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Tic tac y la consecuencia del tiempo: si la vida es breve, carpe diem Opinión

Tic tac y la consecuencia del tiempo: si la vida es breve, carpe diem

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Alejandro Reyes Vergara
Por : Alejandro Reyes Vergara Abogado y consultor
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“Aprender a morir es aprender a vivir” decía Cicerón, filosofando perderemos el miedo a la muerte y, a fin de cuentas, ganaremos libertad en el presente. Séneca y Montaigne pensaban igual. 


Pasé unos días en la Ruta del Oro, al borde del mar. Todo allí alude al paso del tiempo. Por su costado rueda sin parar el agua de un río corpulento, que parece llevar de desperdicios de días, horas y minutos sin pasión que desembocan al océano. Sube y baja la marea, a intervalos predecibles, que inundan y limpian con buen cálculo las calles del pueblo. Las campanadas de la iglesia colonial frente a mi ventana sonaban sin cesar, a cada hora, y el tictac de una colección de relojes de pared enmudeció la sala, la mesa de granito grueso sin pulir en medio del jardín, la casa que habito que ya vive tres siglos.  Tic tac, tic tac, tica tac.

En mi columna anterior, Aprendiendo a morir se aprende a vivir, recordé que necesitamos perder el miedo a pensar y conversar sobre la muerte. Creo que nos hace muy bien ser más conscientes de nuestra mortalidad y fugacidad vital, enfrentarla con mayor naturalidad, resignación, libertad y alegría.  Porque eso nos enseña y alienta a tener una vida más provechosa, serena, amigable y buena. Es inevitable, todos vamos a morir y no sabemos cuándo. Conscientes del morir le sacaremos más jugo a los tuétanos del vivir, gozaremos más de cada instante. Si dejamos de sentir esta especie de “inmortalidad” inconsciente que nos nubla hoy, podría ayudarnos a ser conscientemente más humildes, empáticos y compasivos. Es lo mismo que muchas veces sentimos fugazmente ante la muerte y el funeral de alguien cercano. Pero se nos olvida pasada una semana.  

“Aprender a morir es aprender a vivir” decía Cicerón, filosofando perderemos el miedo a la muerte y, a fin de cuentas, ganaremos libertad en el presente. Séneca y Montaigne pensaban igual. 

Pero para tener más consciencia de la fugacidad de los instantes y de la propia mortalidad, necesitamos aprender a palpar el transcurrir del tiempo real, sentir su devenir constante, para saborear cada minuto. 

Durante mi viaje por la Ruta del Oro, lo intenté. Escuché día y noche, a cada hora, que sonaban las campanas de la iglesia colonial frente a mi ventana, marcando el irreversible paso del tiempo. Mi sueño fue más espeso que un campanazo en el oído, porque no me despertaron por completo.  Al final, durante las noches su “talán” se transformó en un arrullo, un canto de madre que amamanta haciendo dormir a su criatura.  

El lento balanceo de las campanas; el repique sobre el metal y el silencio que se adivina en sus intervalos, expandían su voz vibrante y duradera por todo el pueblo. 

Las campanadas llaman a estar en paz, invitan al alma y al espíritu al recogimiento, a elevarse sobre tráfago terrenal. No en vano las religiones cristianas, budistas, sintoístas e hinduistas usan las campanas en sus ceremonias y convocatorias desde hace milenios. 

Antes de las ocho de la noche, bajé desde mi dormitorio al comedor. No había nadie. Me recibió un coro de tictacs de 20 relojes antiguos colgados en el muro, sonando desiguales como una orquesta sin director. Cada tarde, a la misma hora, se les da cuerda, como un ritual de monasterio. Vi al encargado, que parece tan antiguo y digno como los relojes, con su delantal blanco y sus zapatos lustrados. Puso al muro una escalera de madera oscura, frágil y crujiente por la que subió lento y solemne, cargando llaves y herramientas. A las ocho en punto inició la ceremonia, ajustando serenamente los punteros y péndulos de los 20 relojes. Les echó cuerda y oyó la música de cada carillón. Luego puso su oído sobre la caja de madera que cubre la máquina de engranajes para escuchar su tic tac, como un médico que ausculta el ritmo y los soplos del corazón.  

Me gusta ver y oír los relojes antiguos, sean de muro, de pie, de sobremesa, de viaje o de bolsillo. Trato de imaginar las historias humanas detrás de cada uno, que marcan el tiempo que vivieron y el que se les fue. Son una máquina fascinante. Ver un reloj de seiscientos años funcionando parece un milagro, pero es real. Sus controles manuales, sus péndulos bien equilibrados, el avance de sus punteros, la música de su carillón en base a engranajes muy complejos, precisos y bien calculados, son una joya del ingenio humano. Realmente me resultan fascinantes. Por ejemplo, el precioso reloj astronómico en la Torre dell’Orologio de la Plaza San Marcos en Venecia es del año 1500, el del Ayuntamiento de Praga es de 1410. Ambos funcionan, pese a la gran complejidad que necesitan para dar información tan diversa como el minuto, la hora, el día, el mes, la estación del año, las fases de la luna y el movimiento del sol, a través de los signos del zodíaco.  En la plaza de Siena hay otro más antiguo aún, del año 1360, en la Torre del Mangia, llamada así porque su primer guardia lo único que hacía con su plata era gastarla “mangiando”. ¡Más de 650 años dando la hora y campanazos! ¿Acaso has visto un tractor, una turbina, un motor complejo que haya durado más de 600 años funcionando? 

Luego de comer en la sala de los relojes salí al jardín interior de la casa, de vegetación húmeda y exuberante, rodeado por corredores cubiertos de techos bajos de tejas de barro. Caminé hacia el fondo del jardín y, tras unos velos me encontré con una colección de campanas de iglesia antiguas, bien colgadas y dispuestas. ¿Qué hacen ahí? ¿De dónde salieron? ¿De un naufragio? ¿Se fugaron de un campanario fantasma? ¿Alguien robó timbre y su silencio? Solo atiné a pasarles mis manos de modo suave y lento por sus lomos exteriores, como acariciando a un caballo, para sentir sus latidos, su espesura, adivinar su historia y sus sonidos, palpar las letras y signos antiguos que llevaban inscritos por fabricantes italianos.  

Al voltear, vi en una esquina del jardín una mesa muy antigua, de piedra de granito sin pulir, gruesa y tosca, rodeada de bancas del mismo material. 

Pensé que esa mesa sería ideal para tener un banquete con mis amigos Séneca y Horacio el poeta. 

Ambos descollaron en el Imperio Romano hace dos mil años, y hasta hoy su estela resplandece. Uno es rico y el otro pobre; uno de familia poderosa y el otro, hijo de un esclavo liberto; uno es estoico y el otro, epicúreo; uno es político y filósofo, y el otro, poeta; uno muy serio y solemne, y el otro, gozador, vividor y satírico.  

Sí, aparentan estar en las antípodas, pero tengo la sospecha que no es así. Quizás podrían ser dos caras de una misma moneda, dos caminos que convergen.

Ya te contaré por qué Séneca y Horacio el poeta son mis amigos. Los invitaré a mi banquete en este jardín exuberante, cerca del río y del océano, sobre la mesa de piedra granítica, para conversar con ellos sobre el paso del tiempo, la brevedad de la vida y el aprovechamiento del día. 

¡Si la vida es breve, carpe diem! 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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