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La política de la nada: una respuesta a Richard Kouyoumdjian
No deja de ser irónico que una guerra lanzada para supuestamente destruir un programa nuclear —que el mismo Trump dijo días antes que había sido aniquilado— lleve, a mediano plazo, a un aumento de la proliferación nuclear, con las consecuencias catastróficas que esto probablemente puede tener.
En su columna del 6 de marzo, Richard Kouyoumdjian, quien generalmente es de los mejores analistas internacionales de nuestro país, plantea como certezas una serie de tesis que son, por lo menos, discutibles. Por ello, en un ánimo de conversación y debate, planteo ciertas objeciones a sus tesis.
El primer problema deriva de una reescritura del pasado, al estilo “siempre hemos estado en guerra contra Eurasia”, que busca sembrar la tesis de una “guerra no declarada” que lleva teniendo lugar desde hace 47 años entre Irán y Estados Unidos. Sin embargo, esta tesis no resiste a un análisis de los hechos: ¿qué país vendería armamento avanzado a uno con el cual está en guerra, como lo hizo Estados Unidos con Irán durante el escándalo Irán-Contra? Junto a esto, si Irán estuviera en guerra contra Estados Unidos, ¿por qué apoyó con inteligencia y otras formas de cooperación a Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre?
En cierta medida la guerra actual tiene su origen en la Segunda Guerra del Golfo, en la cual, para justificar la invasión a Irak, Bush hijo presentó a Irán como un miembro del “eje del mal” y aumentó la presión sobre el régimen teocrático iraní. Este respondió apoyando la rebelión chiita iraquí contra la ocupación estadounidense, pero con la llegada de Obama a la presidencia esta conflictividad (y no guerra) se diluyó en un acuerdo nuclear que de forma efectiva permitía controlar las ambiciones nucleares iraníes, acuerdo que fue desechado por Trump, reabriendo el conflicto.
Hablar de una guerra de 47 años, como muchos comentaristas y políticos ahora lo hacen, tiene un objetivo que no es analítico, sino ideológico. Busca encubrir cómo esta guerra, la verdadera, ha sido lanzada por Trump, violando la Constitución estadounidense y torpedeando todavía más las instituciones republicanas de Estados Unidos.
Otro punto debatible de su columna es el siguiente: “El abismo que se está abriendo entre estos dos países y el resto del mundo es algo que estimo va a durar un tiempo largo. Ambos son los campeones de la innovación, de la disrupción tecnológica, de la tecnología y la ingeniería, de lo digital, y de todo lo que sea ciber. Esto va más allá de Trump o Netanyahu, esto es el producto de años de inversión que ahora paga”.
Si bien Kouyoumdjian tiene razón en este avance de la innovación que muestran tanto Israel como Estados Unidos, hay que matizar su tesis. La primera muestra es ver cómo Estados Unidos ha tenido que pedir ayuda a Ucrania para enfrentar los drones iraníes (lo que permite también recordar que diariamente Rusia ataca con más drones y misiles a Ucrania que los que Irán ha lanzado diariamente en esta guerra) y cómo no estaba preparado para enfrentarlos. La prueba es la muerte de los soldados estadounidenses en Kuwait, ya que la base en que estaban no está fortificada contra los ataques de drones, pese a que desde hace años los drones y misiles iraníes no son un secreto. Que la administración Trump haya lanzado una guerra de elección sin tener estas preparaciones muestra su improvisación y también matiza la preparación de las Fuerzas Armadas estadounidenses.
Pero donde el diagnóstico de Kouyoumdjian es más discutible es respecto de que esta brecha durará largo rato. Lo que está a la base de esta superioridad es la capacidad de generar conocimiento en Estados Unidos a través de sus universidades, quienes en alianza con el Pentágono han desarrollado estas tecnologias. Sin embargo, la administración Trump está quitando los medios a las universidades para seguir innovando, al mismo tiempo que Pete Hegseth, con su masculinismo y antiintelectualismo, está de su lado destruyendo esta cultura de la innovación en el Pentágono. La administración Trump está quemando los dividendos que sembraron los presidentes anteriores y destruyendo la fuente de estos. Tal vez en unos tres años una nueva administración logre reparar estos daños, pero no será ni fácil ni evidente e incluso, tal vez, imposible.
Incluso los primeros problemas derivados de esta política nihilista de la administración Trump empiezan a notarse, ya sea con el derribo de los tres F-15 en Kuwait, error que una coordinación mínima con sus aliados hubiese evitado, como por el bombardeo, probablemente causado por un análisis deficiente de inteligencia, a una escuela que dejó más de un centenar de niñas muertas, lo que, de paso, constituye un crimen de guerra.
Por eso también la conclusión de Kouyoumdjian de que el gran perdedor es China no debe dejar de ser matizada. La administración Trump ha debilitado enormemente las relaciones con la mayoría de sus principales aliados, como lo muestra la fría relación actual entre el Reino Unido y Estados Unidos, que es también una fuente fundamental de su poder.
Al mismo tiempo, la hostilidad de Trump hacia las energías renovables —que permiten a la vez una menor dependencia de los países que producen su energía con ellas, una energía más barata y una red más resistente, además de una sinergia con una cultura de la innovación importante— está haciendo que Estados Unidos pierda esta carrera, que es estratégicamente mucho más importante que los intentos de Trump por controlar una fuente de energía que progresivamente irá quedando obsoleta. Otro ejemplo de esto es cómo la política tarifaria de Trump apenas ha afectado a China, pero en cambio ha dañado a Estados Unidos más que a nadie.
Dicho esto, es evidente que cualquier persona decente debe desear la caída de un régimen como el iraní, que hasta hace solo unas semanas regó su país con la sangre de decenas de miles de sus habitantes que pedían mayor libertad. Pero un deseo de la decencia no necesariamente lleva a una buena política. Ya la guerra de Irak, mencionada anteriormente, es muestra de ello, pero también podemos pensar en Libia desde 2011. En este caso también la campaña contra la tiranía sanguinaria de Gadaffi fue llevada por medios aéreos (lo cual prueba que no estamos frente a una novedad, como sostiene Kouyoumdjian) y sin casi tropas extranjeras en tierra.
Al caer el régimen, sin embargo, lo que quedó en su lugar no fue un aliado de Occidente, sino un país dividido entre señores de la guerra, que conoce una violencia continua y que ha extendido como una metástasis su inestabilidad a todo el Sahel, alimentando guerras civiles tan diversas como las de Mali, Burkina Faso, Níger y Sudán, entre otras. Si Irán se transforma en una especie de Libia del Golfo Pérsico, las consecuencias pueden ser mucho más catastróficas.
Por eso es tan preocupante la ausencia de una ruta política clara de Estados Unidos, donde cada declaración de Trump o de alguno de sus ministros plantea objetivos distintos de la guerra, que son contradictorios entre sí. Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, ¿qué pasa cuando hay una guerra sin política detrás?
Por último, esta guerra, al igual que lo sucedido en Libia en 2011, que lo sucedido con la guerra de exterminio lanzada por Rusia contra Ucrania, y que la impunidad con que opera el régimen de Corea del Norte, llevan a una sola conclusión para cualquier potencia grande o media que quiere garantizar su independencia: el desarrollo de armamento nuclear de la forma más rápida y encubierta posible. Bajo este aspecto no deja de ser irónico que una guerra lanzada para supuestamente destruir un programa nuclear —que el mismo Trump dijo días antes que había sido aniquilado— lleve, a mediano plazo, a un aumento de la proliferación nuclear, con las consecuencias catastróficas que esto probablemente puede tener.
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