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Nuestros prejuicios a velocidad digital: a propósito del Día Internacional de la Mujer Yo opino Créditos: El Mostrador.

Nuestros prejuicios a velocidad digital: a propósito del Día Internacional de la Mujer

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Betty Martínez-Cárdenas
Por : Betty Martínez-Cárdenas Profesora Investigadora de la Universidad Finis Terrae.
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Vivimos en un mundo hiperconectado y, sin embargo, seguimos repitiendo los mismos prejuicios de siempre. Solemos culpar a la tecnología por lo que ocurre en redes sociales, en plataformas o en sistemas automatizados. Hablamos de algoritmos sesgados y de violencia digital. Pero la pregunta incómoda es otra: ¿qué estamos llevando nosotros a esos sistemas?

La tecnología no surge en el vacío. Aprende de nuestros datos, de nuestras interacciones y de nuestras jerarquías culturales. Si en la vida cotidiana penalizamos la firmeza femenina o asumimos dependencia donde hay autonomía, esos patrones no desaparecen al digitalizarse. Se amplifican.

Los sesgos digitales no son un error técnico. Son el reflejo acelerado de nuestras prácticas diarias. ¿Qué ocurre cuando una mujer está sola? No en teoría. No el 8 de marzo. Sola, en un espacio público, pagando por un servicio.

Primera escena:

Una mujer mayor de 40 años entra al desayuno de un hotel. Da su número de habitación. Delante hay un hombre desconocido. La recepcionista asume que van juntos. No pregunta. Supone.

Todavía asociamos a la mujer sola con algo incompleto. Si hay un hombre cerca, debe ser su acompañante. No es mala intención. Es un reflejo aprendido.

Segunda escena:

La misma mujer se acerca a servirse caldo. El recipiente está casi vacío. Pregunta, con naturalidad, si traerán más. El mozo responde gritando que no, que “desde las seis de la mañana se sirvió”. Ella señala que el desayuno aún no termina. Él vuelve a gritar que es “hasta las 9:30”. Son las 8:30.

No es la negativa lo que marca la escena. Es el tono. No la enfrentan como huésped, sino como “otra mujer que reclama”.

La investigación lo confirma. La firmeza en un hombre suele leerse como liderazgo; en una mujer, como exceso. Cuando un hombre expresa enojo puede ganar estatus. Cuando lo hace una mujer, lo pierde. No es susceptibilidad. Es un patrón documentado.

Tercera escena:

En una fila de taxis a ella, por estar sola, le imponen compartir. Al hombre detrás, también solo, nadie se lo sugiere. ¿Por qué su tiempo parece negociable? ¿Por qué ella debe adaptarse?

La psicología llama a esto sexismo benevolente: actitudes que parecen razonables, pero descansan en la idea de que las mujeres deben ser más pacientes y comprensivas. Las leyes pueden declarar igualdad. Las normas culturales avanzan más lento.

Y esos reflejos no desaparecen cuando cruzan la pantalla. Lo que en un desayuno es un gesto, en el mundo digital puede convertirse en avalancha. La tecnología no crea el prejuicio. Lo multiplica. La mujer sola no es una anomalía. Es una persona autónoma. Y, sin embargo, todavía sorprende.

Si queremos entornos digitales más justos, no basta con exigir mejores algoritmos. Necesitamos mejores hábitos. La igualdad no se programa solo en código; se practica en conversaciones y decisiones mínimas. La tecnología amplifica lo que somos. Si no revisamos nuestras prácticas cotidianas, seguiremos escalando nuestras propias desigualdades a velocidad digital.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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