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Déficit de vitamina D en Chile supera el 75% y alerta por impactos en la salud
La deficiencia de vitamina D afecta a niños, adultos y personas mayores en todo Chile. Expertos advierten que obesidad, baja exposición solar y dieta limitada explican una brecha que impacta huesos, metabolismo, inmunidad y salud mental.
Chile enfrenta uno de los déficits de vitamina D más altos a nivel mundial, una condición que ya no se limita a un problema nutricional, sino que se proyecta como un desafío relevante para la salud pública y que a juicio de los especialistas tiene impactos que no distinguen regiones ni grupos etarios.
La deficiencia del micronutriente, extendida en niños, adultos y personas mayores a lo largo de todo el territorio, se asocia hoy a un mayor riesgo de enfermedades óseas, metabólicas, inmunológicas y de salud mental, según advirtió el director del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA) de la Universidad de Chile, el médico Francisco Pérez Bravo.
Los datos muestran que la brecha se repite incluso en zonas con condiciones climáticas favorables para su síntesis natural. Este escenario –particularmente llamativo por su magnitud y extensión geográfica– da cuenta de un conjunto de causas estructurales que interactúan entre sí, explica el académico.
“Chile es uno de los países con mayor déficit de vitamina D a nivel mundial, y lo más notable es que este déficit se da a lo largo de todo el país, incluso en zonas donde existe una radiación ultravioleta suficiente para que el cuerpo la sintetice de forma natural. No es solo un problema de las zonas australes, eso sería esperable, pero no es así”.
La magnitud del problema se refleja en los principales indicadores sanitarios disponibles. La Encuesta Nacional de Salud 2016–2017 mostró que más de la mitad de las mujeres en edad fértil presenta niveles insuficientes de vitamina D, mientras que en adultos mayores las cifras se acercan al 60%. Si bien se trata de datos levantados hace casi una década, el escenario actual no muestra señales de mejora sustantiva.
El fenómeno se vuelve aún más crítico en la población infantil. Estudios desarrollados por el INTA y la Escuela de Nutrición de la Universidad Finis Terrae en 2021, que analizaron a niños entre 4 y 14 años, revelaron que cerca del 78% presentaba deficiencia de vitamina D. En zonas australes, la proporción supera el 85%, una cifra que enciende alertas sobre las consecuencias a largo plazo en crecimiento, desarrollo y salud futura.
Regiones con alta radiación solar, donde la síntesis cutánea debería ser suficiente, muestran prevalencias similares a las del sur del país. Este patrón refuerza la idea de que el problema responde a causas múltiples, que exceden la disponibilidad de luz solar y se relacionan con condiciones metabólicas, hábitos de vida y factores socioeconómicos.
Obesidad, baja exposición solar y dieta
Desde el punto de vista fisiológico, la vitamina D depende en gran medida de la exposición a la luz solar. Se estima que entre un 75% y un 80% de su producción se genera a través de la piel, mientras que el resto proviene de la alimentación. En un país como Chile, esta combinación debería, en teoría, asegurar niveles adecuados en la mayor parte de la población.
Sin embargo, esa capacidad se ve limitada por varios aspectos que caracterizan a la población local. Entre ellos la prevalencia de la obesidad.
Al tratarse de una vitamina liposoluble, la vitamina D tiende a almacenarse en el tejido adiposo, reduciendo su disponibilidad para órganos y sistemas donde cumple funciones clave. Este mecanismo, descrito en la literatura científica como “secuestro” o “dilución”, afecta su acción en tejidos como el músculo, el riñón y el cerebro.
En un país donde más del 74% de la población presenta sobrepeso u obesidad, este factor adquiere un peso estructural, remarca Pérez Bravo. La obesidad, añade el académico de la U. de Chile, no solo aumenta el riesgo de enfermedades metabólicas, sino que también limita la efectividad biológica del nutriente, incluso cuando la exposición solar es adecuada.
“Cuando hay un exceso de tejido adiposo, la vitamina D queda atrapada en esa grasa y no logra ejercer su función en los órganos donde es necesaria. Por eso vemos déficit incluso en personas que viven en zonas con alta radiación solar y que, en teoría, deberían sintetizarla sin problemas”, señala.
A este escenario se suma el bajo tiempo de exposición solar efectiva. Aunque Chile presenta altos niveles de radiación ultravioleta, el temor al cáncer de piel ha llevado a una reducción deliberada del contacto directo con el sol, una precaución que los especialistas consideran comprensible frente a patologías cutáneas.
Como consecuencia, el uso extendido de protectores solares limita la capacidad de la piel para sintetizar vitamina D, lo que disminuye una de las principales fuentes naturales de este micronutriente. Sin embargo, el Dr. Pérez Bravo precisa que bastan solo entre 15 y 20 minutos diarios de exposición solar directa, en horarios de menor radiación, para favorecer la síntesis de vitamina D.
El tercer factor es de carácter económico y alimentario. Las principales fuentes dietarias de –como pescados grasos entre ellos jurel, sardina y salmón– presentan costos elevados y un consumo poco frecuente en la dieta. Esta restricción económica reduce el acceso sostenido a alimentos ricos en este nutriente, especialmente en sectores vulnerables.
El impacto integral de la vitamina D
Durante décadas, la vitamina D fue considerada principalmente un nutriente asociado a la absorción de calcio y al mantenimiento de la salud ósea. Su rol se vinculó históricamente a la prevención de condiciones como la osteoporosis y la osteomalacia, un enfoque que marcó tanto la práctica clínica como el discurso público durante gran parte del siglo XX.
En los últimos 10 a 15 años, no obstante, la investigación científica ha ampliado de manera significativa esa comprensión. La evidencia acumulada ha demostrado que la vitamina D cumple funciones que van más allá del sistema óseo, con efectos en la función muscular, el metabolismo y distintos procesos del sistema inmune.
En este último eje, diversos estudios han descrito su participación en la regulación de procesos inflamatorios y en el equilibrio de ciertos linajes celulares, un aspecto particularmente importante en enfermedades crónicas caracterizadas por inflamación persistente, como la obesidad y la diabetes tipo 2.
Durante la pandemia de COVID-19, este vínculo adquirió mayor visibilidad. Investigaciones observacionales identificaron una asociación entre niveles muy bajos de vitamina D y un mayor riesgo de desenlaces graves, aunque los especialistas subrayan que no se trata de un tratamiento ni de una intervención terapéutica directa.
“No es un tratamiento, pero un buen estatus de vitamina D contribuye a mantener al sistema inmune en mejores condiciones frente a procesos inflamatorios severos”, explica Pérez Bravo.
En paralelo, uno de los campos de investigación más recientes se ha concentrado en el sistema nervioso. El hallazgo de receptores de vitamina D en el cerebro, descrito recién en la última década, abrió nuevas líneas de estudio sobre su posible influencia en la memoria, los trastornos del ánimo y enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. Aunque se trata de un campo aún en desarrollo, estos hallazgos amplían el alcance del problema.
“En conjunto, la evidencia disponible muestra que el déficit de vitamina D no puede entenderse solo como un problema óseo, sino como un factor con implicancias transversales en la salud metabólica, inmunológica y neurológica. Este cambio de enfoque ha llevado a considerar su deficiencia como un desafío de salud pública con efectos que van más allá de un solo sistema del organismo”, sugiere el director del INTA.
Fortificación de alimentos: una respuesta necesaria
Para revertir este escenario, Chile avanzó en una política de fortificación de alimentos con vitamina D, utilizando la leche líquida y la harina de trigo como principales vehículos para ampliar la cobertura poblacional. La estrategia apunta a llegar de manera transversal a distintos grupos etarios y socioeconómicos, mediante productos de consumo masivo presentes de forma habitual en la dieta diaria, plantea el Dr. Pérez Bravo.
Los lácteos han sido considerados especialmente adecuados para este tipo de intervención debido a su alto nivel de consumo y a una matriz nutricional que facilita la incorporación del micronutriente. El pan, pese a las controversias asociadas a su rol en la obesidad, cumple un objetivo similar en términos de alcance, en particular entre adultos mayores, uno de los grupos con mayor riesgo de déficit.
La estrategia cuenta con antecedentes sólidos en países como Estados Unidos, Canadá y varias naciones del norte de Europa, donde se aplica desde hace décadas como respuesta a déficits generalizados en la población. En esos contextos, la incorporación sistemática del micronutriente en lácteos y otros alimentos de consumo habitual ha demostrado ser una herramienta eficaz para mejorar los niveles séricos poblacionales, especialmente en grupos de riesgo.
No obstante, el director del INTA advierte que la implementación de esta política debe agilizarse. Por una parte, debido a que la evidencia estaba disponible hace al menos diez años; y, por otra, evaluar si la dosis recomendada es pertinente para mitigar el impacto de la brecha a nivel de la salud pública.
“Un microgramo por 100 ml es un buen paso, pero insuficiente”, señala el investigador, quien añade que experiencias internacionales muestran que concentraciones bajas, aunque seguras, pueden resultar insuficientes para corregir déficits generalizados. Este aprendizaje, subrayó, ha llevado a ajustes progresivos en otros países.