Publicidad
“Sirat”: el purgatorio del desierto al ritmo del rave CULTURA

“Sirat”: el purgatorio del desierto al ritmo del rave

Publicidad

Este jueves se estrena Sirat, una de las propuestas más estimulantes del cine español reciente. La nominada al Oscar por España, es una experiencia áspera e incómoda, pero de belleza trascendente, más cercana a un trance sensorial que a un relato convencional.


En la tradición islámica, el Sirat es el puente que toda alma debe cruzar el Día del Juicio para alcanzar el Paraíso: un paso suspendido sobre el Infierno, más estrecho que un cabello y más afilado que una espada. La facilidad del tránsito depende de los actos realizados en vida, algunos lo cruzarán con la ligereza de un rayo, otros caerán al abismo. La película abre precisamente con esta descripción, tomada del Corán, y no se trata de una cita solamente decorativa. En Sirat, el desierto se convierte en un espacio liminal, un purgatorio físico y moral donde los personajes quedan suspendidos entre la condena y la redención.

Oliver Laxe regresa a Marruecos, territorio que ha marcado profundamente su filmografía. Ya en Todos vosotros sois capitanes (2010), presentada en Cannes y galardonada con el premio FIPRESCI en la Quincena de Realizadores, el cineasta exploraba los límites entre la ficción y el documental. Continuó este camino con Mimosas (2016), también rodada en Marruecos y premiada con el Gran Premio de la Semana de la Crítica en Cannes, consolidándose como uno de los pocos directores en obtener reconocimientos en el festival con sus dos primeras obras. Con O que arde (2019), su primera película filmada en España, obtuvo el Premio del Jurado en la sección Un Certain Regard. Ahora, con Sirat, Laxe alcanza por primera vez la Competencia Oficial de Cannes y vuelve a ser premiado, confirmando una trayectoria excepcional: cuatro largometrajes, cuatro presencias en Cannes, cuatro premios en distintas categorías. Un ascenso paulatino y coherente dentro de la filmografía de Laxe.

La historia sigue a Luis (Sergi López), quien viaja junto a su hijo pequeño y su perro por Marruecos en busca de Mar, su hija mayor, desaparecida meses atrás luego de asistir a una rave en el desierto. Esta búsqueda desesperada los introduce en el submundo de la electrónica y las fiestas nómadas, donde el padre interroga a los asistentes con la esperanza de hallar una pista que le devuelva a su hija.

Laxe despliega aquí su habitual poética, pero filtrada por una crudeza implacable. Sirat se vive como una óptica infernal: un descenso al infierno sin promesa de retorno. El desierto no es un mero escenario, sino una entidad hostil, un verdugo silencioso que anticipa la tragedia. La búsqueda se convierte en un tránsito por el borde de la aniquilación, amplificado por las raves, que adquieren un carácter ritual, casi dionisíaco: cuerpos que bailan al borde del abismo, como si celebraran el fin del mundo. Entre el paraíso y el infierno, apenas una línea invisible.

La película muta así en una road movie amenazante. El calor parece traspasar la pantalla, los ritmos frenéticos del techno generan un malestar físico, una angustia persistente, con un sonido que envuelve. Sirat es una experiencia sensorial total, una odisea al margen del sistema que desgasta progresivamente al protagonista. Más que un relato de búsqueda, es una tragedia en forma de trance psicodélico.

La influencia de Tarkovski resulta evidente en la puesta en escena. Como en Stalker o El sacrificio, la cámara de Laxe no se limita a registrar la acción: observa el tiempo. Los planos prolongados y la textura visual convierten el paisaje en algo vivo, denso, casi sagrado. El desierto se impone como una presencia absoluta, implacable, que devora a quienes no saben leer sus señales. Sobrevivir se convierte en un gesto casi litúrgico. 

El film utiliza el McGuffin de manera magistral: la búsqueda de la hija opera como motor narrativo, pero lo que realmente se despliega es una profunda introspección familiar. La película explora la culpa, el fracaso y el vacío existencial del padre, confrontado con la soledad extrema y la brutalidad del entorno. Esta dimensión introspectiva hace que Sirat resulte más inquietante que muchos thrillers convencionales: el verdadero terror no proviene de lo externo, sino del interior.

En su imaginario, Sirat evoca una combinación improbable: el desierto postapocalíptico de Mad Max atravesado por la violencia sonora y corporal de Climax. Sin embargo, la lucha aquí no es física, sino existencial. El techno, al igual que en la película de Gaspar Noé, funciona como un lenguaje espiritual, una vía de acceso a lo trascendente y a lo abismal.

Para esta obra, Laxe colaboró con el músico electrónico francés Kangding Ray, figura clave del techno experimental y el ambient. Su banda sonora es hipnótica y abrasiva, construida a partir de ritmos repetitivos y texturas granulares que parecen imitar el latido del desierto y el rugido de los motores. La música alterna momentos de violencia sónica con pasajes de una fragilidad extrema, reforzando la experiencia inmersiva. A ello se suma el sobresaliente trabajo de Laia Casanovas en el diseño de sonido, que convierte al desierto en un espacio saturado de ruidos y ecos lejanos de música. No hay silencio: hay amenaza constante.

No resulta casual que Sirat haya logrado entrar simultáneamente en varias shortlists de los premios de la Academia (Mejor Sonido, Mejor Banda Sonora Original, Película Internacional, Fotografía y Casting), logrando ser nominada a dos de esas categorías (Sonido y película internacional) un hito para una producción mayoritariamente española. Además, obtuvo cinco premios técnicos en las galas del cine europeo. Como extensión del proyecto, Laxe y Kangding Ray crearon Sirat Live Soundtrack AV, un espectáculo audiovisual en directo que transforma las imágenes inéditas del film en una rave mística y urbana.

Sirat se inscribe, así, en un momento especialmente grandioso del cine español contemporáneo. Obras como Los domingos (ganadora en San Sebastián), Romería de Carla Simón o Sorda, premiada por el público en la sección Panorama de la Berlinale, confirman la solidez de una cinematografía que ha encontrado nuevas formas de riesgo y autoría. Radical, incómoda y personal, Sirat confirma a Oliver Laxe como un cineasta que opera fuera de los márgenes sin renunciar al reconocimiento de la Academia. Su futuro se vislumbra imponente, y esta obra bien podría representar, al menos por ahora, la cumbre de su trayectoria.

Inscríbete en el Newsletter Cultívate de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para contarte lo más interesante del mundo de la cultura, ciencia y tecnología.

Publicidad