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“Marty supreme”: la ambición patológica de un juego de Ping-pong

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“Marty Supreme” es una experiencia desbordante que confirma a Josh Safdie como una de las voces más singulares del cine independiente estadounidense y reafirma a Timothée Chalamet como un intérprete versátil. Una película que mantiene al espectador en constante alerta y tensión.


La trayectoria de los hermanos Safdie encuentra sus raíces en el subgénero “mumblecore” (bajo presupuesto, guiones improvisados, diálogos naturales) con Daddy Longlegs, una ópera prima de realismo áspero y autobiográfica. Posteriormente, con Heaven Knows What, profundizaron en una estética de crudeza casi documental, explorando los márgenes sociales y la adicción con una mirada incómoda y visceral. Sin embargo, fue Good Time la obra que los catapultó definitivamente al reconocimiento internacional: un thriller urbano frenético que cristalizó el estilo que los definiría desde entonces, marcado por la ansiedad, el caos y una puesta en escena asfixiante. Esa misma energía se prolongó en Uncut Gems, éxito tanto de crítica como comercial, que consolidó a los Safdie como una dupla autoral irrepetible dentro del panorama contemporáneo.

El año 2025 marca la disolución creativa de los hermanos y el inicio de sus trayectorias en solitario. Benny Safdie estrenó The Smashing Machine, una biopic deportiva protagonizada por Dwayne Johnson y Emily Blunt que, si bien no resulta fallida, se percibe convencional y carente del nervio que caracterizaba sus trabajos previos. Josh Safdie, en cambio, regresa con Marty Supreme, una biografía deportiva radicalmente distinta, centrada en la figura del jugador de ping-pong Marty Reisman. El contraste es revelador: mientras Benny opta por una estructura clásica y domesticada, Josh recupera la esencia más pura del cine Safdie, aquella que incomoda, acelera y abruma. Más allá de las polémicas que rodearon la separación, el film parece sugerir que Josh era, en buena medida, la mente maestra del proyecto creativo compartido.

Inspirada libremente en la vida de Reisman, la película retrata tanto el fulgor como la decadencia de un buscavidas convertido en campeón de Ping-pong. Desde sus inicios, jugando por apuestas en Manhattan hasta más tarde convertirse en una leyenda del tenis de mesa. Marty Supreme rehúye del relato edificante para adentrarse en una anatomía de la obsesión.

En términos formales, la película se inscribe en la estela de After Hours de Martin Scorsese (influencia explícita ya presente en Good Time y Uncut Gems). Ambas obras comparten una estructura de “bola de nieve” narrativa y una concepción de Nueva York como un laberinto urbano hostil, donde el azar y la ansiedad gobiernan el destino de los personajes. El resultado es una tragicomedia electrizante, delirante por momentos, que convierte el caos en lenguaje cinematográfico.

Más allá de su envoltorio frenético, Marty Supreme reflexiona sobre la ambición, el fracaso y la obsesión como motor vital y, al mismo tiempo, como condena. La película propone una reinvención perversa del Sueño Americano: el ascenso social no aparece como recompensa moral, sino como validación de un sistema que glorifica la individualidad extrema. La ambición no es aquí una virtud, sino una patología. Marty sacrifica cualquier posibilidad de estabilidad emocional en nombre de la gloria y el film diagnostica una sociedad en la que el éxito equivale a la autodestrucción.

En este sentido, la obra se distancia radicalmente de la biopic deportiva tradicional. A diferencia de relatos inspiracionales como Cinderella Man, The Blind Side o King Richard, Marty Supreme no busca complacer al espectador, sino inquietarlo. Se emparenta más bien con títulos como I, Tonya, funcionando como una autopsia del Sueño Americano desde sus márgenes. Tanto Tonya Harding como Marty Reisman son antihéroes incómodos, figuras difíciles de admirar, cuya ambición opera como un mecanismo de supervivencia más que como una aspiración noble. Ganar no es un objetivo: es una necesidad existencial.

Timothée Chalamet ofrece aquí, probablemente, la interpretación más compleja y arriesgada de su carrera. Supera incluso trabajos ampliamente celebrados como Call Me by Your Name, Boy Erased o A complete unknown. Construye un personaje encantador por momentos, pero esencialmente detestable: un perdedor carismático, arrogante y permanentemente al borde del colapso. Safdie no busca un retrato biográfico literal, sino capturar la vibración interna de un hombre que se autodenominaba “el showman del tenis de mesa”. Chalamet encarna esa energía no como pasión, sino como pánico: si deja de ganar, se convierte en un hombre común en Estados Unidos de los años 50, y para alguien con su ego, eso equivale a una muerte simbólica.

Las interpretaciones femeninas de Odessa A’zion y Gwyneth Paltrow aportan capas esenciales a la radiografía de este narcisismo demoledor. A ello se suman sorprendentes apariciones en roles secundarios, como las del rapero Tyler, The Creator y el cineasta Abel Ferrara, este último en un guiño autorreferencial que remite a los orígenes de los Safdie, ya que el director neoyorquino tiene un papel en la ópera prima de los hermanos.

Marty Supreme es la producción más ambiciosa y costosa de A24, y también la más taquillera del estudio. Sus nueve nominaciones al Oscar (incluyendo mejor película, dirección, actor, guion original y montaje) resultan llamativas para una obra tan radical en su propuesta estética y temática. Aunque es probable que solo se alce con el premio a mejor actor, el reconocimiento ya la consagra como una anomalía dentro del cine industrial contemporáneo.

Finalmente, Josh Safdie utiliza el ping-pong no solo como un deporte, sino como una poderosa metáfora de la ansiedad geopolítica y cultural de los años cincuenta. La velocidad frenética del juego refleja el nerviosismo de una sociedad consciente de que cualquier error mínimo podía escalar hasta una “catástrofe nuclear”. No hay descanso en la mesa, del mismo modo que no lo había en la carrera armamentista. En el universo de Marty, nada es puro: todo se convierte en mercancía, transacción o espectáculo. Incluso el talento es capital explotable, desde Estados Unidos hacia el extranjero. Marty Supreme se consolida así como una de las películas del año: una sobredosis de cine en estado puro que deja en evidencia qué hermano heredó la mayor cuota de talento autoral.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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