Publicidad
Bryce Echenique y la última sonrisa del Boom CULTURA|OPINIÓN Crédito: EFE

Bryce Echenique y la última sonrisa del Boom

Publicidad
Pilar Valenzuela Rettig
Por : Pilar Valenzuela Rettig Académica del Magíster en Didáctica de la Literatura de la Universidad Autónoma de Chile.
Ver Más

Hoy más que nunca, la mejor forma de honrar su memoria es pedir “permiso para leerlo” una vez más. Sus mundos maravillosos, habitados por personajes tan vulnerables como nosotros, nos esperan para recordarnos que la literatura, cuando es de verdad, nunca se retira del todo.


El mundo de las letras hispánicas se queda un poco más huérfano, o quizás, un poco más serio de lo que debería. Con la partida de Alfredo Bryce Echenique (1939 – 2026), no solo despedimos a un autor prolífico; decimos adiós a la voz que nos enseñó que la melancolía se cura con humor y que la literatura latinoamericana podía permitirse el lujo de ser, por encima de todo, sentimental.
Bryce ya había anunciado su retirada con una elegancia que pocos poseen.

En 2019, con la publicación de “Permiso para retirarme. Antimemorias 3”, selló un pacto de silencio literario para regresar a sus raíces. Su fallecimiento en Lima no es solo un dato biográfico, sino un cierre poético: el retorno definitivo del viajero cosmopolita al jardín donde todo comenzó.

Hablar de este escritor es, inevitablemente, hablar de “Un mundo para Julius” (1970). Esta obra no solo es un pilar de la narrativa peruana del siglo XX, sino un espejo incómodo para la oligarquía limeña. A través de la mirada de un niño sensible y solitario, Bryce logró diseccionar las capas de racismo, clasismo y desidia de un entorno privilegiado pero vacío.

Recientemente, en 2021, la adaptación cinematográfica de esta novela reafirmó su vigencia. Julius sigue ahí, observando desde la escalera de servicio cómo la desigualdad se hereda con la misma naturalidad que los apellidos. Pero Bryce no lo hizo con el látigo del moralista, sino con la puntería de la ironía, esa herramienta que maneja como nadie para hacernos reír mientras el corazón se nos encoge un poco.

Mientras sus contemporáneos del Boom Latinoamericano se ocupaban de las grandes gestas históricas, el realismo mágico o los laberintos estructurales, Bryce optó por un camino más íntimo. En títulos memorables como “La vida exagerada de Martín Romaña” y “La amigdalitis de Tarzán”, exploró territorios que en su momento parecían menores para la crítica solemne: el amor, la soledad y la fragilidad de los sentimientos.

Su estilo, marcado por la oralidad y esa capacidad de divagar con gracia, lo posicionó como un autor clave de la literatura en español. Fue el escritor de la nostalgia cosmopolita, capaz de tender puentes entre París, Madrid y Lima con la misma naturalidad con la que se toma un café. Su legado, que supera los 30 títulos, ha sido validado por los galardones más prestigiosos: desde el Premio Nacional de Literatura en Perú (1972) hasta el Premio Planeta (2002) y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances (2012).

Considerado uno de los últimos baluartes de una generación irrepetible, Bryce Echenique se va dejando una obra que es, en esencia, una invitación a la empatía. Su escritura nos recuerda que, frente a la dureza del mundo, siempre nos quedará el refugio de una buena anécdota y la posibilidad de reírnos de nuestra propia exageración.

Lamentamos profundamente su partida, pero nos queda el consuelo de sus páginas. Hoy más que nunca, la mejor forma de honrar su memoria es pedir “permiso para leerlo” una vez más. Sus mundos maravillosos, habitados por personajes tan vulnerables como nosotros, nos esperan para recordarnos que la literatura, cuando es de verdad, nunca se retira del todo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad