Opinión
Venezuela, entre Maduro y Trump
El injerencismo político/militar en América Latina fue exitoso en términos generales, y garantizó su hegemonía hemisférica, bloqueó proyectos disidentes y paralizó la entrada en el continente de su principal antagonista post-Yalta: la URSS.
Sin lugar a dudas, llegamos al final de la carrera política de Nicolás Maduro. Aún no queda claro si de todo el régimen autoritario que encabezó, ni siquiera de cómo sucederán las cosas en los días venideros inmediatos. Pero, de seguro, terminó Maduro. Y no creo que existan razones para el duelo.
Nicolás Maduro fue un heredero sin recursos de Hugo Chávez. No contó a su favor con la astucia política, el carisma y los recursos económicos de su mentor. En medio de apariciones públicas francamente ridículas, desangró la economía del país, lanzó al destierro económico a millones de sus compatriotas, fomentó el enriquecimiento doloso de un círculo de allegados y reprimió cualquier intento democrático de reemplazo. Y lo hizo todo a nombre del socialismo, lo que lo convirtió –junto a Ortega y a la dupla Castro/Díaz Canel– en un eficaz promotor del anticomunismo en América Latina. Fue un sujeto sencillamente desastrado.
Pero nada de ello justifica la agresión militar norteamericana, de cuyos daños y víctimas aún desconocemos el monto. Y ello, por varias razones.
En primer lugar, porque existe algo que se llama derecho internacional. Ese derecho establece un equilibrio basado en las soberanías nacionales. Es un equilibrio inestable, vetusto e hipócrita en muchos sentidos, pero el único que consigue fijar normas en un sistema mundial desvencijado, aunque sin sustitutos creíbles. Trump, errático, ignorante y acompañado de un equipo de halcones histéricos, ha devenido un violador contumaz del derecho internacional. Dejar la interpretación del derecho internacional a merced de la oficina oval, es negar ese derecho.
En segundo lugar, porque esta injerencia saca a la luz la parcialización moral de la política norteamericana. Maduro es un ser despreciable, pero no más que un asesino de multitudes como Netanyahu, un maniático de la represión como Bukele, un narcotraficante convicto como Orlando Hernández, un descuartizador de opositores como Bin Salmán o un persecutor de homosexuales como Orbán, todos los cuales son aliados predilectos de la actual administración norteamericana.
Lo que hace a Maduro inaceptable para Trump no son los encarcelamientos de opositores, la corrupción despampanante, los escamoteos electorales o sus posibles vínculos con el narcotráfico. Lo que lo convierte en alimento para lo que la fiscal general definió –con lenguaje propio de un predicador de Tombstone- como “la furia total de la justicia norteamericana”, es haber buscado cobijo con actores internacionales de otros ejes –Rusia, China, Irán– y haber ofrecido el petróleo para conseguirlo.
En tercer lugar, porque el uso de la fuerza en las relaciones internacionales ha sido un recurso muy usual en la política hemisférica norteamericana. Y la historia demuestra que sus resultados finales no han estado a la altura de sus justificaciones altruistas. Esto ha sido particularmente dramático en su política hacia la Cuenca del Caribe, a la que Washington considera su patio trasero. Estados Unidos ha invadido y ocupado por muchos años a países como Cuba, Puerto Rico, Haití, República Dominicana, Granada, Nicaragua, México y Panamá.
En este último país ensayó por primera vez el secuestro de un gobernante en ejercicio, ciertamente un ser impresentable llamado Manuel Noriega, pero entre cuyas acciones infamantes estuvo haber colaborado activamente como informante de la CIA por más de un lustro. Estados Unidos ha sido también un activo injerencista en América del Sur. El Plan Cóndor y los golpes de Estado que le sirvieron de escenario son un ejemplo, pero también lo es la manera en que acudió en ayuda del Gobierno de Milei en momentos en que hacía aguas y enfrentaba unas elecciones que se anunciaban desfavorables.
En ninguno de estos casos, las injerencias político/militares buscaron la democracia o el saneamiento moral, sino sumisión política y recursos económicos. Y nada indica que la intervención en Venezuela sea una excepción.
El injerencismo político/militar en América Latina fue exitoso en términos generales, y garantizó su hegemonía hemisférica, bloqueó proyectos disidentes y paralizó la entrada en el continente de su principal antagonista post-Yalta: la URSS. La situación actual es diferente, ante todo porque nos asomamos a un mundo multipolar más complejo, donde China posee significativos avances en buena parte del continente y otros actores comienzan a abrirse paso.
No es casual que, en una de sus intervenciones tras la captura de Maduro, Trump haya anunciado la inminente entrada de las corporaciones norteamericanas en el petróleo venezolano –recordemos que en algún momento habló de un supuesto botín que los venezolanos le habían arrebatado–, pero garantizando al mismo tiempo los suministros a China. Como decía Cicerón, son otros los tiempos y otras serán las costumbres.
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