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El riesgo ciego de la biodiversidad “de escritorio”

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Por: Roberto E. Yury Yáñez


Señor Director:
El reciente Informe de IPBES (febrero 2026) sobre Empresas y Biodiversidad es tajante: las compañías operan bajo riesgos críticos debido a una alarmante falta de datos localizados para implementar el objetivo 15 del Marco Global de Biodiversidad Kunming-Montreal. En Chile, este riesgo se materializa en la denominada “trampa de los datos secundarios”.
El peligro de los gobiernos corporativos de caer en esta trampa nace de la excesiva confianza en reportes y estrategias insuficientemente construidas. El reciclaje de información histórica del SEIA, la dependencia de modelos predictivos y bases de datos globales, o el uso exclusivo de plataformas satelitales que ocultan vulnerabilidades operativas que ninguna herramienta remota puede resolver de forma autónoma.
Estudios recientes demuestran que las bases de datos globales pueden omitir más del 39% de las áreas ecológicamente críticas. En ecosistemas degradados y bajo alta presión, como el bosque esclerófilo de Chile Central —donde se proyecta el desarrollo de infraestructura crítica como tranques de relaves y plantas fotovoltaicas—, depender de registros estáticos y desactualizados no representa solo un error metodológico; constituye una negligencia operativa.
Los impactos sobre la Biodiversidad, por su carácter inherentemente localizado, deben ser medidos y gestionados in situ y con un estricto rigor estacional. De lo contrario, la naturaleza corre el riesgo de convertirse en una costosa ficha de cambio para la explotación de minerales críticos para la transición energética —como litio y cobre— y para el desarrollo de energías renovables a gran escala.
Un mensaje clave del IPBES es que la Biodiversidad ha sido tratada históricamente como una externalidad supeditada a las metas de descarbonización. Tratarla como un mero anexo de la estrategia climática es un error de gobernanza que compromete la transición hacia una economía Nature Positive.
En la actual era de la reportabilidad financiera, la falta de capacidad técnica ha frenado la acción empresarial real. La demanda de expertos capaces de transformar la observación de campo en datos auditables exige profesionales que integren tecnologías avanzadas —como el ADN ambiental y la bioacústica— con la observación rigurosa en terreno. Dado que el “estado de la naturaleza” es hoy tan fundamental para los balances financieros como el flujo de caja, la conclusión, para los directorios, es ineludible: sin ciencia de campo, solo queda la incertidumbre de los especuladores de escritorio.
Roberto E. Yury Yáñez
Dr. (c) en Conservación y Gestión de la Biodiversidad
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