Estudios y experiencias educativas muestran que, durante las vacaciones de verano, muchos niños pueden retroceder en habilidades clave si no existe una estimulación mínima.
Con el fin del año escolar y el inicio del verano, surge un fenómeno conocido como “retroceso vacacional”, que impacta principalmente en la lectoescritura y la motricidad fina, especialmente en niños de menor edad.
María Paz Rivera, directora de Estudios de Educación Parvularia del Colegio American British School, advierte que “los estudios internacionales muestran que los niños pueden retroceder hasta dos meses en habilidades de lectura durante las vacaciones de verano”,
La experta aclara que este retroceso no implica transformar el descanso en una extensión del colegio, sino comprender que el aprendizaje también ocurre fuera del aula.
Vacaciones no son sinónimo de desconexión total
Rivera enfatiza que el descanso es necesario para el desarrollo infantil, pero que no debe significar una desconexión absoluta del estímulo cognitivo.
“Las vacaciones son fundamentales para que los niños se desconecten y recarguen energías, pero eso no significa apagar completamente el cerebro. El aprendizaje puede ocurrir jugando, conversando o explorando el entorno”, señala.
En ese equilibrio entre descanso y estimulación, el verano puede transformarse en una etapa clave para reforzar habilidades sin presiones académicas.
Aprender jugando: el potencial del verano
Las actividades cotidianas ofrecen múltiples oportunidades para fortalecer el aprendizaje de forma natural. Mantener un hábito de lectura diaria con libros, cómics, revistas o incluso carteles del entorno contribuye a preservar la lectoescritura, mientras que dibujar o escribir palabras simples ayuda a mantener activa la motricidad fina.
En el ámbito matemático, acciones tan simples como contar objetos, comparar tamaños o resolver pequeños desafíos diarios permiten reforzar conceptos sin que los niños lo perciban como una tarea escolar.
A esto se suma el valor del juego activo y la exploración al aire libre. Caminatas, deportes recreativos, juegos tradicionales o proyectos como huertos caseros estimulan la creatividad, la coordinación y las habilidades sociales, además de fortalecer el vínculo familiar.
Por otro lado, el uso de pantallas también puede ser parte del aprendizaje, siempre que exista regulación. Aplicaciones educativas, documentales o videojuegos que requieran estrategia pueden complementar el desarrollo cognitivo.
Sin embargo, la experta subraya la importancia de establecer horarios claros, crear espacios libres de dispositivos y ofrecer alternativas atractivas que involucren a toda la familia.
En este punto, el rol de los adultos es clave, ya que deben dar el ejemplo en el uso consciente de la tecnología.
La regla de los 20 minutos
Para Rivera, no se trata de imponer rutinas rígidas, sino de integrar pequeñas acciones diarias que marquen una diferencia.
“Durante las vacaciones, el equilibrio es fundamental. El cerebro de un niño necesita descanso, aburrimiento creativo y tiempo libre. Pero también necesita cierta estimulación para no perder el ritmo. Se trata de encontrar el equilibrio: 20 minutos de lectura, juegos que desafíen su mente y conversaciones significativas pueden hacer toda la diferencia sin arruinar las vacaciones”, refuerza.
Más allá del descanso, el verano puede convertirse en una oportunidad para fortalecer habilidades, estimular la curiosidad y reforzar los lazos familiares. Con lectura recreativa, juego activo, actividades simples y un uso consciente de la tecnología, los niños pueden mantener su ritmo de aprendizaje mientras disfrutan plenamente de sus vacaciones.