CULTURA|OPINIÓN
Crédito: EFE
Ha muerto Béla Tarr
Tal vez por eso duele tanto su partida. Porque no solo se va un hombre. Se va una forma de compromiso artístico que ya casi no existe. Se va alguien que decidió, con radical honestidad, dejar de filmar cuando sintió que ya no tenía nada más que decir. Ese gesto, hoy, resulta casi inconcebible.
Y aunque los obituarios dirán que se fue un cineasta húngaro, un autor radical, una figura imprescindible de la historia del cine, lo que verdaderamente ha muerto hoy es algo más difícil de nombrar: una manera de mirar el mundo sin apuro, sin concesiones, sin promesas falsas. Con él se va una ética de la imagen. Una forma de habitar el tiempo.
No escribo estas líneas como crítico ni como historiador del cine. Las escribo como alguien que fue profundamente transformado por su obra. Como alguien que entendió, viendo sus películas, que el cine podía ser otra cosa: no entretenimiento, no relato, no industria, sino experiencia. Presencia. Duración. Peso.
Béla Tarr filmó el tiempo cuando el tiempo dejó de importarnos.
Filmó la espera cuando el mundo decidió que esperar era un error.
Filmó cuerpos cansados, pueblos exhaustos, almas erosionadas por la historia, justo cuando el cine comenzó a obsesionarse con héroes, giros narrativos y finales reconfortantes.
Hoy, con su muerte, no solo perdemos a un director. Perdemos a uno de los últimos guardianes de una idea del cine como arte mayor, como acto moral. Perdemos a alguien que se negó, hasta el final, a convertir el dolor humano en espectáculo.
Sus planos largos no eran un capricho estético. Eran una postura frente a la vida. Nos obligaban a quedarnos. A no mirar hacia otro lado. A no escapar. En un mundo que acelera, que corta, que resume, Tarr insistía: mira. Quédate. Acompaña. Siente el peso de existir.
En “Sátántangó”, en “Las armonías de Werckmeister”, en “El caballo de Turín”, no hay consuelo ni redención. Pero hay verdad. Una verdad incómoda, lenta, opaca, profundamente humana. Sus personajes no son símbolos: son restos. Son sobrevivientes de sistemas que ya no funcionan, de promesas que nunca llegaron, de ideologías que fracasaron dejando solo barro, frío y viento.
Lo que hemos perdido como humanidad con la muerte de Béla Tarr es la posibilidad —cada vez más rara— de que el arte nos exija algo.
Que no nos seduzca.
Que no nos distraiga.
Que no nos tranquilice.
Su cine no pedía que lo entendiéramos. Pedía que lo soportáramos. Y en esa resistencia, algo se abría. Algo se revelaba. Tal vez no una idea, sino una sensación profunda: la conciencia de estar vivos en un mundo que se desmorona lentamente.
Tarr entendió, como pocos, que el verdadero drama no está en la acción sino en la inercia. No en el acontecimiento, sino en la repetición. No en el grito, sino en el silencio que queda después. Por eso su cine resulta hoy tan difícil. Porque vivimos en una época que no tolera el silencio, que no acepta el vacío, que huye del tedio como si fuera una enfermedad.
Pero el tedio, en su cine, era político.
La lentitud, una forma de resistencia.
La oscuridad, una forma de lucidez.
Con su muerte se cierra una generación irrepetible: la de los cineastas que creían que una película podía cambiar no el mundo, sino la forma en que miramos el mundo. Y eso es mucho más profundo. Hoy el cine parece cada vez más un contenido, una mercancía, un flujo incesante de imágenes diseñadas para ser olvidadas.
Béla Tarr filmó para que no olvidáramos.
Para que cargáramos con lo visto.
Para que saliéramos de la sala un poco más cansados, un poco más lúcidos, un poco más solos.
Tal vez por eso duele tanto su partida. Porque no solo se va un hombre. Se va una forma de compromiso artístico que ya casi no existe. Se va alguien que decidió, con radical honestidad, dejar de filmar cuando sintió que ya no tenía nada más que decir. Ese gesto, hoy, resulta casi inconcebible.
Nos queda su obra, sí.
Pero también nos queda la intemperie que deja su ausencia.
Hoy el mundo es un poco más ruidoso, un poco más rápido, un poco más superficial.
Y el silencio espeso, oscuro y digno del cine de Béla Tarr se vuelve, paradójicamente, aún más necesario.
Descansa en ese tiempo infinito que siempre supiste filmar.
Nosotros, aquí, seguimos aprendiendo —con dificultad— a mirar.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.