CULTURA|OPINIÓN
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Rapa Nui en el continente: la otra mitad de la isla
La cultura rapa nui es demográficamente pequeña, pero simbólicamente poderosa. No es la más numerosa del país, pero ha logrado, pese a los desencuentros históricos, instalarse en el imaginario colectivo como parte constitutiva de la cultura nacional.
Cada verano, miles de chilenos viajan a Rapa Nui atraídos por sus paisajes, sus moai y una cultura que despierta fascinación global. El turismo abre una puerta legítima al encuentro cultural, pero también deja al descubierto una paradoja persistente: mientras admiramos la isla como destino exótico, solemos olvidar que Rapa Nui no es solo un lugar al que se viaja, sino un pueblo que hoy vive mayoritariamente fuera de su territorio insular.
Rapa Nui es parte de Chile, aunque no siempre Chile ha sido Rapa Nui. La relación entre la isla y el Estado chileno ha sido históricamente compleja, marcada por tensiones, asimetrías y desencuentros. Sin embargo, esa vinculación no fue accidental. A fines del siglo XIX, frente a la presión de potencias extranjeras interesadas en la isla, el ariki de la época, Atamu Tekena, optó por establecer un vínculo político con Chile, entendiendo que la supervivencia material de la isla requería el respaldo de un Estado aliado. La insularidad absoluta no era, en ese contexto, una opción viable.
Ese vínculo, no obstante, derivó en uno de los capítulos más oscuros de la historia republicana. La conversión de Rapa Nui en una hacienda ganadera administrada por intereses privados, el confinamiento forzado de su población en condiciones miserables y la pérdida de control sobre su propio territorio marcaron profundamente al pueblo rapa nui. A comienzos del siglo XX, la población estuvo al borde de la extinción demográfica, reducida a poco más de un centenar de personas. La dominación colonial interna operó -como señalaría Michel Foucault- no solo sobre los cuerpos, sino también sobre los espacios y los modos de vida: se prohibieron la lengua y las costumbres, se produjeron saqueos, esclavitud, enfermedades y hambrunas. Un episodio triste y oscuro cuyas huellas aún buscan ser reparadas.
Y, sin embargo, la cultura resistió. Contra todo pronóstico, el pueblo rapa nui logró reemerger a través de la recuperación de su lengua, sus saberes, su música y su danza. La historia reciente de Rapa Nui confirma lo que sostuvo el antropólogo Marshall Sahlins: las culturas no son estructuras rígidas que colapsan ante el contacto, sino sistemas vivos capaces de reinterpretar la modernidad desde sus propios marcos simbólicos.
Hoy, esa cultura vibrante invita a ser conocida, pero ya no solo desde la isla. Los datos oficiales lo confirman con claridad. Según cifras del Instituto Nacional de Estadísticas, la población rapa nui asciende actualmente a 6.659 personas, de las cuales 2.579 residen en la isla y 4.080 habitan en el continente. Es decir, el 61 % del pueblo rapa nui vive hoy fuera de Rapa Nui, principalmente en la Región Metropolitana y otras ciudades del país.
Este dato no es menor. Desde una perspectiva sociológica, estamos frente a un fenómeno de diáspora interna, donde la identidad se reconstruye lejos del territorio originario. Como señaló Stuart Hall, la identidad no es una esencia fija, sino un proceso relacional e históricamente situado. En el caso rapa nui, esto implica una distinción fundamental: no se trata de población migrante, sino de un pueblo originario preexistente al Estado, cuyo desplazamiento dentro del país no puede leerse como extranjería cultural. El derecho internacional —a través de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y el Convenio 169 de la OIT— reconoce que los pueblos indígenas pueden ejercer, transmitir y revitalizar su cultura tanto dentro como fuera de su territorio ancestral. Por ello, la cultura rapa nui en el continente no es folclor tolerado ni espectáculo ocasional, sino práctica viva y derecho colectivo. La ciudad no rompe la identidad: la reconfigura. Tratar a los pueblos originarios urbanos como inmigrantes borra su condición histórica y sustituye el reconocimiento por exigencias de adaptación cultural. En síntesis, la cultura no se traslada: viaja con el pueblo.
La interdependencia territorial es un hecho. Rapa Nui no puede existir materialmente sin vínculos continentales, pero Chile tampoco puede comprenderse plenamente sin reconocer que posee una puerta directa hacia la Polinesia, una condición excepcional en América Latina. Francia la tiene con la Polinesia Francesa; Estados Unidos con Hawái; Nueva Zelanda con sus pueblos maoríes; incluso el Reino Unido mantiene vínculos históricos con territorios polinésicos. Chile, sin embargo, aún no asume del todo esta posición estratégica y cultural.
Desde esta perspectiva, el desafío del Estado no es solo administrativo, sino profundamente cultural. Promover la lengua rapa nui, generar espacios de intercambio en el continente, apoyar centros culturales, educación intercultural y políticas urbanas sensibles a la diáspora no es un gesto simbólico: es una forma concreta de evitar la folklorización y permitir que la cultura se proyecte como un saber vivo. Como advertía Max Weber, la modernidad tiende al “desencantamiento del mundo”; sostener culturas vivas es, en ese contexto, una forma de reencantamiento colectivo.
A ello se suma una dimensión histórica aún abierta. Diversas investigaciones arqueológicas, lingüísticas y genéticas continúan explorando la posibilidad de contactos prehispánicos entre Rapa Nui y Sudamérica, hipótesis que refuerzan la idea de una cultura navegante capaz de articular vastos territorios oceánicos. Más allá de las certezas científicas, lo relevante es el imaginario que se activa: Rapa Nui no es un apéndice aislado, sino parte de una red cultural mucho más amplia.
La cultura rapa nui es demográficamente pequeña, pero simbólicamente poderosa. No es la más numerosa del país, pero ha logrado, pese a los desencuentros históricos, instalarse en el imaginario colectivo como parte constitutiva de la cultura nacional. Reconocer que la mayoría de su pueblo vive hoy en el continente no debilita a la isla: la amplía. El desafío es si Chile estará dispuesto a estar a la altura de esa realidad.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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