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Andrea Amosson, escritora: “Estoy apostando a la valoración de la cultura Chinchorro” CULTURA Cedida

Andrea Amosson, escritora: “Estoy apostando a la valoración de la cultura Chinchorro”

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En Hija del desierto, publicada por Penguin Random House, Andrea Amosson retorna literariamente a ese territorio para narrar una novela histórica situada en la década de 1920, protagonizada por Albúmina Azócar, una joven que desafía las convenciones de su época al soñar con el conocimiento.


El norte grande de Chile es una geografía áspera donde conviven la épica del trabajo, los silencios del desierto y las historias que han quedado al margen del relato oficial. En Hija del desierto, publicada por Penguin Random House, Andrea Amosson retorna literariamente a ese territorio para narrar una novela histórica situada en la década de 1920, protagonizada por Albúmina Azócar, una joven que desafía las convenciones de su época al soñar con el conocimiento, la ciencia y la libertad en un mundo que le impone límites por su género. Con una prosa sensorial y profundamente arraigada al paisaje, la autora cruza memoria personal, exploración histórica y una mirada crítica sobre quiénes han sido autorizados a contar la historia.

La novela dialoga con un momento clave de la ciencia mundial —el descubrimiento de la tumba de Tutankamón— para poner en tensión los centros y las periferias del saber, reivindicando la cultura Chinchorro y el norte chileno como espacios de conocimiento ancestral, deseo y resistencia. Fiel a su trayectoria, Amosson utiliza la ficción histórica para dar voz a mujeres y comunidades invisibilizadas, explorando la construcción de identidad, el dolor del crecimiento y la persistente lucha por un camino propio.

Esta conversación también dialoga con la trayectoria vital de Andrea Amosson (Antofagasta, 1973). Escritora y docente de escritura creativa, reside en Texas, Estados Unidos, desde hace dos décadas. Tiene formación en periodismo y un Magíster en Literatura Hispanoamericana y Chilena, y es autora de Las lunas de Atacama, Las mujeres de la guerra, La maestra Bernarda y La pasión de las mujeres Milet. Ganadora del International Latino Books Awards 2017 y 2022, su obra ha sido reconocida tanto en Chile como en el ámbito literario hispano de Estados Unidos. Paralelamente, trabaja en el área de comunicaciones de una ONG que apoya a familias de niños con discapacidades, es madre de dos jóvenes bilingües y participa —asistiendo y dirigiendo— en clubes de lectura en español, entendidos como espacios de memoria, lengua y resistencia cultural.

—Hija del desierto nos traslada al norte grande chileno de la década de 1920, un territorio marcado por la aridez, la minería y las normas sociales rígidas. ¿Qué significó para ti volver literariamente a ese espacio y qué te ofrece el desierto como escenario narrativo?

—Volver al norte grande fue mucho más que un regreso geográfico: fue retornar a un paisaje que ha marcado mi memoria sensorial y afectiva desde la infancia. Nací en Antofagasta, viví en contextos salitreros como Pedro de Valdivia y María Elena y pasé temporadas en Iquique y Arica, experiencias que se quedan como huellas indelebles en el cuerpo y en la escritura. Este territorio —luz, polvo, viento y silencio— no es un fondo neutro, sino un agente activo en la construcción de la narrativa y de los personajes.

El desierto ofrece una tensión profunda: parece vacío, pero está lleno de historia, saberes ancestrales y silencios. En él se constela la resistencia del deseo humano, la pregunta por los orígenes y la apuesta por una vida que desafía condiciones extremas. Es un espacio donde las mujeres que habitan mis novelas se forjan, se resisten y buscan su propio camino. En Hija del desierto, el paisaje también configura mundos, afectando el actuar de los personajes y de Albúmina.

—Albúmina Azócar es una protagonista que conjuga razón, emoción y rebeldía. ¿Cómo construiste a este personaje y qué aspectos de ella dialogan con inquietudes contemporáneas?

—Albúmina nació de una pregunta muy simple y profunda: ¿qué pasa cuando una joven que desea conocer el mundo —no solo observarlo— choca con las expectativas de su tiempo? Ella encarna el deseo de elegir: elegir qué aprender, qué sentir, a quién amar, qué destino trazar. Su rebeldía no es gratuita: nace de una curiosidad insaciable y de la frustración de vivir en un entorno que le niega el acceso pleno al conocimiento y al poder.

Aunque la historia ocurre en los años veinte, la tensión que vive Albúmina —entre lo permitido y lo deseado— sigue siendo muy contemporánea. Su anhelo de convertirse en arqueóloga y de desafiar el relato dominante sobre la antigüedad e importancia de las momias Chinchorro hace eco con las luchas actuales por la inclusión de mujeres y grupos marginados en espacios científicos, educativos y culturales. En ese sentido, Albúmina no solo es hija de su tiempo, sino portadora de una inquietud universal: la construcción de una identidad propia frente a las restricciones sociales.

—La novela sitúa la historia personal de Albúmina en paralelo a un momento clave de la ciencia mundial, como el descubrimiento de la tumba de Tutankamón. ¿Qué te atrae de esos cruces entre historia íntima y grandes hitos históricos?

—El año 1923, cuando ingresan a la cámara mortuoria de Tutankamón, trastoca las nociones globales sobre la monumentalidad de la muerte y la historia. En Hija del desierto usé ese hito como anclaje narrativo para confrontarlo con la realidad local del norte grande chileno y con los saberes ancestrales de las momias Chinchorro —las más antiguas del mundo— que durante décadas quedaron fuera del relato histórico dominante.

Ese contraste permite problematizar qué historias se valoran y cuáles se invisibilizan. Albúmina, desde un lugar periférico, se enfrenta a un relato global que privilegia lo monumental y jerárquico. Con ello, la novela pone en tensión el mapa de la memoria: ¿qué voces quedan fuera? ¿Qué mundos se silencian? Y, sobre todo, ¿cómo reimaginar la historia desde otras coordenadas? Albúmina valora lo intangible, las relaciones familiares y amorosas, se identifica con el culto a los muertos de los Chinchorro y reclama el reconocimiento que piensa que se merecen. Así, es posible transitar desde lo privado hacia lo universal, mediante la experiencia de crecimiento de la joven Albúmina.

—Has señalado que la ficción histórica permite llenar vacíos de la historia oficial. ¿Qué libertades y qué responsabilidades implica, para ti, escribir una novela histórica?

—La ficción histórica es un espacio de conexión entre rigor y libertad. Investigar el contexto, las fuentes, los hechos y las prácticas de una época es un deber que yo me tomo muy en serio —en gran parte gracias a mi formación como periodista—. En Hija del desierto, esa investigación incluyó la asesoría del doctor Bernardo Arriaza, de la Universidad de Tarapacá en Arica y principal experto en la cultura Chinchorro.

Pero la novela no es un ensayo académico; es literatura. Por eso debo transformar datos y cronologías en experiencias sensibles, conflictos internos, voces y atmósferas. Esa libertad imaginativa no anula el rigor: lo potencia. Me permite dar voz a quienes no la tuvieron —mujeres, pueblos originarios, cuerpos marginados por la historia oficial— y hacerlo desde una verdad humana más que desde una colección de hechos. Estoy apostando a la valoración de la cultura Chinchorro a través del recurso narrativo, con esta novela.

—¿Cómo es tu proceso de investigación antes y durante la escritura? ¿En qué momento la documentación cede espacio a la imaginación?

—Mi método es como un tejido y es muy orgánico, porque leo historiografía, archivos, estudios científicos y testimonios. Converso con especialistas, consulto fuentes primarias y secundarias, y trabajo con mapas, objetos y vestigios del pasado. Incluso visito tiendas de antigüedades para apreciar objetos ya en desuso. Esta base sólida me ancla en la realidad histórica de la época.

Y digo que es un tejido porque las hebras no están nunca solas. Investigo mientras escribo y escribo mientras investigo. El resultado, espero, es un matrimonio feliz entre la documentación y la creación de un mundo literario, donde los lectores sientan la atmósfera, se identifiquen -o se disgusten- con los personajes. Por supuesto que la imaginación es fundamental, porque crónica puede hallarse, pero traducir el dato duro a emociones, a sensaciones, a una trama atractiva, allí está el desafío y no siempre se sale airosa.

—Tu prosa es evocadora, sensorial, muy ligada al paisaje y a la memoria. ¿Cómo definirías tu propio estilo literario y cómo ha ido transformándose a lo largo de tus novelas?

—Mi estilo es una prosa que se siente con el cuerpo: huele, escucha, palpita. Me interesa que el lector no solo vea un desierto, sino que lo viva; que no vea solo una época, sino que la sienta. El paisaje no es un telón de fondo, es un personaje más, con voluntad propia, con memoria.

Con los años, mi escritura se ha vuelto más consciente de sus silencios, de sus espacios en blanco, de las tensiones que no necesitan decirse para ser sentidas. También he aprendido a confiar más en el humor, incluso en contextos duros o complejos. Me interesa que la narración respire, que tenga ironía, que se permita cierta irreverencia.

No le temo a crear personajes incómodos, contradictorios, a veces poco amables. Creo que ahí hay una verdad literaria muy potente: en las zonas grises, en los pliegues del carácter, en aquello que no busca agradar, sino existir con toda su complejidad.

—Si este presente fuera contado en el futuro como una novela histórica, ¿cómo imaginas que se narraría? ¿Quién crees que sería ese o esa protagonista y qué conflicto central atravesaría?

—Imagino una protagonista que intente narrar este tiempo no desde los grandes titulares ni desde los episodios aislados, sino desde la experiencia íntima de quienes atraviesan las crisis en su vida cotidiana. Una mujer desplazada, migrante, madre o hija, que vive entre territorios y lenguas, tratando de sostener la memoria en medio de un mundo que parece moverse demasiado rápido.

Creo que esta época se recordará como un tiempo de fractura y recomposición: crisis sanitarias, migratorias, climáticas, tecnológicas y políticas que atraviesan los cuerpos antes que los discursos. Me interesa pensar una protagonista que resista los ritmos acelerados de la historia, que rehúya las simplificaciones y que se aferre a los afectos, a la lengua, a los vínculos y a los rituales como formas de supervivencia.

Sería alguien que, como Albúmina, busca construir sentido en medio del caos, del dolor y de la transformación. Una mujer que nombrar el mundo desde la propia experiencia, una “porfiada”, y que narrar no es solo contar lo que pasó, sino intentar comprender quiénes fuimos cuando todo parecía estar cambiando bajo nuestros pies.

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