo una cuestión de equidad, también es una condición para aprovechar plenamente el talento de todas y todos.
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