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Smiljan Radić, Premio Pritzker 2026: “La arquitectura en nuestro país parece caminar huérfana” CULTURA

Smiljan Radić, Premio Pritzker 2026: “La arquitectura en nuestro país parece caminar huérfana”

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Emilia Aparicio Ulloa
Por : Emilia Aparicio Ulloa Periodista El Mostrador
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“Fue una gran sorpresa para todos, creo”, comenta a El Mostrador, tras haber ganado el importante galardón, conocido como el “Nobel” de la arquitectura.


Aunque se dio a conocer el jueves pasado, el arquitecto Smiljan Radić supo a mediados de enero que había sido elegido como el 55° laureado con el Premio Pritzker de arquitectura. El galardón, que hace diez años se llevó Alejandro Aravena, es conocido como la máxima distinción en el área.

“Fue una gran sorpresa para todos, creo”, comenta a El Mostrador.

El jurado definió los trabajos del arquitecto como una obra que se sitúa en la encrucijada de la incertidumbre, la experimentación material y la memoria cultural. Es difícil hablar de una sola obra cuando la variedad de proyectos que ha desarrollado a lo largo de su carrera demuestra un importante interés por el entorno y sus materiales. Durante más de 30 años de carrera ha diseñado instituciones cívicas y culturales, edificios comerciales, residencias privadas y estructuras temporales.

El anuncio del reconocimiento a la carrera del arquitecto ha generado una amplia discusión sobre su obra y el desarrollo de la arquitectura en el país. Por estos días se lee en redes sociales y columnas de opinión que Chile ya no es solo país de poetas sino que también de arquitectos, sin embargo, Radić no comparte la misma visión.

“Creo que este país lo hemos construido a saltos. Y son estos saltos los que nos mantienen ocupados. En los últimos debates políticos fueron excluidas por parte de los candidatos la palabra educación y cultura. Así estamos. Son los tiempos que corren”, manifiesta.

En ese sentido, considera que no existe una vocación particular por la arquitectura en el país, “basta ver nuestras ciudades. No se nos puede ocurrir compararnos con la realidad portuguesa, por ejemplo”, sostiene.

En Chile, entre sus trabajos más reconocidos, se encuentran el Teatro Regional del Biobío, la renovación del Museo Chileno de Arte Precolombino de Santiago de Chile, el Centro Cívico de Concepción, el centro NAVE, la Viña Vik, entre otros.

Aunque también hace varios años construye por el mundo, habiendo estado a cargo del Pabellón Serpentine Gallery (2014), la tienda para Alexander McQueen (2018), ambos en Londres. En tanto, en 2013 participó en el proyecto BUS:STOP Krumbach en Krumbach, Austria.

Ahora, relata que está trabajando en edificios de exposiciones gigantes para la FIRA en Barcelona. “Una pequeña muestra en Logroño (España) donde llevaremos un circo pobre chileno en el cual se proyectará el filme de Joris Ivens de 1963, El circo más pequeño del mundo. Unas casas en Suiza y otra cerca de Londres, un hotel en Barcelona. En Chile, nada de nada”.

Desde Chile para el mundo

El periódico The New York Times lo definió como “un rockstar entre los arquitectos”, pero sus inicios están en Santiago de Chile en una familia de migrantes. Su padre era croata y su madre de Reino Unido. Estudió arquitectura en la Universidad Católica de Chile, donde reprobó su primer intento en el examen final, previo a graduarse en 1989. Esta situación lo llevó a estudiar historia en el Istituto Universitario di Architettura di Venezia.

En 2017, dio vida a la Fundación de Arquitectura Frágil, con sede en su estudio en Santiago de Chile, con el objetivo de apoyar la arquitectura experimental que desafía las grandes fronteras.

“Nunca he querido transformarme en un arquitecto especialista en algún material o con una firma formal determinada. Siempre he tratado de evitar el aburrimiento que producen las generalizaciones en la profesión. Casi todo se resuelve caso a caso de la mejor manera posible”, explica.
Radic comenta que el trabajo siempre comienza a través de los objetos. “Creemos que en las cosas habitan las ideas”, sostiene.

Créditos Smiljan Radić

Una de las grandes colaboradoras del arquitecto es su esposa, la artista y escultora Marcela Correa. Ambos comparten un trabajo a partir de materiales brutos. Se conocieron mientras eran estudiantes. Correa le pidió que le diseñara su estudio y finalmente se casaron. Juntos diseñaron su primera casa, Casa Chica, en 1997.
Ese primer proyecto fue solo el inicio de una continuidad de obras que están guiadas por la reflexión de las cosas, la observación del entorno y los materiales. Sin embargo, a lo largo de su carrera dice que nunca se detiene a revisar su propio trabajo.
“Creo que me pueden quedar 10 años con la cabeza sana. Es poco tiempo para parar y mirar lo que se ha hecho”, asegura.
Al preguntarle por el rol de los arquitectos y su incidencia en la escena pública, dice que tienen “poca o nada”.
“A mi modo de ver, desde hace décadas, la arquitectura en nuestro país parece caminar huérfana, desvinculada tanto de su propio debate disciplinar como de un compromiso político efectivo, crítico y estructural. En ocasiones, ha buscado refugio en obras que promueven una pobre relación con un arte meramente decorativo; o bien se ha disuelto en un discurso expansivo que, malinterpretando los manifiestos de los años sesenta, sostiene que ‘todo es arquitectura’. Esto ha producido el vaciamiento de la especificidad de la disciplina. Sin embargo, esta posición liminal también ofrece una posibilidad fértil: la de recuperar –en parte, al menos– una cierta arquitectura construida como práctica crítica”, reflexiona.
En ese sentido, recalca que “algunos pocos buenos arquitectos –como Alejandro Aravena– tienen la capacidad instalada en su oficina para mejorar las viviendas sociales dentro de la dura burocracia del Estado. Para mí, por ejemplo, sería imposible responder de buena manera a esos encargos en los plazos asignados por el Estado”.

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