ANÁLISIS
En realidad no se trata de Venezuela, se trata de Cuba y de un mundo dividido en áreas de influencia
En esta segunda parte de su análisis, el texto explica que la crisis en Venezuela no responde a su peso geopolítico ni al petróleo, sino a la presión de EE.UU. sobre Cuba para cortar el suministro a La Habana y forzar un cambio de régimen impulsado por Marco Rubio.
Ayer publiqué una columna en este diario donde argumentaba que el objetivo primordial de lo que pasa en Venezuela en este momento es ahogar económicamente a Cuba. Pero eso no termina ahí, pues ese objetivo es solo parte de una nueva gran geopolítica de dividir al mundo en “áreas de influencia”, entendidas como áreas geográficas donde una potencia mundial ejerce un control exclusivo en términos económicos, político y militar. Para luego tratar de coexistir entre ellos en la forma menos autodestructiva posible.
Dentro de eso, como se sabe, la famosa doctrina de la “América (ahora habría que sumarle Groenlandia) para los americanos”, lo primero se refiere a un continente y lo segunda a un país. Por su parte, Rusia quiere volver a tener un mínimo control de los países de la ex-Unión Soviética, mientras que China continúa con su obsesión sobre Taiwán (al que quiere transformar en un nuevo Hong-Kong); e Israel ya tiene un control del Medio Oriente que hasta hace poco era impensable (y ya puede hacer represalias en un pueblo inocente, como su gobierno de extrema derecha hizo en Gaza para vengarse que un grupo terrorista que los pilló, como se decía antes, con los pantalones abajo; y nadie movió un dedo).
Éste va a ser un mundo donde solo prima la ley bruta del más fuerte, como la de Israel en Gaza, la que aplica Rusia en Ucrania, China con sus minorías musulmanas y budista tibetanas; y ahora Estados Unidos en Venezuela, junto a sus intenciones de anexar Groenlandia, tomar de vuelta el control del canal de Panamá, intimidar a Colombia (el sábado amenazó a Gustavo Petro que mejor “watch his ass”), amenazar a Brasil por mandar a un golpista a la cárcel, e intervenir burdamente en las elecciones de Argentina y Honduras. Algo significativo en todo esto último es cómo China y Rusia han abandonado a sus aliados en la región, en especial Venezuela.
Desde esta perspectiva, es increíble cómo las declaraciones recientes de Trump sobre México pasaron casi desapercibidas fuera de ese país; el sábado dijo que México también estaba en su mira: “[su Presienta] es una buena mujer, pero los cárteles gobiernan México. Ella no gobierna México… Algo tendré que hacer con México”.
Por eso, cuando unos justifican la intervención de Trump en Venezuela por la falta de democracia o las violaciones a los derechos humanos, o explican sus acciones mecánicamente por sus riquezas petroleras, éstas serán realidades muy obvias, pero lo primero nunca ha sido un tema de mayor importancia para Trump ―quien ha subvertido la democracia en su propio país, y ahora no solo viola el derecho internacional y su propia Constitución, sino también destruye las instituciones en su país―, y lo segundo es mucho más complejo de lo que parece.
En esa perspectiva, el ataque a Venezuela no se trata primordialmente, por cierto, de restablecer la democracia. Trump podría perfectamente haber exigido elecciones democráticas en los próximos tres a seis meses, pero ni una palabra al respecto. De hecho, humilló a la líder de la oposición, María Corina Machado, diciendo que era alguien que “no tiene apoyo ni respeto” para gobernar. En cambio, dice estar en contacto con la vicepresidenta chavista para llevar a cabo su plan de “reconstrucción” de Venezuela, y “gobernar el país [con esa institucionalidad] hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa”.
Todo indica que la historia se va a repetir, con Estados Unidos capaz de eliminar fácilmente a líderes incómodos, para luego ser muy torpe para manejar el vacío de poder resultante. Trump, después de haber prometido repetidamente que nunca va a repetir el error de George W. Bush en Irak, y luego lo que sucedió en Afganistán y otros lugares, va camino a lo mismo con su idea de gobernar Venezuela por control remoto. La única forma de evitar una anarquía total en Venezuela ―un país inundado de armas, milicias, simpatizantes del “chavismo”, y fuerzas paramilitares poderosas asociadas al crimen y la droga― es con tropas en terreno.
Por otra parte, enriquecerse del petróleo venezolano va a ser una tarea titánica. Como dijo un alto ejecutivo de un conglomerado petrolero y ex-asesor de George W. Bush, “Las petroleras estadounidenses, por supuesto, están muy tentadas por la oportunidad de regresar a un país vecino con las mayores reservas de petróleo del mundo”. Pero luego agregó, “Sin embargo, hay un gran sin embargo: existe historia e incertidumbre, por lo que hay analizar esto con mucho cuidado antes de dar el salto”.
Como agrega un analista de una consultora de energía, “Estamos hablando de mucha plata: tan solo para mantener la producción en los bajísimos niveles actuales [menos de un millón de barriles diarios, la mayor parte de los cuales van a consumo doméstico]… se requerirían unos 65 mil millones de dólares; y más de 100 mil millones solo para que la producción vuelva apenas a 2 millones de barriles diarios”. “Esto no es algo a lo que las empresas estadounidenses se van a abalanzar apresuradamente… después de una intervención”.
Por eso, cuando Trump pone al petróleo en el centro de su plan para un cambio de régimen en Venezuela, anunciando que las compañías petroleras estadounidenses van a regresar de inmediato a Venezuela con “miles de millones de dólares” para invertir, se olvida que él tiene que hacer primero su tarea: generar estabilidad política y seguridad, invertir miles de millones de dólares en infraestructura (que se cae a pedazos) y servicios, darle garantías a sus conglomerados para que inviertan en extraer y transportar un petróleo tan pesado (como el del Orinoco), que necesita hasta de importaciones de petróleo liviano, que hay que llevar a la zona, para mezclarlo y hacer posible que fluya por las cañerías; además, se requiere de refinerías especiales, etc. ¿Va a estar Trump dispuesto a invertir los miles de millones de dólares en el “capital complementario” que se requiere para revivir la industria petrolera venezolana? ¿Va a estar dispuesto a poner las tropas necesarias en terreno para hacer todo eso posible, y sufrir las consecuencias de eso?
La posibilidad que Venezuela termine en otra anarquía difícil de manejar es muy real; una cosa es eliminar un líder incómodo, otra, muy distinta, es reconstruir un país como el Venezuela de hoy ―como decíamos, Estados Unidos ha sido sistemáticamente muy torpe para luego manejar el vacío de poder resultante. Y si Marco Rubio lograse su objetivo en Cuba, el desafío crece en forma exponencial. Y hasta ahora Trump ha demostrado ser capaz de poder hacer mucho ruido, pero siempre mostrar pocas nueces. Lo que él realmente busca es una producción petrolera en Estados Unidos, México y Venezuela que haga a su país ―y su área de influencia― independiente del Medio Oriente. Pero para llegar ahí, todavía hay que recorrer un gran trecho.
Como acaba de decir un ex-analista de la CIA (y ahora ejecutivo financiero), “Debemos ser muy cautelosos a la hora de declarar “misión cumplida” en cuanto al sector petrolero venezolano, dadas décadas de declive; creemos que el camino de regreso va a ser muy largo”.
Pero al menos, mientras Trump le de a China y Rusia muchos grados de libertad en sus áreas de influencia, va a poder operar con total impunidad en la suya. En el momento cuando más necesitamos de flexibilidad productiva para salir del estancamiento en el crecimiento de la productividad en nuestro país ―pues nuestra estrategia productiva (el “extractivismo”) ya dio, y hace tiempo, todo lo que tenía que dar (ver aquí; y aquí)―, cada vez se nos cierra más el espacio de maniobra en política económica.
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