Publicidad
Ya lo superé, pero mi cuerpo no ha sido informado Yo opino Créditos: El Mostrador.

Ya lo superé, pero mi cuerpo no ha sido informado

Publicidad

Decir que algo quedó atrás no significa que haya sido entendido. Cuando el dolor no se explica, no desaparece: se infiltra, decide por ti y se disfraza de carácter.


Hay personas que dicen que ya lo superaron. Lo dicen con esa serenidad adulta que suena convincente incluso para ellos mismos, como si repetirlo suficientes veces pudiera convertir la negación en realidad. Lo anuncian casi con orgullo: “tema cerrado”. La vida siguió. Trabajan, pagan cuentas, hacen ejercicio, suben fotos donde se ven razonablemente estables. Todo parece indicar que el pasado quedó archivado en una carpeta vieja. El problema es que el cuerpo no firma ese acuerdo. Basta un tono de voz, un gesto ambiguo o un silencio inesperado para que algo se active con una intensidad que no tiene nada de proporcional. Pero claro, “ya pasó”. Entonces la reacción parece exagerada. Y en vez de revisar lo que nunca se entendió, uno termina revisándose a sí mismo.

Nos encanta la idea de que el tiempo lo cura todo. Es cómoda. Nos evita la incomodidad de revisar lo que duele. Pero el tiempo no cura nada; el tiempo solo tapa. Es como meter cosas en un clóset desordenado y confiar en que la puerta aguante. Tarde o temprano algo se cae. Lo que no se entiende no desaparece, se reorganiza. Se mete en la forma en que interpretas los mensajes, en la rapidez con que te defiendes, en el miedo que rebautizas como intuición. Y desde ahí empieza a dirigir decisiones con una eficacia silenciosa que rara vez cuestionas.

Cuando algo fuerte ocurre —una traición, una pérdida, una humillación, una violencia— el golpe no siempre está solo en el hecho. Muchas veces está en no saber qué hacer con eso. No entender qué significa. No saber qué dice de ti. Y cuando no hay explicación, la cabeza improvisa una. El problema es que suele ser nuestro peor verdugo. “Fue porque no fui suficiente.” “Fue porque confié demasiado.” “Fue porque soy así.” La mente es rápida para dictar sentencia cuando necesita cerrar el caso, aunque el veredicto te condene a ti.

Sin una explicación que ordene, el dolor queda suelto. Y lo suelto no se queda quieto. Se transforma en sospecha permanente. En alerta desproporcionada. En celos que parecen sensibilidad especial. En miedo que se disfraza de prudencia. En cansancio que ningún fin de semana repara. Es como una herida cerrada en falso: por fuera aparece piel nueva, pero por dentro sigue infectada. No la ves todos los días, pero condiciona cada movimiento. Se activa en momentos inesperados y luego te convence de que el problema eres tú, no lo que nunca se elaboró.

Lo más inquietante es que puedes funcionar perfectamente así. Cumplir, rendir, adaptarte. Nadie sospecha que hay una parte tuya detenida en un momento que nunca se entendió del todo. Como si algo se hubiera roto y hubieras decidido seguir usando lo que quedó, convencido de que si no miras la grieta, la grieta no existe. Y claro, funciona. Más o menos. Hasta que deja de hacerlo, generalmente cuando más necesitas estabilidad.

Vivimos en una cultura que tolera cualquier cosa menos el sufrimiento que tarda. Si estás mal demasiado tiempo, incomodas. Si sigues hablando de algo que ocurrió hace años, te dicen que estás pegado. Si no logras transformar el dolor en una versión productiva de ti mismo, parece que fallaste en tu proceso. Triste, pero funcional. Entonces aprendemos a decir que ya pasó. Que estamos bien. Que eso fue hace tiempo. Decirlo no lo vuelve verdad; solo vuelve más cómoda la conversación para quienes prefieren no profundizar.

Pero lo que no se explica no se acomoda. Y lo que no se acomoda termina decidiendo por ti. Decide a quién eliges. Decide cuánto toleras antes de poner un límite. Decide cuándo huyes antes de que te dejen. Decide cuánto te permites necesitar sin sentir vergüenza. Y tú lo llamas personalidad. Lo llamas mala suerte. Lo llamas “siempre atraigo el mismo tipo de pareja”, como si fueras un imán defectuoso condenado a repetir catálogo. No es destino. Es una experiencia que nunca terminó de integrarse y que sigue buscando una forma de cerrarse, aunque el precio sea repetir la escena con distintos nombres.

Intentar entenderlo solo tampoco es tan heroico como suena. Cuando uno se enfrenta a su propia herida sin ningún testigo, la mente puede convertirse en un tribunal implacable. Revisa pruebas, exagera errores, minimiza contextos y emite sentencias definitivas. Y como no hay apelación posible, uno termina creyendo que esa versión es la única verdad disponible. A veces hace falta otro que escuche sin minimizar, sin decir “ya supéralo”, sin convertir el relato en una medalla identitaria. No para absolver ni para condenar, sino para ordenar.

Ordenar no es victimizarse. No es quedarse atrapado en el pasado. Es evitar que el pasado siga infiltrándose en cada decisión presente. Entender qué ocurrió, en qué contexto, con qué recursos contabas —o no contabas— en ese momento cambia la narrativa interna. No borra lo que pasó. No devuelve la versión anterior de ti. Pero impide que esa experiencia siga operando como un fantasma que aparece cada vez que algo se parece demasiado.

La diferencia entre avanzar y simplemente seguir moviéndose es incómoda. Puedes acumular años, logros y relaciones mientras una parte tuya sigue reaccionando con la misma intensidad que el primer día. Puedes convencerte de que ya no importa, mientras tu cuerpo responde como si todavía estuviera en peligro. Y eso desgasta más de lo que admites. Porque vivir reaccionando a algo que no se entiende es agotador, aunque lo maquilles de fortaleza.

Explicar no significa encontrarle sentido a todo. Hay cosas que no lo tienen y no lo tendrán. No se trata de convertir el dolor en una lección inspiradora ni de salir fortalecido como en una historia motivacional. Se trata de que lo ocurrido no sea lo único que defina quién eres. De que deje de gobernar desde las sombras. De que puedas mirarlo sin que todo tu sistema entre en modo defensa.

No vuelves a ser quien eras antes. Esa versión ya no existe. Pero puedes dejar de ser rehén de algo que nunca entendiste del todo. Puedes permitir que lo que pasó ocupe un lugar en tu historia en vez de convertirse en el eje secreto de todas tus decisiones. Y eso no es épico ni espectacular. Es más bien sobrio. Incluso incómodo. Porque implica admitir que no estaba tan superado como querías creer.

La vida puede seguir, claro. Siempre sigue. La pregunta es si quieres que siga repitiendo lo que no se resolvió o si estás dispuesto a entenderlo aunque no sea agradable. Porque lo que no se explica no se va. Solo cambia de forma, se disfraza de carácter y espera. Y casi siempre aparece justo cuando estás convencido de que ya lo habías superado.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad