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Editorial: La cultura de la imprevisión

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Parte de la cultura política chilena es que los problemas se acumulen hasta un punto en el cual un hecho menor los transforma en una crisis. Ello es válido en todos los niveles de nuestra sociedad, especialmente la política. La experiencia como país enseña que las crisis políticas -excepto en muy pocos casos- no se deben a grandes conmociones sociales o ideológicas, sino a la nula anticipación de los que tienen la responsabilidad de prever los hechos y adoptar las medidas correctivas, junto a una baja propensión a adoptar compromisos. Sea porque los hechos les pasaron inadvertidos, o porque una infinita autocomplacencia les privó de un racionamiento crítico necesario para evitar lo que después lamentan.



Un ejemplo es la candidatura de Piñera. El país vive con expectación su imprevista candidatura. Pero ella es el resultado casi natural no sólo de la acumulación de agravios sufridos a manos de Lavín y su equipo, incluidos Allamand, Espina y compañía, sino también de su cálculo político de que el cuadro político estaba inmóvil y la derecha estupefacta después de los resultados de las municipales del año pasado.



La Alianza por Chile necesitaba un segundo aire, con Lavín en caída libre frente a las candidatas de la Concertación, y Piñera decidió proporcionarlo. Al más puro estilo de empresario de riesgo. Si logra convencer a la derecha de que dos suman más que uno, su estrategia de llegar a la segunda vuelta electoral hará que ella compita con dos candidatos. Si de rebote desarticula a la Concertación, mejor todavía.



Mientras la mayor parte del país asiste encantado a este imprevisto escenario político, se pueden identificar variados temas en los cuales vienen sucediéndose la acumulación de problemas, que en algún momento harán crisis.



Uno de ellos en las universidades del Consejo de Rectores, especialmente en regiones, donde pese a las promesas hechas por el gobierno en cuanto a los fondos de crédito, el creciente y difuso malestar estudiantil amenaza con convertir el año escolar en un largo período de protestas y movilizaciones en todo el país. Su magnitud no pueden anticiparse porque el tema parece estar suelto, sin eje. No obstante que la llamada crisis de la educación superior lleva ya varios años en la agenda ministerial respectiva, mientras los problemas se siguen acumulando, poniendo una de las notas negativas al actual gobierno.



Otro tanto ocurre con los temas ambientales. Información procedente de España señalaba que una inspección fiscal descubrió la semana pasada un contrabando de alerce procedente de Chile. Como se sabe el caso de talas ilegales ha permanecido por más de un año en investigaciones que han estado en la primera página de todos los medios nacionales, pero no arriban a ninguna conclusión. Igual que muchas de las investigaciones derivadas de la contaminación generada por actividades industriales.



El caso de la Empresa Celco en Valdivia es un hito importante de un tema que va camino de convertirse en uno de los peores rompecabezas político y empresarial en la presente década, y respecto del cual se hace evidente la ineficacia y pasividad de Conama. Ambos hechos, a los que se pueden agregar temas como el de la basura, se repiten reiteradamente en materia ambiental, articulados por el mismo vínculo de la imprevisibilidad, o derechamente como es la sospecha, por eficientes redes de corrupción.

Se podría continuar, y pasar al tema energético, a la política vecinal o a los hechos relativos a los derechos humanos, y concluir sin temor a equivocarse que la imprevisión es una cultura nacional, que además de permitir los llamados juegos de los políticos cuando estos asuntos explotan en las manos, conducen a que gran parte de los problemas que el país arrastra se queden sin solución hasta que algo los transforma en crisis o en un hecho inédito. En términos modernos, la economía juega el principal papel como mecanismo de adaptación, y sin lugar a dudas Chile es uno de los países más previsibles en ese campo. ¿Queda entonces tanto espacio para imprevistos políticos?



Al inicio del año sostuvimos en un Editorial desde estas mismas páginas que todas las señales políticas indicaban que "el país está en un escenario límite para muchos de sus actores tradicionales Â…(y)Â… que se acerca aceleradamente a un período de definiciones que pueden cambiar el sentido y destino de las alianzas y coaliciones hoy vigentesÂ…" Y agregábamos: " En la derecha el agotamiento del discurso se ha tornado dramático. Carente de una conducción política moderna y flexible, ha quedado atrapada en que si bien tiene medios institucionales, políticos y económicos para entorpecer o bloquear al gobierno, ellos son inservibles para construir una mayoría que le permita ganarÂ…"



La decisión de Sebastian Piñera, si bien genera un cuadro de relativa incertidumbre en el escenario político nacional al afectar la posición de todas las fuerzas políticas y los poderes corporativos, se presenta para la derecha como la única estrategia plausible para superar la limitación aludida y alcanzar el millón de votos que le faltaría para ganar la elección presidencial.



Su apuesta es racional, pero su gran obstáculo es cultural, pues este exitoso empresario es una figura aún distante del núcleo de los poderes fácticos tradicionales, empezando por las antiguas corporaciones empresariales y la vocería de El Mercurio. Y por el hecho sustantivo de que confianza y flexibilidad política son bienes escasos en la derecha chilena.

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