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La excitación en escena: deseo, ley y el espejismo del consentimiento perfecto Yo opino www.freepik.es

La excitación en escena: deseo, ley y el espejismo del consentimiento perfecto

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Verónica Aravena Vega
Por : Verónica Aravena Vega Doctora en estudios de género y política Directora de investigación social en Openmet Barcelona Docente de la cátedra psicoanálisis y política Universidad de Barcelona.
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Hay un momento —quizá en la memoria de todas— donde el cuerpo hace algo imprevisto. Un calor que no se pidió, una respuesta que sorprende, una piel que se activa antes que la mente. Esa escena, íntima, desordenada, donde lo físico se anticipa a lo consciente, plantea una pregunta incómoda: ¿cómo encaja la excitación real en los discursos que prometen que el sexo será seguro si sólo cumplimos con las reglas del consentimiento “perfecto”?

En los últimos años, en Chile y en buena parte del mundo, el término consentimiento se ha convertido en la sentencia moral del sexo moderno. El “sí es sí” está en las leyes, en los talleres universitarios, en las campañas públicas, en los discursos feministas y también en los consejos juveniles que aterrizan en TikTok. La lógica es aparentemente simple: si hay un sí claro, todo está bien; si no lo hay, algo está mal. Pero hay una trampa invisible en ese pacto de lenguaje: confundir claridad con verdad. Y en especial, confundir la claridad con el deseo y la excitación.

La excitación, esa respuesta corporal que a menudo aparece sin previo aviso ni consentimiento racional, se nos ha enseñado a pensar como una línea directa que conduce inevitablemente al deseo. Pero ¿qué tan cierto es eso? ¿Es la excitación una evidencia de lo que queremos? ¿O acaso es, como todo lo sensible, más ambigua, más compleja, menos confiable como prueba de intención?

Porque la experta que más ha interpelado esta idea en los últimos años no viene de un laboratorio de sexología tradicional ni de una clínica jurídica, sino de la filosofía y la teoría cultural. En su libro El buen sexo mañana, Katherine Angel propone algo radical: la excitación no es necesariamente indicio de deseo, ni es prueba de consentimiento o voluntad clara. Esta afirmación sacude el confort de nuestras rutinas discursivas. En otras palabras: que tu cuerpo tenga una reacción fisiológica —lubricación, ritmo cardíaco acelerado— no significa automáticamente que tú quieras lo que está ocurriendo.

Esta es una idea que desarma y obliga a repensar, porque nuestra cultura sexual ha sido construida, históricamente, sobre dos supuestos problemáticos: primero, que el deseo es transparente y fácil de leer; segundo, que el deseo es sinónimo de excitación. Ambos son mitos.

Piensa un segundo en cómo se enseña hoy el sexo seguro. En muchos talleres, primero se habla de “decir que sí”, de “límites claros”, de comunicarse con anticipación. Luego se pasa a una sección técnica de métodos anticonceptivos o prevención de ITS. En ningún momento se detiene el discurso a pensar qué ocurre entre esos dos polos: lo que sucede cuando el cuerpo aparece en pantalla sin haber sido convocado.

Desde una perspectiva legal —como la que hoy busca consolidarse en muchas jurisdicciones, incluyendo reformas recientes en Chile— el consentimiento es un elemento crucial para distinguir entre sexo consensuado y abuso. El Código Penal chileno, por ejemplo, castiga «la realización de actos sexuales mediante violencia o intimidación» y contempla agravantes cuando hay incapacidad de consentir o abuso de esa incapacidad. La ley opera con la clara intención de proteger a quienes no desean una relación sexual o no pueden dar consentimiento válido. Pero el marco legal —por necesario que sea— no siempre capta la ambivalencia de la experiencia erótica real, aquella donde la excitación y la voluntad no siempre marchan de la mano.

La jurisprudencia se queda corta cuando un cuerpo reacciona físicamente mientras la mente no está convencida. Un dato legal básico en Chile es que la edad de consentimiento sexual está establecida en 14 años, con matices importantes sobre poder y experiencia, precisamente porque reconoce que la simple participación en un acto no garantiza entendimiento ni voluntariedad. Pero lo que la ley no puede abarcar es la grisura de la excitación: esa zona donde sí hubo respuesta corporal pero no hubo deseo claro, donde sí hubo “sí” tácito pero no hubo placer ni voluntad afirmativa.

La ciencia, por su parte, ha tenido su propia historia con la excitación. Desde las clásicas investigaciones de Masters y Johnson —que midieron respuestas genitales en laboratorio— hasta estudios contemporáneos, la comunidad científica ha buscado patrones. Pero como señala Angel, estas mediciones son reduccionistas: confunden reacción fisiológica con deseo subjetivo. Un cuerpo puede lubricarse sin que la mente esté participando con ganas; un corazón puede latir rápido por ansiedad, por nervios, por miedo, por memoria, por placer, o por una mezcla extraña de todo eso.

En Chile, donde la educación sexual ha sido históricamente deficiente y muchas veces moralista, esto debería hacernos pensar. No sólo en dar herramientas legales o técnicas —condones, anticonceptivos, consentimiento informado— sino en crear un discurso que pueda acompañar esos momentos de confusión, ambivalencia y exploración. Porque la vida sexual no es una serie de cajas a marcar con “sí” o “no”. Es una trama de sensaciones, preguntas sin respuesta y, a veces, silencios que pesan más que cualquier palabra.

Y aquí llegamos a la cuestión más delicada: el peso normativo que colocamos sobre la excitación como prueba de algo que no prueba nada. En nuestro imaginario colectivo, todavía persiste la idea de que si un cuerpo responde, entonces quiere. Esa lógica tiene raíces profundas —patriarcales, culturales, históricas— y ha servido durante siglos para justificar violencias. En algunos juicios incluso se ha usado la presencia de lubricación vaginal como argumento para negar la existencia de violencia sexual, bajo la idea de que el cuerpo “no miente”. Ese tipo de razonamientos no sólo son científicamente pobres, sino peligrosamente injustos.

Pero la crítica va más allá de un simple rechazo de prácticas forenses erradas. El objetivo es repensar la relación entre cuerpo y deseo en su conjunto. El deseo —especialmente el femenino, históricamente silenciado, malinterpretado y normativizado— no es un dato fijo que se pueda capturar con una palabra de antemano, ni con una medición externa del cuerpo.

Aquí hay una idea que puede resultar chocante: la excitación no siempre es un espejo de la voluntad. Puede ser una respuesta automática. Puede estar teñida de ansiedad. Puede pertenecer más al imaginario cultural que a la experiencia real de placer. Puede ser una forma de supervivencia biológica (el cuerpo reacciona aunque no haya deseo) o una memoria antigua que no pertenece al ahora del sujeto. Las implicancias son enormes: si seguimos creyendo que “lo que el cuerpo hace es lo que la persona quiere”, entonces perpetuamos una lógica que no sólo no libera, sino que encierra.

El consentimiento, entonces, no puede depender exclusivamente de la excitación corporal. Ni tampoco de la idea de que una persona siempre sabe lo que quiere antes de sentirlo. El consentimiento legal —ese pacto explícito que protege de la violencia— sigue siendo esencial. Pero como fórmula moral del sexo, es insuficiente si no logra acompañar las zonas grises de la experiencia erótica.

Piensa en dos escenas cotidianas: La primera, una pareja que ha estado caminando de noche, riendo, tocándose la espalda. Llegan al departamento y hay besos, caricias, y luego una respuesta física que sorprende a ambos. No hablaron “de consentimiento” antes, pero hay un movimiento de cuerpos que parece decir sí. ¿Es real? En la práctica, muchas relaciones se construyen así. La excitación aparece primero, luego se interpreta y después, quizá, se verbaliza.

La segunda escena: una mujer que ha tenido encuentros confusos. A veces su cuerpo responde y su mente se retrae. A veces su mente está dispuesta pero el cuerpo se apaga. A veces dice sí con gusto y a veces dice sí por costumbre. Estas experiencias no encajan en un modelo idealizado de consentimiento, pero tampoco son señal de abuso per se. Son, más bien, parte de la complejidad de la sexualidad humana.

Entre una escena y otra se desliza una verdad incómoda que pocos quieren nombrar: el deseo y la excitación no siempre coinciden, ni siempre pueden ser capturados en una palabra o en una firma previa al acto.
Entonces, ¿cómo seguimos?

No haciendo la vista gorda a los discursos de consentimiento —eso sería irresponsable y peligroso—, sino enriqueciéndolos. Integrando la idea de que la excitación y el deseo son fenómenos complejos, marcados por historia personal, por cultura, por poder, por miedo, por placer y por vulnerabilidad. Que el consentimiento legal y verbal es necesario, pero que no puede ser la única herramienta para entender lo que ocurre entre cuerpos sensibles.
Y, sobre todo, que tenemos que dejar de pensar al sexo como una serie de pasos claros, impecables, predecibles. El sexo no es una lista de verificación. Es un territorio donde el cuerpo y la mente negocian, muchas veces sin saber muy bien qué quieren en ese instante.

La excitación no nos va a decir siempre la verdad. Pero nos puede enseñar algo más valioso: que el deseo es una conversación, no un contrato. Y que escuchar —de verdad— implica no sólo prestar atención a la palabra “sí”, sino también a los silencios, a las dudas y a las sensaciones que no se traducen fácilmente en lenguaje.
Porque si el sexo se reduce a un formulario perfecto, entonces nos quedamos sin espacio para lo que realmente nos conecta: la incertidumbre, el riesgo, la posibilidad de equivocarnos y, sobre todo, la potencia de sentir sin tener siempre que saber.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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