Yo opino
Silencio, centralismo y cáncer cervicouterino en Chile ¿Por qué nos cuesta tanto hablarlo?
Todos los años, en octubre, el país se tiñe de rosa. Edificios iluminados, maratones, campañas en redes sociales, testimonios de figuras públicas y conversaciones abiertas sobre prevención marcan el mes del cáncer de mama. Es un esfuerzo colectivo que instala el tema en la agenda pública y nos recuerda que hablar de cáncer también puede salvar vidas.
Enero, en cambio, es el mes de la prevención del cáncer cervicouterino, y el silencio reina. No hay luces, ni campañas visibles, ni conversación pública. Pocos saben que este cáncer tiene un lazo, verde y blanco, y menos aún saben que es uno de los pocos cánceres con métodos de prevención efectivos, conocidos y disponibles en el sistema de salud.
¿Por qué, entonces, seguimos evitando esta conversación?
Hablar de cáncer cervicouterino incomoda. Nos obliga a enfrentar temas que como sociedad preferimos esquivar: infecciones de transmisión sexual, prejuicios, estigmatización y culpa. Pero, sobre todo, nos obliga a mirar una realidad que incomoda aún más: las profundas desigualdades territoriales que atraviesa nuestro sistema de salud y que determinan quién accede a prevención, diagnóstico oportuno y tratamiento.
En Chile no todas las mujeres enfrentan el cáncer desde el mismo lugar. Existe un país que accede a tecnología de punta, tratamientos de alto costo y estándares comparables a cualquier país desarrollado. Y existe otro Chile, el Chile extremo, donde una mujer debe dejar a su familia por semanas, viajar más de mil kilómetros para recibir tratamiento y enfrentar una enfermedad lejos de sus redes de apoyo. A esta desigualdad territorial se suma una exclusión menos visible pero igual de grave: las mujeres con cáncer cervicouterino no tienen acceso a drogas de alto costo por ninguna vía, ni a través del GES, ni Ley Ricarte Soto, ni otros mecanismos de financiamiento. En un país profundamente centralizado, el lugar donde se vive y el tipo de cáncer que se tiene sigue siendo un factor decisivo para sobrevivir.
Como Ginecóloga Oncóloga y académica de una Universidad Pública del extremo norte, veo esta desigualdad todos los días. Veo diagnósticos tardíos que pudieron evitarse, tratamientos que llegan tarde y equipos de salud comprometidos que cargan con la frustración de no poder ofrecer a sus pacientes lo que saben que existe en otras partes del país. Ese dolor también explica el silencio: hablar de cáncer cervicouterino implica reconocer una injusticia estructural que el estado ha sido incapaz de corregir.
Este enero, en medio del calor extremo y de incendios que vuelven a recordarnos nuestra fragilidad, he visto una pequeña luz de esperanza. Algunas figuras públicas han decidido contar sus historias, romper el pudor y la estigmatización, y hacer un llamado a la acción. Nos recuerdan algo esencial: este cáncer, detectado a tiempo, es tratable y, más importante aún, prevenible.
Nos cuesta hablar porque duele. Pero callar duele más. No es aceptable que en Chile sigan muriendo dos mujeres al día por una enfermedad evitable. No es justo que niñas y niños crezcan sin sus madres por falta de acceso oportuno a prevención y tratamiento.
Iluminar edificios o correr maratones no basta para salvar vidas. Pero visibilizar y poner el tema en la agenda pública es el primer paso para enfrentar el elefante en la habitación. Mientras el cáncer cervicouterino siga siendo un problema silenciado, seguirá siendo también una deuda política con las mujeres, especialmente con las que viven lejos del centro del país.
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