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El otro caos de la guerra de Irán

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¡Hola! Esta semana Juego Limpio se mueve entre escalas que rara vez se conectan en una misma lectura: desde el impacto ambiental inmediato de una guerra en el corazón energético del planeta, hasta los procesos más silenciosos –pero igual de decisivos– que ocurren en el fondo del océano, en los fiordos del sur de Chile o en la decisiones políticas sorpresivas que generan incertidumbre en la institucionalidad ambiental.

  • Abrimos en Irán, donde la guerra ya tiene efectos medibles: una nube tóxica sobre Teherán tras el bombardeo de refinerías, contaminación que se deposita en suelos y aguas, y un Golfo Pérsico tensionado por ataques a petroleros y riesgo de derrames en una de las rutas energéticas más críticas del mundo. No es un daño colateral difuso, sino una transformación concreta del aire, el mar y los sistemas de agua en tiempo real.

Desde ahí, el foco se desplaza hacia el océano profundo. En la Fosa de Atacama, una expedición científica logra el registro más completo de este ecosistema extremo, revelando formas de vida que operan bajo otras reglas: organismos que resisten frío, presión y escasez con adaptaciones aún en estudio. En paralelo, otra investigación en la Patagonia advierte que los cambios ya están en curso: el retroceso de los glaciares está alterando los bosques submarinos de algas, afectando biodiversidad, captura de carbono y el equilibrio de los fiordos del sur.

  • En Chile, la atención se instala en la institucionalidad ambiental. La salida reciente de autoridades en la SMA, el SBAP y el SEA deja en suspenso una serie de convenios firmados días antes, orientados a fortalecer la fiscalización, mejorar la coordinación del sistema y ordenar el control en espacios marítimos y terrestres. A esto se suma el anuncio de relocalización de concesiones salmoneras, que reabre preguntas sobre evaluación ambiental, capacidad de carga y participación en territorios ya presionados.

En Futuro en marcha, el lente cambia de escala: el regreso de los flamencos a los humedales de Chiloé como indicador de ecosistemas aún funcionales, y una campaña en Aysén que busca reducir atropellos de huemules, evidenciando que la conservación también se juega en decisiones cotidianas.

  • Finalmente, en No te lo pierdas, se despliegan iniciativas que activan el presente: el primer Día Nacional de los Glaciares como llamado a reconocer su valor estratégico, y una ruta de cafeterías sustentables que conecta consumo y territorio en Valparaíso.

¡Listo! Hecho el resumen, ahora vamos a lo nuestro. Juego Limpio parte en 4, 3, 2, 1… ¡Arrancamos!

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La guerra invisible: el costo ambiental del conflicto en Medio Oriente

Ciertamente es un horror pensar en imágenes de guerra, de cualquier guerra. Junto con la tragedia humana, en todos los conflictos bélicos, existe además una consecuencia secundaria, ambiental, que es invisible.

Para dimensionar el alcance, pensemos en el siguiente cuadro: Teherán despertó a oscuras. No era de noche, pero el cielo se había cerrado sobre la ciudad. Una nube espesa, negra, cargada de químicos, cubría a más de 9 millones de personas después de los bombardeos a más de 30 refinerías y depósitos de petróleo. La escena parecía sacada de otra época –Kuwait en llamas en 1991–, pero ocurrió hace solo algunos días.

  • No es solo humo: son partículas que ya están entrando en sistemas de drenaje, contaminando aguas superficiales y subterráneas en una ciudad que, además, enfrenta escasez hídrica.

En paralelo, los incendios en infraestructuras petroleras no se extinguen rápido. Cada refinería alcanzada libera gases tóxicos y grandes volúmenes de CO₂, además de compuestos que permanecen en el ambiente durante semanas o meses.

Según análisis del Conflict and Environment Observatory, estos impactos se extenderán como contaminación del aire, suelo y agua en “áreas geográficas extensas”. El problema no es inmediato: es acumulativo. Lo que cae hoy sobre la ciudad puede volver a levantarse mañana en forma de polvo contaminado.

  • Pero el impacto no se queda en tierra. En el Golfo Pérsico, la guerra ya se traduce en ataques a buques y riesgo constante de derrames. Al menos 14 embarcaciones han sido atacadas desde el inicio del conflicto, varias de ellas petroleros. Cada impacto implica fugas de combustible, incendios o la posibilidad de vertidos masivos. En una de las rutas marítimas más transitadas del mundo, donde circula cerca del 20% del petróleo global, el riesgo es sistémico: no es un accidente aislado, es una amenaza permanente.

La magnitud del peligro se vuelve más clara en el estrecho de Ormuz. Allí, decenas de superpetroleros –algunas estimaciones hablan de más de 60– permanecen varados o expuestos, transportando miles de millones de litros de crudo. Un solo derrame masivo en ese punto podría afectar ecosistemas marinos clave, incluyendo arrecifes de coral y rutas migratorias de mamíferos marinos. Y ya hay precedentes recientes: un ataque cerca de Sri Lanka generó una marea negra de más de 20 kilómetros.

  • A esto se suma una vulnerabilidad menos visible, pero crítica: el agua. En los países del Golfo, más de 100 millones de personas dependen de plantas desalinizadoras para abastecerse. Estas instalaciones también están en riesgo en el conflicto. Su destrucción no solo implicaría contaminación marina, sino una crisis inmediata de acceso a agua potable en una de las regiones más áridas del planeta.

Y hay un último dato que agrava el escenario: la guerra también emite CO₂, y mucho. Los bombardeos, incendios y operaciones militares incrementan las emisiones de gases de efecto invernadero en un momento en que el mundo intenta reducirlas. Sin sistemas de reporte obligatorios, gran parte de esa huella queda fuera de los cálculos globales.

El resultado es una paradoja concreta: mientras se negocian metas climáticas, una guerra en una de las principales zonas energéticas del planeta libera toneladas de contaminantes sin supervisión.

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El banquete del abismo: lo que enseña la Fosa de Atacama

A miles de metros bajo el mar, en un territorio donde la luz no existe y el frío es permanente, la vida no desaparece: se transforma. Esa es la conclusión más sorprendente de la reciente expedición a la Fosa de Atacama, que no solo permitió observar ese mundo casi inaccesible, sino también entender que, incluso en las condiciones más extremas, los organismos encuentran formas inesperadas de sobrevivir. ¿Pero cómo se vive donde casi no hay alimento?

  • La misión, desarrollada en conjunto por el Instituto Milenio de Oceanografía y la Academia China de Ciencias, logró algo inédito: 36 inmersiones, cientos de horas de registro y un recorrido que permitió construir el retrato más completo que existe hasta ahora de este ecosistema profundo. Más que cifras, lo que emerge es una sensación: el fondo marino ya no es un vacío desconocido, sino un espacio lleno de actividad, conexiones y formas de vida que apenas comenzamos a comprender.

Entre los hallazgos hay datos que sorprenden por su simpleza: peces con sangre roja –con hemoglobina– viviendo en condiciones de frío extremo y escasez. También organismos que conservan ojos en una oscuridad total. ¿Para qué sirven esos ojos? Las respuestas aún no están claras, pero abren preguntas que tensionan lo que creíamos saber sobre adaptación.

  • Hay una escena que resume mejor que ninguna otra la lógica de ese mundo: el llamado “banquete del abismo”. En uno de los experimentos, pequeños organismos fueron capaces de comer cantidades desproporcionadas en muy poco tiempo.
  • Ejemplares de apenas 20 gramos ingirieron hasta 1,5 kilos de alimento en dos horas. No es voracidad: es estrategia. En un entorno donde la comida llega de manera impredecible, aprovechar al máximo cada oportunidad puede marcar la diferencia entre vivir o no.

La comparación es brutal pero clara: sería como si una persona comiera la mitad de su propio peso de una sola vez. ¿Qué ocurre después en esos cuerpos? Los investigadores hipotetizan que existen adaptaciones aún poco conocidas: sistemas digestivos capaces de expandirse, metabolizar rápido y almacenar energía para largos periodos de escasez.

Lo claro es que en el fondo del océano la vida no sigue ritmos estables y se organiza en torno a lo inesperado.

Pero quizás lo más importante no es solo lo que se descubrió, sino lo que se abre: una nueva forma de mirar el océano profundo.

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Antes del remezón ambiental: los convenios que sellaron SMA y SBAP

En pocos días, la institucionalidad ambiental chilena cambió de rostro. La salida de las máximas autoridades de la Superintendencia del Medio Ambiente (SMA), del Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP) y del Servicio de Evaluación Ambiental (SEA) instaló un escenario de incertidumbre en uno de los momentos más sensibles para la política ambiental del país. No se trata solo de nombres: son organismos clave para fiscalizar, evaluar y proteger.

  • Las tres instituciones cumplen funciones que muchas veces tensionan intereses económicos, territoriales y políticos. La SMA fiscaliza y sanciona, el SEA evalúa proyectos de inversión y el SBAP –recién en marcha– debía convertirse en el eje de la protección de la biodiversidad. La remoción simultánea de sus liderazgos abre una pregunta inevitable: ¿se trata de un ajuste administrativo o de una señal sobre el rumbo que tomará la gestión ambiental en los próximos años? Esa pregunta ronda el ambiente.

Lo que vuelve más complejo aun este escenario es el momento en que ocurre. Días antes de ser removidas, estas mismas autoridades estaban firmando acuerdos que apuntaban a reforzar la fiscalización y la coordinación del sistema ambiental. No eran gestos simbólicos, sino movimientos estructurales.

  • La SMA había reforzado su rol en zonas críticas como Concón, Quintero y Puchuncaví, con nuevas plataformas de monitoreo en tiempo real y reportes técnicos que apuntaban a fortalecer la vigilancia sobre contaminantes complejos. En paralelo, avanzaba en acuerdos de coordinación con otros organismos del Estado para mejorar la fiscalización en distintos frentes.
  • Uno de esos pasos fue el convenio firmado entre la SMA y DIRECTEMAR, orientado a fortalecer la fiscalización ambiental en espacios marítimos. El acuerdo establecía protocolos comunes, intercambio de información y una coordinación más estrecha frente a riesgos en el medio marino. En un país con más de 4 mil kilómetros de costa, no era un detalle menor: implicaba ordenar cómo se vigilan actividades que muchas veces quedan fuera del radar público.
  • A esto se sumó el acuerdo entre la SMA y el SBAP, firmado en paralelo al inicio de operaciones del nuevo servicio. El convenio buscaba algo estructural: integrar capacidades, compartir datos y construir una fiscalización más coherente entre biodiversidad y cumplimiento ambiental. Era, en los hechos, un intento por conectar dos piezas que históricamente han operado de forma fragmentada. Su valor estaba precisamente en esa promesa de articulación.

Estos movimientos, propios o no de una administración que se instala, ocurren inmediatamente después que el Gobierno de José Antonio Kast anunciara el plan para destrabar 51 proyectos de inversión, que se encuentran en tramitación ambiental.

De manera paralela, el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, anunció, además, la reubicación de más de 200 concesiones salmoneras para impulsar inversiones y posicionar a Chile como líder del sector, una medida que, sin embargo, abre dudas sobre si se presentarán estudios de impacto ambiental, la evaluación de los nuevos sitios y la participación ciudadana.

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Bosques bajo presión: lo que los fiordos de la Patagonia están empezando a revelar

Volvamos ahora al sur de Chile. Durante seis días, una embarcación avanzó entre los fiordos de la Patagonia subantártica, en un paisaje donde el hielo, el mar y el viento parecen definirlo todo. A bordo, un grupo de científicos de Chile, Alemania y Brasil buscaba algo menos visible, pero igual de decisivo: entender qué está pasando con los bosques submarinos de algas en un escenario de cambio climático. Porque, aunque no las veamos, estas “selvas marinas” sostienen una parte importante de la vida en el sur del planeta.

¿Qué ocurre con ellas cuando los glaciares comienzan a retroceder?

  • Bajo la superficie, el huiro gigante (Macrocystis pyrifera) forma estructuras densas que funcionan como refugio, alimento y soporte para múltiples especies. Son ecosistemas complejos y altamente productivos, capaces incluso de capturar y almacenar carbono.
  • Pero ese equilibrio depende de condiciones muy precisas: salinidad estable, suficiente luz y un hábitat relativamente constante. El problema es que esas condiciones están cambiando. El retroceso acelerado de los glaciares está liberando grandes volúmenes de agua dulce y sedimentos hacia los fiordos, alterando la transparencia del agua y su composición química.

La expedición se concentró en zonas como Bahía Inútil y el seno Almirantazgo, donde estos cambios ya comienzan a observarse. A través de buceo científico y equipos especializados, el equipo recolectó muestras de algas pardas y rojas –como la luga (Sarcopeltis skottsbergii)–, además de fitoplancton y microorganismos asociados. No se trata solo de identificar especies, sino de entender cómo responden a un entorno que se vuelve más turbio, menos salino y, en muchos casos, más inestable.

  • Una de las claves está en la fisiología de estas algas. Investigadores del equipo alemán están analizando cómo cambia el funcionamiento del huiro cuando disminuye la luz o la salinidad, condiciones que se intensifican cerca de los deshielos. La hipótesis es clara: estos gradientes ambientales podrían redefinir dónde pueden vivir estas especies en el futuro. En otras palabras, los bosques submarinos podrían contraerse, desplazarse o transformarse, con efectos en cadena sobre toda la biodiversidad que depende de ellos.

Y es ahí donde esta investigación adquiere su verdadera dimensión. Lo que ocurre en estos fiordos no es un fenómeno aislado: es una señal temprana de cómo el cambio climático reorganiza los ecosistemas. Cuando un glaciar retrocede, no solo desaparece hielo; cambia el mar, cambian las especies y cambian también las relaciones entre ellas.

Estos bosques no solo albergan vida, también capturan carbono, ayudan a regular el clima y sostienen actividades humanas como la pesca. Si se alteran, el impacto se extiende mucho más allá del fondo marino.

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Futuro en marcha

Como cada semana, en Futuro en marcha reunimos iniciativas, hallazgos y decisiones que están impulsando cambios reales en acción climática, restauración ecológica y conservación de la biodiversidad, mostrando que la transición ya no es solo una idea, sino un proceso que avanza y se instala en el presente.

El regreso rosado: flamencos anuncian el cambio de estación en Chiloé

Con la llegada del otoño, los flamencos chilenos (Phoenicopterus chilensis) comienzan a reaparecer en los humedales de Chiloé, marcando uno de los ciclos naturales más esperados del sur. Los primeros ejemplares ya fueron avistados en la bahía de Caulín, en Ancud, anticipando el despliegue de estas aves migratorias que, en las próximas semanas, teñirán de rosado lugares como Putemún y Pudeto.

Su arribo, que se extiende entre marzo y septiembre, no solo es un espectáculo visual: es también un indicador de la salud de estos ecosistemas. En un contexto de creciente presión sobre los humedales, su regreso funciona como una señal concreta de que aún existen refugios capaces de sostener la vida.

Valentín y la urgencia de frenar: campaña busca proteger al huemul en Aysén

La muerte de un huemul atropellado en el sector Las Horquetas, en la Región de Aysén, encendió una alerta que rápidamente se transformó en acción. Comunidades de Villa Cerro Castillo y Puerto Ingeniero Ibáñez, junto a Conaf y Fundación Rewilding Chile, impulsaron una campaña para prevenir nuevos accidentes en las rutas cercanas al Parque Nacional Cerro Castillo. Bajo un mensaje claro –bajar la velocidad salva vidas–, la iniciativa incluye patrullajes informativos, entrega de material educativo y difusión radial, buscando generar conciencia entre quienes transitan por estas carreteras.

El caso de Valentín expuso una de las amenazas más críticas para el huemul, especie en peligro de extinción y símbolo nacional: los atropellos. En un territorio donde sobrevive una de sus poblaciones más importantes, la convivencia entre fauna y rutas se vuelve un desafío urgente. La campaña no solo entrega recomendaciones prácticas –como reducir la velocidad a 60 km/h y permitir el paso de los animales–, sino que apunta a algo más profundo: cambiar la forma en que se habita el territorio, entendiendo que la protección de la biodiversidad también depende de decisiones cotidianas.

Comunidades kawésqar coadministrarán el mayor parque terrestre del país

El nuevo Plan de Manejo del Parque Nacional Kawésqar marca un hito en la conservación en Chile, al incorporar un sistema de coadministración con poder vinculante para las comunidades kawésqar. A través de un Consejo de Gestión integrado por representantes del Estado y del pueblo indígena, las decisiones sobre el uso y protección del parque serán obligatorias, reconociendo prácticas ancestrales como la pesca de subsistencia, la recolección y el uso ceremonial del territorio, al tiempo que se prohíbe la explotación comercial –incluida la instalación de salmoneras–.

El proceso, basado en el Convenio 169 de la OIT y desarrollado durante casi dos años de consulta, avanza en el reconocimiento de derechos indígenas en un territorio habitado por milenios y establece un precedente para la gestión futura de áreas protegidas en Chile.

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¡No te lo pierdas!

Esta sección reúne iniciativas, panoramas y proyectos que conectan la vida cotidiana con prácticas sustentables. Se trata de un espacio para descubrir cómo el consumo, la cultura y el territorio pueden alinearse con el cuidado del entorno.

Día Nacional de los Glaciares

Este 21 de marzo no será una fecha más. Por primera vez, Chile celebrará el Día Nacional de los Glaciares, una invitación a mirar de cerca esos gigantes silenciosos que sostienen buena parte del agua, los paisajes y la memoria del país. Bajo la campaña “Glaciares: patrimonio de todos los chilenos”, se abre una convocatoria amplia –desde artistas y científicos hasta escuelas y comunidades– para activar el territorio con actividades que conecten ciencia, cultura y educación. La idea es simple pero potente: volver visibles los glaciares, entender que no son lejanos y que forman parte directa de la vida cotidiana, aunque muchas veces no lo percibamos.

El llamado ocurre en un momento urgente. Chile alberga más de 26 mil glaciares –cerca del 80% de los de Sudamérica–, pero su retroceso acelerado obliga a hacerse preguntas incómodas: ¿qué pasa cuando desaparecen?, ¿qué se pierde más allá del agua? La campaña busca justamente eso: pasar de la contemplación a la acción, construir una conciencia compartida y activar redes locales de cuidado. Con actividades ya desplegándose a lo largo del país, la invitación es a participar, observar y, sobre todo, asumir que proteger los glaciares no es solo una tarea científica o política, sino también una responsabilidad colectiva que define el futuro.

Quienes deseen organizar una actividad pueden encontrar toda la información y los materiales disponibles en www.diadelosglaciares.cl, donde podrán además inscribir sus iniciativas y sumarse a esta celebración nacional.

La Ruta de Cafeterías Sustentables

Si vives en Valparaíso y eres de las personas que inician el día con un buen café y te interesa que la cafetería esté comprometida con la sustentabilidad, este dato es para ti. La Ruta de Cafeterías Sustentables de la Región de Valparaíso propone mirar el café como algo más que una bebida: como una experiencia que conecta territorio, oficio e identidad.

Impulsada por la Corporación Regional de Turismo, este recorrido reúne proyectos diversos como Kombinarte en Valparaíso, Tayson Coffee en Quillota, Fruttato Gelato en Olmué, Café Trisquel en Concón, Medialuna y La Perla en Valparaíso y Costa Café en Algarrobo. Cada uno, desde su propia escala y estilo, comparte una misma lógica: trabajar con conciencia ambiental, fortalecer vínculos locales y construir espacios donde el café se convierte en un punto de encuentro.

En conjunto, estas cafeterías dibujan una escena coherente y en crecimiento, donde la sustentabilidad no es un discurso, sino una práctica concreta: reutilización de residuos, uso de insumos de temporada, producción artesanal y compromiso con la comunidad. La ruta no solo visibiliza estos proyectos, sino que invita también a repensar el consumo cotidiano. Porque detrás de cada taza hay decisiones que impactan el entorno, y aquí el café se vuelve también una forma de habitar el territorio de manera más consciente y conectada.


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Cerramos esta edición con una constatación: lo ambiental ya no es una capa adicional, es el marco donde todo ocurre. Muchas gracias por llegar hasta el final de Juego Limpio.

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