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Contando Chile: Región de Coquimbo, verdor poético junto al mar

Contando Chile: Región de Coquimbo, verdor poético junto al mar

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Miguel Laborde
Por : Miguel Laborde Escritor y director de la Revista Universitaria UC
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Algo de tierra bendita tiene esta región, lo que advirtieron los diaguitas hace siglos. Su refinada cerámica es un retrato de sus atributos, los que se reparten entre la montaña, la costa generosa y esos oasis alargados de Elqui, Choapa y Limarí.


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Coopeuch

Tras cruzar el desierto, Pedro de Valdivia no pudo creer lo que tenía ante sus ojos, ese luminoso verdor. Advirtió que junto a la desembocadura del Elqui había una bahía segura, Coquimbo, que sería un buen puerto, y para el futuro de sus habitantes, unas minas de oro en Andacollo. Eran ideales las terrazas costeras, para una ciudad de bella vista, donde se fundaría La Serena.  Las maderas, del pintoresco bosque Fray Jorge que parece sureño, y las canteras de una piedra original, la combarbalita – que pronto embelleció las fachadas de las iglesias serenenses-, eran de primera calidad.

Pero, piratas ingleses, holandeses y franceses vinieron a saquear esta costa y sus robos, incendios y violaciones impedirían su desarrollo pleno; siempre tuvo La Serena un vigía alerta, oteando el horizonte. Los mismos ingleses, que no lograron quedarse por las malas, después de la Independencia lo hicieron por las buenas, con fines mineros y comerciales; son sus carpinteros navales los que le dieron su carácter republicano a Coquimbo. 

José Tomás de Urmeneta, en un Chile muy admirador de Inglaterra, luego de pasar años en ese país para conocer su Revolución Industrial, llegó a ser dueño del principal centro cuprífero de Chile, Tamaya, cerca de Ovalle, y uno de los hombres más ricos de América del Sur. Tuvo Coquimbo una filántropa notable, Buenaventura Argandoña, impulsora de sus mayores transformaciones urbanas. El patriota Joaquín Vicuña – el mismo que funda la ciudad de su nombre para entrar al Elqui-, fue un gran coquimbano; gobernador y parlamentario, sería la voz de la región ante el resto del país. 

Un sueño modernizante

Aunque luego vino un periodo lento, al breve – en 1889-, nace Lucila Godoy, la que en diarios de la zona comienza a escribir con un talento que le abrirá todas las puertas. Ambiciosa, bajo el nombre de Gabriela Mistral se dará a la tarea de escribir sobre un Chile que encontraba “inédito”. 

Entre los cerros crece, al interior del Elqui, y a veces baja al ruidoso puerto, el que le abre el horizonte del mundo, el que la conocerá como la primera mujer de Iberoamérica en obtener un Premio Nobel, el de Literatura en 1945, plataforma que le permitió alzar su voz en defensa de indígenas y niños, de mujeres y de la naturaleza.

Al año siguiente llega un coterráneo a la Presidencia de la República, Gabriel González Videla, el que, enamorado de esa tierra – entonces provincia-, impulsa cerca de 80 medidas a su favor. Entre 1946 y 1952, gran parte del presupuesto nacional de Obras Públicas se dirigirá a ella, en especial a La Serena y Coquimbo, aunque también hubo obras en los demás lugares, como las hermosas hosterías de Vicuña y Tongoy y las poblaciones de Illapel y Salamanca. Se anunció que cada futuro gobierno modernizaría una provincia en especial, hasta modernizar el país entero, lo que no sucedió; quedó como una excepción.

El “Plan Serena” era un sueño de modernidad. Estados Unidos se había puesto a la cabeza con la Segunda Guerra Mundial y González Videla se sumó a la tendencia, de autopistas, playas públicas extensas, parques de gran escala, como trozos de un futuro. Las nuevas tecnologías permitían modernizar una ciudad y también cuidar su patrimonio.

La Serena también tenía hermosas iglesias coloniales y una calle que articulaba su casco histórico, Cordovez. En una esquina quedó el valioso Museo Arqueológico, de lo mejor del país en esta disciplina. Se construyó una serie de edificios públicos en la misma estética neocolonial y se transformó la imagen de la ciudad completa, como nuevo polo turístico nacional.

La bahía de Coquimbo también quedó favorecida, en la playa de Peñuelas, con el Casino y su Hotel Bucanero y, más allá, la playa La Herradura que vivirá una mítica época de oro.

El coquimbano “habita” la región entera. Se desplaza por la costa o por los valles donde crecen viñedos, paltos, olivos, y donde por generaciones se elabora su célebre pisco. El Elqui adquirió especial notoriedad por la Mistral, y por sus cielos transparentes; de ahí el Observatorio El Tololo, polo científico. Más tarde le llegó su fama de enclave místico, para los buscadores de un desarrollo interior, y creció un original turismo de paz y meditación, silencio y música.

Junto a la poesía, la música es aquí arte fuerte, desde la Fiesta de Andacollo, una de las más antiguas del país, del siglo XVII, con sus bailes de chinos y miles de peregrinos. En tiempos recientes, hacia 1970, Jorge Peña Hen crea aquí la primera orquesta sinfónica infantil de América Latina, la Escuela Experimental de La Serena donde los alumnos cumplen con los programas y en paralelo dominan un instrumento, la Orquesta Filarmónica de La Serena y el Conservatorio Regional de Música. Con conciertos en plazas, festivales latinoamericanos y encuentros de coros, pobló de sonidos la región entera. Su fusilamiento, a los 45 años de edad por obra de la Caravana de la Muerte de 1973, enlutó a todo Coquimbo.

Este puerto entró ahora último en una bonanza, gracias a la puesta en valor del Barrio Inglés y otros proyectos que merecía Coquimbo, como la renovación de la Plaza de Armas, del histórico Fuerte Lambert y de la Zona Típica de Guayacán.

El Barrio Inglés, del siglo XIX y frente a la bahía, es ahora un polo turístico, con restaurantes y bares, cafés y locales de artesanías, centros de arte y cultura. 

Coquimbo espera ahora que las autoridades transnacionales cumplan con el esperado corredor bioceánico, que le permita ser puerto de salida de productos de Argentina y Brasil, por su vocación comercial y cosmopolita.

La relación de La Serena con el mar mejoró hacia 1985, gracias a la autopista a Santiago; comenzó a crecer un frente de edificios en la Avenida del Mar, con amplias vistas al océano; paseos costeros y restaurantes con terrazas atrajeron a miles de santiaguinos y argentinos que comenzaron a visitar la región cada verano, lo que aceleró la economía local.

La región ha cruzado los siglos, desde los nativos changos costeros y los diaguitas, pasando por las miles de familias dedicadas a la minería, a la pesca artesanal, o, por tradición de siglos también, a cultivar los valles, donde varios han mantenido viva la tradicional cultura pisquera. Ahora se sumó, cada vez más, ese turismo en auge, desde que el resto del país- como los diaguitas en su tiempo- conocieron sus múltiples atributos.

 

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