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Irán: amenaza global que también se ha infiltrado en Latinoamérica Opinión Protestas contra el régimen iraní en 2025 (Archivo)

Irán: amenaza global que también se ha infiltrado en Latinoamérica

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Peleg Lewi
Por : Peleg Lewi Embajador de Israel en Chile.
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América Latina no está ajena a los planes iraníes. Y precisamente por eso, la experiencia reciente demuestra que la vigilancia, la cooperación internacional y la defensa de los valores democráticos siguen siendo herramientas esenciales para enfrentar esta amenaza


Comprender por qué EEUU e Israel decidieron iniciar una operación militar en Irán exige mirar más allá del presente inmediato y de la inminencia del desarrollo de capacidades atómicas militares. La decisión se vuelve clara cuando se examina el comportamiento del régimen iraní durante casi medio siglo: su ideología, sus métodos, sus credenciales antidemocráticas, su historial de violencia, la represión de su pueblo y sus objetivos declarados de exportar la ley islámica por la fuerza.

Desde la revolución de los ayatolas de 1979, la República Islámica de Irán se ha definido por una combinación peligrosa de autoritarismo interno y agresión externa. En casa, el régimen instauró una teocracia que reprime sistemáticamente a su población: mujeres encarceladas por su forma de vestir, homosexuales asesinados, opositores perseguidos y manifestaciones sofocadas con violencia. En el plano internacional, esa misma lógica ideológica se ha traducido en una política exterior basada en la confrontación, el terrorismo, la amenaza y la desestabilización.

El mundo lo vio tempranamente. La toma de rehenes en la embajada estadounidense en Teherán en 1979 marcó el inicio de una estrategia que luego se repetiría a través de organizaciones intermediarias o proxys. Durante la década de 1980, ataques suicidas en el Líbano dirigidos por Hezbolá dejaron cientos de víctimas estadounidenses, francesas e israelíes. Desde entonces, el régimen iraní se consolidó como el principal patrocinador estatal del terrorismo.

Esta estrategia se basa en el uso sistemático de proxys: Hezbolá en el Líbano, Hamás en Gaza, milicias en Irak y Siria, y los hutíes en Yemen. A través de estas organizaciones, Irán financia, arma y dirige campañas que amplían su influencia mientras intenta mantener distancia formal de los ataques.

El costo humano y económico de esta política es enorme, incluso para el propio pueblo iraní. Mientras millones de ciudadanos luchan por cubrir necesidades básicas —en algunos casos con suministro limitado de agua y electricidad incluso en Teherán—, el régimen destina miles de millones de dólares a su red internacional de milicias, armamento y operaciones clandestinas.

El riesgo de tener una teocracia radical con armamento nuclear junto a una red global de milicias no solo es un problema regional. Sería también un factor permanente de inestabilidad internacional, capaz de fomentar conflictos, intimidar a otros países de la región y presionar puntos críticos del comercio global, incluyendo algunas de las rutas marítimas más importantes para el transporte mundial de petróleo y gas.

Pero este desafío no se limita al Medio Oriente. Durante décadas, el régimen iraní también ha buscado extender su presencia operativa en otras regiones, incluida América Latina. En ese sentido, hay que tener muy claro que Irán es un factor de riesgo para los países del cono sur no sólo por su capacidad de impactar el precio del petróleo, sino por su obsesión con exportar la revolución islámica y socavar el modelo de vida occidental.

Los primeros indicios fueron brutales y directos. En 1992, un coche bomba destruyó la embajada de Israel en Buenos Aires, causando 29 muertos. Dos años después, el atentado contra la AMIA dejó 85 víctimas fatales y más de 300 heridos, convirtiéndose en el ataque terrorista más mortífero de la historia argentina. Ese mismo año, la explosión de un avión comercial en Panamá costó la vida a 21 personas, entre ellas varios ciudadanos judíos.

Tras esos ataques, la estrategia evolucionó. En lugar de atentados masivos, la presencia iraní en la región comenzó a consolidarse a través de Hezbolá, desarrollando redes logísticas y financieras. La llamada Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay se transformó en un punto clave para el financiamiento y el lavado de dinero, mientras que alianzas políticas permitieron la apertura de nuevos canales operativos, primero en Venezuela y luego en Bolivia.

En la última década, las investigaciones de organismos de inteligencia latinoamericanos han revelado una nueva etapa con operaciones más discretas y sofisticadas. Se han detectado intentos de asesinato selectivo, redes de inteligencia clandestina y la contratación de criminales locales para ejecutar ataques, una táctica que busca dificultar la atribución directa al régimen iraní.

Casos recientes en Colombia, Perú, Brasil y México demuestran que estas redes no son una amenaza teórica. En varios de estos países, servicios de seguridad han desarticulado planes dirigidos contra personas e instituciones que el régimen iraní considera enemigas. También han quedado expuestas conexiones logísticas que incluyen aeronaves vinculadas a aerolíneas sancionadas y personal relacionado con la Guardia Revolucionaria iraní.

La conclusión es clara. La estrategia de Irán combina ideología radical, terrorismo indirecto y expansión gradual de influencia. No se trata solo de un conflicto lejano ni de una rivalidad regional. Es un desafío a la seguridad internacional y a los principios básicos del orden global.

En este escenario, América Latina no está ajena a los planes iraníes. Y precisamente por eso, la experiencia reciente demuestra que la vigilancia, la cooperación internacional y la defensa de los valores democráticos siguen siendo herramientas esenciales para enfrentar esta amenaza.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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