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Explorando la bóveda de los recuerdos: un viaje a la memoria infantil CULTURA|CIENCIA

Explorando la bóveda de los recuerdos: un viaje a la memoria infantil

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Aunque estos recuerdos no persisten necesariamente en la memoria adulta, el hallazgo de que el cerebro ya es capaz de generarlos invita a repensar la infancia no como un período vacío de memoria, sino como una etapa de formación activa de los cimientos sobre los cuales se construirá la identidad.


Nuestros recuerdos son una de las partes más importantes de lo que somos, definen nuestra forma de actuar, de relacionarnos con los demás y de ver el mundo en general. Si uno se hace la pregunta, ¿cuál es mi recuerdo más temprano?, probablemente vengan a la mente jugar con los amigos, el primer cumpleaños o viajes con la familia. Pero si se hace el esfuerzo tratando de llegar más atrás en la bóveda de los recuerdos, uno se encuentra con una muralla: hay un cierto punto en el tiempo tras el cual ya no se puede recordar. Esto se hace aún más evidente cuando escuchamos historias que nuestros padres nos cuentan sobre cosas que nos ocurrieron de bebés, pero de las cuales no tenemos ningún recuerdo.

Este fenómeno se conoce como amnesia infantil, y corresponde a la incapacidad de las personas adultas de recordar eventos de la infancia temprana, en general de los primeros dos a tres años de vida. La razón por la que se produce esta amnesia es una pregunta que la neurociencia ha intentado responder en las últimas décadas. Existen en general dos hipótesis: que sea un problema de desarrollo del circuito encargado de guardar los recuerdos, o un problema del circuito encargado de recuperarlos. La gran dificultad a la que se enfrenta la neurociencia frente a esta problemática es la necesidad de estudiar la memoria en bebés, lo cual presenta un conjunto de desafíos únicos. La investigación científica sobre la memoria ha dependido históricamente de informes verbales o pruebas explícitas de recuerdo, herramientas que no son aplicables en los bebés pequeños, ya que al no dominar el lenguaje no pueden responder preguntas ni seguir instrucciones.

Un equipo de investigadores de las universidades de Columbia y Yale en Estados Unidos decidieron enfrentar estas dificultades y buscar la respuesta a esta interrogante, estudiando el funcionamiento del cerebro mediante la resonancia magnética funcional. Esta técnica consiste en utilizar campos magnéticos intensos para detectar las variaciones en el flujo de sangre en distintas áreas del cerebro, que se condice directamente con el consumo de energía y nivel de actividad. Es un método no invasivo y puede aplicarse sin anestesia ni procedimientos agresivos.

Pero realizar este tipo de examen en lactantes corresponde a una tarea de gran dificultad, ya que incluso en adultos puede resultar complejo: La parte del resonador magnético en que va la persona es un tubo pequeño que puede fácilmente inducir claustrofobia, lo que sumado al sonido intenso y pulsante que se produce cuando el metal del que está hecho interactúa con el campo magnético que genera, no resulta una experiencia para nada amena en la mayoría de los casos. Si a esto le sumamos que lo ideal es que la persona esté completamente quieta para mejorar la calidad de las mediciones, es fácil concluir que hacer este tipo de pruebas es imposible en un bebé.

Pero, en contra de lo que podría pensarse, ya han existido intentos exitosos de realizar resonancia magnética funcional en bebés.  Combinando estas experiencias previas, los investigadores del presente estudio desarrollaron un protocolo con varias modificaciones interesantes respecto a lo que experimentaría un adulto. El primer paso involucraba una entrevista con los padres del lactante, en la cuál se realizaba una orientación general, explicando los detalles del procedimiento y los pasos a seguir, y además se le permitía al bebé familiarizarse con el equipamiento y el lugar en que se desarrollaría la prueba. Posteriormente se coordinaba con los padres para agendar el experimento en un día y hora en que el lactante normalmente se encuentre despierto y activo. El día de la prueba se utilizaban tres capas de aislamiento para el oído, y se permitía que los padres estuviesen presentes durante todo el proceso, para que pudiesen hablarle al bebé, además de permitirle utilizar mantas, chupetes y cualquier otro objeto que lo ayudara a estar tranquilo. A esto se sumaba una almohada inflable para limitar los movimientos lo más posible sin incomodar.

Si en cualquier momento el bebé se mostraba inquieto o molesto, se interrumpía el experimento, el bebé era removido del resonador y se entregaba a sus padres. Con todas estas medidas los investigadores señalan que se pudo obtener registros de buena calidad, manteniéndose los bebés tranquilos a tal punto de que algunos se mostraron cómodos con los sonidos y vibraciones del resonador, enojándose cuando el experimento terminaba y llegaba el momento de salir.

El protocolo experimental consistió en proyectar imágenes utilizando un sistema de espejos que las reflejaba en el techo del resonador. Esto permitía tanto mostrar los estímulos como monitorear la expresión facial del bebé y saber cuál era su estado durante el procedimiento. Las imágenes eran de tres tipos, caras, objetos y paisajes, y se proyectaban en intervalos de 2 a 6 segundos. Después de una serie de imágenes aisladas, y de un tiempo de espera de alrededor de 1 minuto, el bebé tenía que observar dos imágenes, una de las cuales ya había sido mostrada y otra nueva, para probar si recordaba. El parámetro que se midió fue el tiempo que el lactante miraba cada imagen, ya que si existía algún tipo de recuerdo se esperaba que mirase por más tiempo la imagen antigua, un fenómeno llamado preferencia por lo familiar.

Al tomar todas las pruebas realizadas, los resultados iniciales mostraron que en promedio los lactantes no mostraban una preferencia ni por la imagen antigua ni por la nueva, lo que se mantuvo al agruparlos por edad. Considerando que existía una mezcla de pruebas exitosas y fallidas, el enfoque pasó a determinar si existió alguna diferencia en la actividad cerebral en las pruebas donde el bebé sí prefirió mirar la imagen familiar, es decir, aquellas en que hubo un recuerdo. En esta segunda medición efectivamente se observó un aumento de la actividad en las pruebas en que posteriormente el bebé había prestado mayor atención a la imagen familiar. Este efecto era más notorio en la parte posterior del hipocampo, una zona del cerebro que en adultos está asociada a la codificación de los recuerdos episódicos, los que corresponden a la llamada memoria autobiográfica, es decir, recuerdos complejos de nuestra vida, con detalles del momento, el lugar y las emociones.

La siguiente pregunta fue si existía una diferencia entre los bebés de mayor edad comparados a los más jóvenes, lo que podría estar asociado a un proceso de maduración del hipocampo según la edad. Para ello separaron a los lactantes en dos grupos, los mayores de 12 meses y los menores. Los investigadores observaron una actividad mayor en el hipocampo de los lactantes mayores, lo que se asociaba con una correlación directa entre la edad y la actividad del hipocampo, a mayor edad, mayor actividad. Esto se observaba en el hipocampo completo, y con mayor intensidad en el posterior, como se había visto anteriormente.

Finalmente se estudió si el aumento de la actividad en el hipocampo se asociaba a la activación de otras áreas del cerebro asociadas a la codificación y reconocimiento de las imágenes observadas. Estas fueron el área fusiforme, asociada al reconocimiento de caras, la corteza occipital lateral, asociada al reconocimiento de objetos y el área parahipocampal, asociada al reconocimiento de lugares. Las tres áreas mostraron una actividad aumentada durante las tareas de recuerdo de imágenes, sin diferencias según la edad de los bebés, lo que indica que estas áreas trabajan indistintamente de la edad. Un resultado interesante es que a diferencia de lo que podría esperarse, que las caras generasen la mayor respuesta a nivel cerebral, fueron los objetos los que generaron respuestas más intensas, quedando las caras en tercer lugar. De todos modos, los investigadores advierten que estos datos al ser tan subdivididos están al límite de las herramientas estadísticas y deben interpretarse con cuidado.

En resumen, los resultados del estudio muestran que existe un aumento de actividad en el hipocampo de los lactantes cuando graban recuerdos en la memoria y que pueden ocupar esos recuerdos para discriminar entre imágenes conocidas y desconocidas. Sin embargo, esto no ocurre en todos los casos, y la tasa de éxito y nivel de actividad del hipocampo dependen de la edad y aumentan progresivamente con ella. La evidencia previa muestra que el circuito dentro del hipocampo encargado de grabar los recuerdos más complejos madura alrededor del año de edad, lo que coincide con el punto de corte observado en este estudio. Esto indica que previo al año, la hipótesis respecto a la amnesia infantil que cobra fuerza es la del problema de maduración, pero deja abierta la interrogante: ¿Qué ocurre después del año, si los recuerdos ya se codifican pero aún no los recordamos años más tarde? 

Este estudio ofrece una valiosa ventana al funcionamiento temprano de la memoria en el cerebro humano, demostrando que, incluso desde el primer año de vida, los bebés ya muestran signos de codificación de recuerdos. Aunque estos recuerdos no persisten necesariamente en la memoria adulta, el hallazgo de que el cerebro ya es capaz de generarlos invita a repensar la infancia no como un período vacío de memoria, sino como una etapa de formación activa de los cimientos sobre los cuales se construirá nuestra identidad futura.

Artículo original: “Hippocampal encoding of memories in human infants”

*Este artículo surge del convenio con el Centro Interdisciplinario de Neurociencia de la Universidad de Valparaíso (CINV).

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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