CULTURA
Créditos: Roberto Urzúa Lipián
Rodrigo Cid, autor de “El horror enmascarado”: “La impunidad persiste como deuda de la democracia”
La publicación detalla el funcionamiento del aparato represivo y de las redes que lo sostuvieron, lo que permite comprender la lógica imperante en periodos de autoritarismo.
La violencia extrema ejercida por la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) durante la dictadura chilena no ocurrió en un vacío ni estuvo protagonizada por figuras aisladas de la vida cotidiana. Esa es una de las principales tesis de El horror enmascarado: la doble vida de los agentes de la DINA, el libro del periodista Rodrigo Cid, que indaga en cómo el terror de Estado convivió con rutinas domésticas, vínculos familiares y apariencias de normalidad social.
El libro se sostiene en una amplia base documental que incluye sentencias judiciales, documentos clasificados, material de archivo y testimonios tanto de víctimas como de victimarios. Según explica su autor, el libro busca dar cuenta de aspectos poco difundidos del funcionamiento del aparato represivo y de las redes que lo sostuvieron, así como su rol en el adormecimiento de una sociedad paralizada por el miedo.
“Es un libro que muestra cómo la violencia extrema de esa época pudo convivir al mismo tiempo con rutinas domésticas, carreras y apariencias de normalidad. Es un trabajo que está sustentado en una base documental que se apoya en sentencias judiciales, documentos clasificados, material de archivo, además de testimonios de resiliencia de las víctimas y también las voces de los victimarios están contenidas en este libro”, explica el autor en conversación con El Mostrador.
Cid plantea que ese poder represivo fue funcional para imponer un modelo económico, social y político, a un costo profundo para la sociedad chilena. “De alguna manera fue fue el precio que pagó la sociedad chilena para instalar ese modelo”.
La investigación comenzó con vida Manuel Contreras, exdirector de la DINA, pero pronto se amplió hacia otros agentes menos conocidos, cuyas biografías resultaron igualmente determinantes en la instalación del terror. En ese recorrido, el autor se enfrentó a una pregunta central: cómo era posible que personas involucradas en torturas y crímenes mantuvieran, al mismo tiempo, una vida familiar y social aparentemente normal.
“Me atrapó el tema de la doble vida, de cómo era posible que alguien tuviera aparentemente personalidades o caracteres tan distintos. Y ahí llegamos a lo que se conoce como la dualidad, que es esta presencia de dos caracteres en un mismo estado de las cosas o en en una misma persona”, agrega el periodista.
En ese sentido, explica que la dualidad se manifiesta con crudeza en los testimonios de sobrevivientes, como el relato de un agente que alternaba, en cuestión de minutos, entre la tortura y la vida familiar.
Estos comportamientos, explica Cid, revelan zonas grises difíciles de comprender, pero fundamentales para entender la magnitud del poder del aparato represivo. En algunos casos, los agentes establecían relaciones ambiguas con los detenidos, incluso pidiendo disculpas antes de comenzar una sesión de tortura o invitando a mujeres torturadas a comer fuera del cuartel.
“Había una gente de un servicio de represión que tenía dos características bien particulares… conversaba y llegaba un punto que le decía, ‘Lo siento que voy a tener que empezar a trabajar con los fierros’”, ejemplifica.
La entrevista a Manuel Contreras
Uno de los énfasis del libro es evitar la idea de que los perpetradores fueron “monstruos”, una categoría que, según el autor, impide comprender cómo estos crímenes fueron posibles.
“Es importante y también lo dicen los académicos especialistas que están entrevistados en el libro que a estas personas no hay que verlas como monstruos porque en realidad eran seres humanos que bajo el amparo del Estado cometieron los crímenes más horrendos”, afirma.
En ese sentido, Cid describe una diversidad de motivaciones: sadismo, ambición de poder, oportunismo y enriquecimiento personal. Algunos relatos dan cuenta incluso de saqueos durante allanamientos, reduciendo la represión a una forma de delincuencia amparada por el discurso de la seguridad.
“Estamos hablando al final también de delincuencia pura y dura disfrazada detrás de represión, disfrazada detrás de seguridad”, asegura.
El libro también recoge la experiencia del propio autor entrevistando a Manuel Contreras en 2013, en lo que sería la última entrevista concedida por el exjefe de la DINA a un medio de comunicación. Cid describe ese encuentro como áspero y éticamente complejo, marcado por un esfuerzo deliberado por no normalizar la figura del entrevistado.
“Yo sentía que al enfrentarme a este personaje no podía saludarlo como un apretón de manos como se hace cualquier entrevistado. O sea, de ahí ya se marca una distancia”, expresa.
Esa entrevista, emitida tras una intensa discusión editorial, generó fuertes reacciones públicas y terminó influyendo en decisiones políticas relacionadas con el cierre del penal Cordillera.
A más de 50 años del golpe militar, Cid sostiene que el libro dialoga con debates plenamente vigentes, como la impunidad y los beneficios penitenciarios para condenados por delitos de lesa humanidad.
“La verdad es que este libro dialoga con debates que son actuales respecto de la impunidad y el posible otorgamiento de beneficios penitenciarios a condenados por delitos de lesa humanidad. Por lo tanto, estos debates, ponen de manifiesto que Chile aún no ha cerrado del todo su relación con el pasado reciente, porque estas discusiones trascienden lo jurídico y abren un debate más bien de carácter ético y político que interpela directamente al Estado y su responsabilidad, compromiso con los derechos humanos y también con la forma en que la sociedad chilena asume la gravedad de los crímenes que se cometieron durante la dictadura”, señala el autor.
Para el autor, la persistencia de estas discusiones revela una deuda pendiente de la democracia y la incapacidad del país para construir un relato mínimo común sobre la defensa irrestricta de los derechos humanos.
“Yo creo que el hecho de que estos temas sigan siendo objeto de controversia el día revela que la memoria continúa en disputa y que la impunidad, ya sea explícita o encubierta, persiste como una deuda pendiente de la democracia”, asegura.
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