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La desigualdad es el problema: más allá de los chascarros del otro G. Rojas

por 26 noviembre, 2015

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El 30 de marzo de 2014 publiqué la refutación a una de las tantas provocaciones sin razonamiento ni argumentación que suele disparar el otro Gonzalo Rojas en su columna de El Mercurio. A los cuatro días, el otro Gonzalo Rojas, “…para iniciar un diálogo…” según rezaba su introducción, respondió con una columna un poquito… un poquito… ¿cómo decirlo para que no suene descalificador ni ofensivo?... un poquito… chapucera. Esa es la palabra. ¿Para qué buscarle eufemismos?

A diferencia de lo que ocurre con el conglomerado del otro Gonzalo Rojas y sus socios de la Concertación, las fuerzas de izquierda no son financiadas ilegalmente por Penta, Corpesca, SQM ni ningún otro “mecenas”. Por lo tanto, tenemos por acá problemas importantes que atender, como el fraude de la reforma electoral o la reconstrucción de una alternativa que permita superar y dejar atrás a este Chile de la usurpación y la delincuencia corporativa institucionalizadas. No podemos, en consecuencia, distraernos con chapucerías. Solo cuando las cosas importantes han sido atendidas, podemos darnos el lujo de ocuparnos de las cosas accesorias. Es por eso que recién ahora, después de 19 meses, las tareas importantes me dejan un pequeño respiro para responder al texto del otro Gonzalo Rojas.

Me limito a dejar constancia de que el otro Gonzalo Rojas ha sido incapaz de decir absolutamente nada sobre las refutaciones a sus planteamientos sobre la desigualdad. Y, en lo personal, estoy convencido de que se haría un tremendo favor a sí mismo y al debate público si, en lugar de afanarse tanto en caer en chascarro tras chascarro, pudiera hacerse cargo del problema que nos convoca. Porque, más allá de sus chascarros, lo que importa acá es la desigualdad.

Permítame el/la lector/a entretener su lectura con algunos ejemplos de lo que bien cabe calificar de “chascarros del otro Gonzalo Rojas”, para que se haga una idea cabal de los niveles de chapucería de los que estamos hablando:

1. En mi refutación hago la siguiente afirmación:

La desigualdad es la organización u ordenación jerárquica de atributos diferentes. Entre hombre y mujer, entre fuerte y débil, entre grupos étnicos, por ejemplo, hay una diversidad, una diferencia que, “de forma natural”, no crea desigualdades” (subrayados agregados).

Así como se lee claramente, de forma taxativa y sin ambigüedades: la diferencia y la diversidad no, NO, N-O, crean desigualdades y jerarquías de forma natural. Pero, curiosamente, el otro Gonzalo Rojas entendió exactamente lo opuesto: que yo decía que las jerarquías son naturales. En sus propias palabras:

¿En qué quedamos? ¿Las jerarquías son naturales o producto de la violencia social? Estoy con Daniel Giménez en su primera afirmación, pero como el [sic, con este error ortográfico] no la respalda con la segunda, qué dificultad la que surge…”.

Con este chascarrito el otro Gonzalo Rojas aporta evidencia definitiva que prueba fehacientemente lo que todo el mundo ha sospechado desde hace siglos: los conservadores no solo entienden la realidad de forma invertida; también entienden al revés lo que leen.

Como yo nunca afirmé que las desigualdades y las jerarquías sociales son naturales, sino todo lo contrario (mi afirmación dice claramente: las diversidades, las diferencias no, NO, N-O, crean de forma natural “desigualdades”, “jerarquías”), le dejamos la tarea al otro Gonzalo Rojas de ejercitar la comprensión lectora. Humildemente me parece que, para un caso como el suyo, El Silabario Hispanoamericano puede ser un buen instrumento para comenzar.

2. Afirmo en mi refutación que, cuando veo las columnas del otro Gonzalo Rojas (así, en presente indicativo, veo, VEO, V-E-O), hago una verónica para obviarlas. ¿Y qué entendió el otro Gonzalo Rojas? Algo, por su puesto, que no he afirmado; entendió que nunca he leído una columna suya. En sus palabras:

O este hombre tiene una esotérica capacidad para suponer esencias sin pasar por los sentidos o nos está engañando, porque me lee siempre.

Para salir de su error respecto a este punto, el otro Gonzalo Rojas puede consultar cualquier libro de texto de castellano para 2° básico, específicamente el capítulo en el que se explican los tiempos verbales. Así podrá aprender que un verbo en presente indicativo (como “veo”) refiere al momento actual, y que para referirse a acciones en el pasado existe el tiempo verbal pretérito, que tiene una grafía distinta. Ergo, si yo escribo “… cuando veo una columna del otro Gonzalo Rojas…”, en presente indicativo, me estoy refiriendo a lo que hago ahora, en el tiempo actual. No hago referencia a lo que hice antes, en el tiempo pretérito. Y que hoy no lea las columnas del otro Gonzalo Rojas y prefiera hacerles una verónica no significa ni implica que no las haya leído en el pasado. De hecho, cualquier persona con los sentidos y capacidades cognitivas en plenitud puede concluir, sin ninguna explicación ulterior, que una decisión de no leer ahora, en el tiempo presente, a algún autor se sustenta por regla general en la experiencia pasada con sus textos. Por lo tanto, tal vez sea saludable para el otro Gonzalo Rojas ejercitar no solo sus capacidades de comprensión lectora sino también sus capacidades de realizar inferencias.

Como por este lado hay buena voluntad, apenas logre el otro Gonzalo Rojas diferenciar el tiempo verbal presente del tiempo verbal pretérito, con mucho gusto se le explicará que el pretérito puede ser de dos tipos, perfecto e imperfecto, y que, contrariamente a lo que creen los conservadores, este último es el predominante.

3. La chapucería más chapucera de todas las incluidas en la respuesta del otro Gonzalo Rojas se encuentra en su intento un tanto penoso de desvincular al conservadurismo del fascismo. Ante mi afirmación de que la ideología conservadora de la desigualdad, aunque tiene larga data y se remonta a tiempos de Platón, se ha consolidado en el fascismo italiano y español, para probar lo cual, por cierto, entrego la cita correspondiente de la fuente directa (La Doctrina del Fascismo de Mussolini, atribuida a Giovanni Gentile), ante esa afirmación, decía, el otro Gonzalo Rojas saca su guía telefónica y se pone a recitar nombres:

Algo de bibliografía sobre el fascismo para Daniel Giménez, de modo que no repita un error tan básico. Que lea, por ejemplo, a Payne, a Nolte, a Griffin o a Emilio Gentile para comprender la naturaleza profundamente anticonservadora del fascismo”.

Cualquier estudiante de primer año de universidad ha aprendido ya que apelar a la autoridad en lugar de formular un argumento con el propósito de respaldar una afirmación es una falacia que se conoce con el nombre de argumentum ad verecundiam. Ergo, el otro Gonzalo Rojas podrá recitar todos los nombres de su guía telefónica, enumerar uno por uno a los integrantes del santoral de los pocos historiadores que están de acuerdo con él, podrá incluso invocar al Chapulín Colorado para que lo defienda, pero nada, absolutamente nada de eso constituye argumento demostrativo de su planteamiento. Todo lo contrario. En tanto falacia, constituye un antiargumento por antonomasia.

Mi argumento, por el contrario, es claro incluso para quien comete falacias y no se da ni cuenta: la ideología de la desigualdad (el pretender que la desigualdad no solo es inevitable sino hasta deseable) es uno de los principios conservadores más fundamentales. Sostener y defender ese principio convierte a alguien en conservador/a. Benito Mussolini, en La Doctrina del Fascismo, plantea que el fascismo “… afirma la desigualdad irremediable, fecunda y beneficiosa de los hombres…” (La Doctrina del Fascismo, segunda parte, parágrafo VI). Ergo, por modus ponendo ponens, el fascismo es conservador.

Pero el fascismo es conservador no solo por sostener y defender la ideología de la desigualdad. Lo es también porque sostiene y defiende prácticamente todo lo que Robert Nisbet ha llamado “los dogmas del conservadurismo”. El fascismo sostiene y defiende, por ejemplo, otro de los postulados más queridos y defendidos por el pensamiento conservador: el papel insoslayable de la religión para la vida social y la necesidad de defenderla y protegerla. Así, en la misma Doctrina del Fascismo, Mussolini plantea:

El Estado fascista no permanece indiferente ante el hecho religioso en general y ante esa particular religión positiva que es el catolicismo italiano. El Estado no posee una teología, pero posee una moral. En el Estado fascista se considera a la religión como a una de las manifestaciones más profundas del espíritu; por lo tanto, no solo se la respeta, sino que también se la defiende y protege…” (La Doctrina del Fascismo, segunda parte, parágrafo XII).

Esto está clarito hasta para el otro Gonzalo Rojas, ¿cierto? Mussolini hace de una de las principales tesis de Edmund Burke, padre del conservadurismo moderno, una piedra angular de la doctrina fascista: la religión, como una manifestación de las más profundas del espíritu humano, no solo debe respetarse sino incluso defenderse y protegerse. Pero, claro, el fascismo repite uno a uno los dogmas del conservadurismo pero no es conservador, ¡qué va!

¿Más pruebas? Bueno, más pruebas. Tal vez así, con la repetición, aprenda el otro Gonzalo Rojas cómo se formula una demostración. Resulta que uno de los elementos distintivos y que más identifica a los conservadores es su apego a y la defensa de la tradición. Tanta es la importancia de la tradición para el conservadurismo que hasta cualquier diccionario, incluido el arcaísmo de la RAE, define al conservador como un partidario de las tradiciones. ¿Y qué dice el fascismo respecto a las tradiciones? Pues obvio: como buena manifestación del conservadurismo, el fascismo declara su absoluta devoción a ellas:

El fascismo es una concepción histórica, según la cual el hombre no es lo que es sino en función del proceso espiritual a que contribuye, en el grupo de la familia y de la sociedad, en la nación y en la Historia [postulados netamente conservadores], a la que todas las naciones colaboran. De aquí el gran valor que asigna a la tradición en las memorias, en el lenguaje, en las costumbres, en las normas de la vida social” (La Doctrina del Fascismo, primera parte, parágrafo VI; subrayados agregados).

El conservadurismo es defensor acérrimo de la tradición. El fascismo piensa lo mismo que el conservadurismo. Pero… ¡qué va! ¡Que nadie se llame a engaño por eso! En realidad el fascismo es… ¡profundamente “anticonservador”! Esto está de culto… ¡De culto!

¿Seguimos? Bueno, sigamos. Otro de los principios fundamentales del pensamiento conservador es la concepción organicista y corporativa de la sociedad. Es uno de los principios derivados de la ideología de la desigualdad. Y reza más o menos así: dado que las desigualdades en la sociedad son inevitables y hasta deseables, los grupos desiguales, se llamen clases, castas o rangos sociales, constituyen o, cuando no lo hacen, deben transformarse en un todo organizado en que dichos grupos operan y funcionan cooperativa y armoniosamente, de la misma forma que operan y funcionan los órganos de un cuerpo. Esta tesis es completamente ajena y opuesta a las concepciones de la sociedad de las otras dos grandes familias de doctrinas políticas modernas, el liberalismo y el marxismo. Para el liberalismo, el núcleo de la sociedad no son los las entidades colectivas como las clases o las “asociaciones intermedias”, sino los individuos; la idea de una totalidad armoniosa y orgánica de entidades colectivas le es completamente ajena. Y para el marxismo, las clases sociales, lejos de constituir un todo armonioso que funciona como un cuerpo, están en abierta contradicción histórica y en lucha entre sí. La concepción organicista y corporativa de la sociedad es estrictamente conservadora. Y, por supuesto, también es sostenida y defendida por el fascismo. Mussolini decía en La Doctrina del Fascismo:

El fascismo es contrario al socialismo, el cual reduce e inmoviliza el movimiento histórico en la lucha de clases e ignora la unidad del Estado que puede reunir a las clases armonizándolas en una sola realidad económica y moral; análogamente, es contrario al sindicalismo de clases. Pero el fascismo entiende que, en la órbita del Estado ordenador, las reales exigencias que dieron origen al movimiento socialista y sindicalista sean reconocidas, y, efectivamente, les asigna una función y un valor en el sistema corporativo de los intereses conciliados en la unidad del Estado…” (La Doctrina del Fascismo, segunda parte, parágrafo VIII).

El único matiz que aporta el fascismo a la concepción organicista y corporativa de la sociedad es su tesis de que la armonía de las clases se realiza en el Estado y a través de los órganos “intermedios” que representan sus intereses: sindicatos, asociaciones gremiales, etc. Este es el postulado fascista del “Estado corporativo”.

¿Más pruebas? Bueno, más pruebas. ¿Qué ideas identifican a un conservador de tomo y lomo? Varias, pero entre las principales se encuentra la devoción por y la defensa de la patria, la religión y la familia. ¿Y qué dice el fascismo al respecto? En su famoso “Mensaje al pueblo inglés”, Mussolini declaraba lo siguiente:

“[El movimiento fascista]… ha sido también una revolución espiritual contra viejas ideologías que corrompían los sagrados principios de la religión, de la patria, de la familia”.

Curioso, ¿no? Exactamente lo mismo que es “sagrado” para el conservadurismo lo es para el fascismo. ¡Si hasta el lenguaje del fascismo es el mismo que el del conservadurismo, “corrupción de los principios sagrados”! Pero no, claro que no. Según el otro Gonzalo Rojas, que las ideas fascistas presenten una casi total identidad con las ideas conservadoras se debe a que el fascismo tiene “una naturaleza profundamente anticonservadora" (sic). Conservadurismo y fascismo proclaman y defienden lo mismo, pero son profundamente “anti” el uno del otro. ¿Quién dijo “chascarro”?

Como dato curioso, solo nótese que en La Doctrina del Fascismo Mussolini (o, en su defecto, Gentile) dedica sendos párrafos a denostar al liberalismo y al marxismo, pero no dedica ni una sola línea a criticar o maltratar al conservadurismo… You do the math.

La guinda de la torta a este chascarro la pone el otro Gonzalo Rojas con una mentirilla que no puede ser más burda y fácil de refutar. Pese a que fascismo y conservadurismo proclaman y defienden las mismas ideas, las mismas concepciones de la familia, la religión, la tradición, la sociedad, la desigualdad, afirma Rojas que ningún gremialista ha sido ni será fascista (sic) porque el fascismo es profundamente “anticonservador”. Pero, curiosamente, Jaime Guzmán, fundador del movimiento gremialista, era un profundo admirador y defensor del fascismo español. No solo era un franquista confeso al igual que su jefe Pinochet, sino que además se declaraba un admirador y seguidor de las ideas de Primo de Rivera y de Fernández de la Mora. En una carta escrita a su madre en 1962, un par de años antes de fundar el movimiento gremialista, Guzmán afirma:

Querida Mamá:

[…] ya estoy en España. Ya estoy que rebalso de hispanismo y franquismo. No hay nada semejante a este país, el más hermoso del mundo y el que encierra un mayor conjunto de valores... hoy España lleva el pandero del Estado Corporativo, régimen nuevo y magnífico, que el mundo retrógrado no quiere reconocer.

[…] Estoy archifranquista, porque he palpado que el Generalísimo es el Salvador de España, porque me he dado cuenta la insigne personalidad que es, lo contenta que está la gente con él, lo bien que se trabaja y el progreso económico que se advierte. Y que conste que en España hoy hay libertad absoluta, entendida y orientada al bien común y no a satisfacer el absurdo principio de la Revolución Francesa “Liberté” que tiende al libertinaje. “No hay libertad sino dentro de un orden” ha dicho Franco” (carta citado en Rosario Guzmán, Mi Hermano Jaime. Santiago: Editorial JGE, 2008, pp. 60 y 61; subrayados agregados).

Así como se lee: Jaime Guzmán, fundador del movimiento gremial, se declara entusiasta y ferviente partidario y admirador del franquismo, que fue el capítulo español del fascismo. Pero además celebra con grandilocuencia lo único original que aporta el fascismo al ideario conservador: el Estado Corporativo. ¿Que ningún gremialista ha sido o será fascista? ¡Mis polainas! En los orígenes del gremialismo hay una profunda inclinación hacia y admiración por el fascismo español y su “Estado corporativo”. Lo confiesa Jaime Guzmán de su propio puño y letra. ¡Lindo el chascarrillo, con mentirilla burda incluida, del otro Gonzalo Rojas!

Resumiendo el punto: esta parte recurre a la evidencia de las fuentes y a argumentos para fundamentar lo que afirma respecto a que el fascismo es una de las tantas ramas del conservadurismo; la otra parte recurre a adjetivaciones (“error tan básico”) y a una guía telefónica para recitar nombres, pero de evidencia y argumentos que demuestren o refuten, nada de nada. Y una falacia de la autoridad así de grosera no es sino la chapucería más chapucera que se puede cometer. El otro Gonzalo Rojas podrá recitar los nombres de toda su guía telefónica si quiere, podrá incluso llamar en su defensa al Chapulín Colorado o la Liga de la Justicia en pleno, pero nada de eso refuta a lo acá probado y recontraprobado: “los dogmas del conservadurismo” son parte central e insoslayable del ideario fascista. El fascismo es una rama particular (y una muy apegada al tronco principal) del conservadurismo. Y recitar nombres al voleo no va a cambiar este hecho.

Lo triste de todo este asunto es que acá había un problema –la desigualdad– que, se suponía, era el que nos convocaba. Mi primera refutación, la que inició este intercambio, está dedicada en lo fundamental a eso. La respuesta del otro Gonzalo Rojas, en cambio, se explaya en chascarros, pero a hacerse cargo de mi refutación le dedica un mísero párrafo, y bien pobre a decir verdad. Es como si quisiera que esto tratase de cualquier cosa, menos de la desigualdad, de lo fundamental, de lo que interesa. ¿Algún interés oculto en eso?

Respecto a mis refutaciones, solo ha podido contestar una cosa: que en mi persona hay “interesantes jerarquizaciones” que no cree que sean producto de la violencia. Textualmente dice:

Hay, además, interesantes jerarquizaciones en Daniel Giménez. Pérez de Arce sobre Rojas (correcta); Gonzalo Rojas, el verdadero, sobre el otro Rojas (correcta); La Tercera sobre El Mercurio (errónea). ¿Son todas producto de la violencia? Yo, por lo menos, no lo he experimentado así.

Ni una sola mención más a todas las refutaciones de sus postulados. ¿Había dicho ya que su respuesta era entera chapucera?

No voy a mencionar nada respecto a la pobreza del lenguaje de afirmar que en mi persona “hay jerarquizaciones” (¿habrá querido decir que las hay en mis planteamientos?). Me limito a dejar constancia de que el otro Gonzalo Rojas ha sido incapaz de decir absolutamente nada sobre las refutaciones a sus planteamientos sobre la desigualdad. Y, en lo personal, estoy convencido de que se haría un tremendo favor a sí mismo y al debate público si, en lugar de afanarse tanto en caer en chascarro tras chascarro, pudiera hacerse cargo del problema que nos convoca. Porque, más allá de sus chascarros, lo que importa acá es la desigualdad.

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