“Toxic” de Saule Bliuvaite: donde la barbarie y la bondad se enfrentan palmo a palmo
Se sitúa en la periferia de una ciudad industrial algo apagada y gris, casi lúgubre, con dos niñas sin mayores perspectivas de futuro y en el límite del abandono parental. Digo ‘niñas’ porque eso es lo que son, más allá de que los golpes de la vida les hicieran perder la inocencia hace un buen rato.
Un país como Lituania puede parecer algo lejano, difícil de asir o siquiera mínimamente describir, pero la historia que nos cuenta el debut fílmico de la directora Saule Bliuvaite (31) resulta peculiarmente familiar.
Se sitúa en la periferia de una ciudad industrial algo apagada y gris, casi lúgubre, con dos niñas sin mayores perspectivas de futuro y en el límite del abandono parental. Digo ‘niñas’ porque eso es lo que son, más allá de que los golpes de la vida les hicieran perder la inocencia hace un buen rato. Tienen unos trece años apenas, pero todo lo que se respira es desaliento y oscuridad, aunque no por ello sin destellos de humanidad y algunas dosis de humor.
En ese entorno es que ellas inician una agridulce, pero enternecedora relación de amistad, en unas circunstancias de vida no muy diferentes a las que podemos encontrar en algunas infortunadas localidades chilenas o latinoamericanas. Estamos en uno de esos numerosos sitios dejados a su suerte tras el colapso de la Unión Soviética, con la reminiscencia permanente de las estructuras y edificios de esa era. Un lugar tristemente encapsulado en tiempos pretéritos.
La primera de ellas es Marija (Vesta Matulyte), quien ha llegado a vivir con su abuela después de que su madre para allá la mandara, buscando tener “espacio” para “solucionar sus problemas amorosos”. Tiene una leve cojera y en su nueva escuela es prontamente víctima de bullying. La segunda es Kristina (Ieva Ripeikaite), quien aburrida de su soledad y del sinsentido, únicamente muestra algún interés en conseguir alcohol, fumar cigarrillos o ponerse un piercing en la lengua. Y en bajar obsesivamente de peso, más allá de que más flaca no puede estar.
Su amistad se inicia quizás torpemente, como una forma de apoyo mutuo en medio de la vulnerabilidad, después de que Kristina le roba sus jeans a Marija en los camarines de la piscina del lugar, sólo para que luego Marija la descubra y enfrente en una pelea en la calle, tras la cual de alguna manera su relación deriva en afecto. Quizás simplemente Kristina advierte que, si bien es tímida, Marija también es alta y guapa, guapa en el sentido de como las modelos de la moda lo son. Cumple con los cánones hegemónicos de belleza y eso le atrae.
Ambas responden a un aviso para una supuesta agencia de modelos que promete poder llevarlas a las pasarelas del mundo y sacarlas de esa podredumbre, aunque son conminadas a que previamente paguen una serie de costos: para las sesiones de fotos y otras tarifas no claramente especificadas que las distintas aspirantes o sus padres deben diligentemente solventar.
En ese escenario de alienación, Kristina coqueteará con la bulimia y la anorexia y llegará a comprar e ingerir un huevo de gusano en el mercado negro, una suerte de lombriz solitaria que solucionará todos sus problemas de acuerdo con lo que investigó en internet, pues el gusano nacerá ahí adentro y se comerá todo lo que haya por comerse. No habrá más problemas con el peso y las medidas de la cintura, entre otras pellejerías de la industria de la moda.
A su vez, las dos amigas pronto recibirán las atenciones de jóvenes bastante mayores que ellas, participando de juergas en sitios eriazos, expuestas a más alcohol, posibilidades de drogas y explotación, lo que deviene en que Kristina evalúe seriamente introducirse en el mundo de los “masajes” y la prostitución para costear los gastos de la “agencia”. Y tal vez así termine por hacerlo.
Bajo esas condiciones de vida se irá hilvanando esta historia (basada en la propia experiencia de la directora cuando era adolescente), donde la barbarie y la bondad se enfrentan palmo a palmo, donde no sabremos sino hasta el final si estas niñas se perderán en lo más oscuro de este pueblo ausente de esperanzas o si lograrán reencauzarse y volver a ser simples niñas que inocentemente juegan y se divierten como toda niña querría a esa edad. O al menos, tratarán de hacerlo.
Este prometedor debut tuvo una destacada participación en el Festival de Locarno de 2024, donde ganó el Leopardo de Oro, su máximo galardón. Estuvo también el año pasado año en Femcine (Festival Cine de Mujeres) con una función en la Cineteca Nacional, aunque sin mucha más difusión en la cartelera chilena.
Afortunadamente, hoy ya puede ser vista en la plataforma Mubi, donde nos podremos adentrar en profundas reflexiones sobre el rol de las jóvenes mujeres en un mundo donde hoy todo parece tener que ser monetizado y los límites que se cruzan para lograrlo.
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