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¿Quién quiere administrar la ONU? Opinión

¿Quién quiere administrar la ONU?

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José Rodríguez Elizondo
Por : José Rodríguez Elizondo Periodista, diplomático y escritor
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Ya se inició el proceso para la elección-designación de un nuevo secretario general de la ONU. El tema importa en América Latina, pues candidatos son el diplomático argentino Rafael Grossi, la economista costarricense Rebeca Grynspan y la expresidenta chilena Michelle Bachelet, entre otros.


Ser “el más alto funcionario administrativo de la Organización” –así define al secretario general o “SecGen” la Carta de la ONU–, implica responsabilidades burocráticas superlativas. Un cálculo a la baja cifra el personal plurinacional en 130.000. Compensando ese desafío, el cargo luce gratificante en términos materiales. Magnífica remuneración, asignaciones extras, necesidades domésticas (residencia, movilización, servidumbre) resueltas por el presupuesto y una pensión de corto plazo (early retirement) mejor que cualquiera de plazo largo. El equivalente anual a un premio mayor de la Lotería.

Durante la Guerra Fría fue complejísimo ejercer el cargo, por su peso político simbólico. Protocolarmente equivale al de un jefe de Estado. Por eso, los celosos redactores de la Carta le impusieron, en su artículo 100, una doble neutralidad: internacionalizarse y despolitizarse a tiempo completo, personal dependiente comprendido. Vía reglamentación interna, esa neutralidad se expandió a todo el personal del sistema.

Para calzar tales requisitos con la tensionada realidad bipolar, los primeros cuatro SecGen fueron diplomáticos de carrera o excancilleres de países con cierta percepción de neutralidad. Se suponía que eso los haría  más confiables, pero ninguno lo pasó bien. Al noruego Trygve Lie le rechazaron su reelección porque los soviéticos lo consideraban pronorteamericano. El sueco Dag Hammarskjöld murió en un accidente aéreo, con mucha cara de atentado. Al birmano U Thant le birlaron el Premio Nobel de la Paz, por ser crítico de Lyndon Johnson durante la guerra de Vietnam. El austríaco Kurt Waldheim debió hacer filigranas para ocultar su pasado como oficial de la Gestapo y se supone que fue extorsionado por quienes debían saberlo.

Sorpresa sudaca

En insólita entrevista para la revista limeña Debate, días antes de ser designado quinto SecGen, el diplomático peruano Javier Pérez de Cuéllar (JPC) definió el cargo como “uno de los puestos más desagradables que se puede tener en el mundo  y tal vez el más difícil”. Agregó que era para masoquistas, “pues conlleva una enorme responsabilidad y muy poca independencia”. En sus memorias complementó esas percepciones, diciendo que en ningún momento propició personalmente su candidatura ni solicitó el apoyo de su cancillería. Suponía que el apoyo del Gobierno de Fernando Belaúnde obedeció “al fin loable de obtener un éxito diplomático”.

Sin embargo, tras decenas de votaciones infructuosas sobre otros candidatos, el propio Consejo de Seguridad le ofreció el cargo. Para los cinco del veto, el frío realismo del peruano confluía con un currículo onusianamente impecable: no había militado en partidos políticos, fue representante del Perú ante la propia ONU y, posteriormente, el SecGen incumbente lo designó Subsecretario General. En la organización, como antes en Torre Tagle, se le reconocía como diplomático sabio, culto, eficiente y por tanto negociador de excelencia.

JPC ratificó esa confianza. Durante su doble mandato (1982-1991) supo negociar el fin de la larga guerra Irak-Irán, los Acuerdos de Paz en Centroamérica, la independencia de Namibia y el retiro soviético de Afganistán. También promovió instancias de cooperación entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que prefiguraron el fin de la Guerra Fría.

En lo teórico, su aporte más notable fue la relativización del principio de no intervención, con base en el “deber de injerencia”. En su memoria institucional de 1991 lo explicó diciendo que “los autores de  atrocidades no pueden invocar ese principio y es legítimo adoptar medidas coercitivas a su respecto, especialmente en casos en que también está amenazada la paz”. Fue como si adivinara casos tan  extremos como el de Nicolás Maduro.

Entre sus muchos reconocimientos estuvieron el Premio Príncipe de Asturias y el Premio Nobel de la Paz para los Cascos Azules de su período. El más notable fue el elogio de los jefes de las dos superpotencias de la época. “El mundo entero aplaude los esfuerzos que desarrollan la ONU y su secretario general”, dijo el soviético Mijaíl Gorbachov. Y el estadounidense Ronald Reagan, que nunca fue un fan de la organización, declaró que “su liderazgo ha sido esencial para el éxito de los esfuerzos de mantención de la paz de la ONU”.

En las oficinas de New York, JPC ya era asumido más como general que como secretario.

Esa autoridad ya no existe

Fue comprensible que, tras esa performance, el fin de la Guerra Fría fuera percibido en la ONU como el inicio de “los dividendos de la paz”. Ya sabemos que fue un deseo candoroso. Pronto –en el mediano plazo– la hegemonía unipolar de los Estados Unidos mutó en una multipolaridad beligerante, inmune a las tesis del fin de las guerras.

Hoy los humanos estamos inmersos en una suerte de Guerra Tibia, con protagonismo de grandes potencias que incluso nos amenazan con el empleo del arma nuclear. Para los dos últimos pontífices católicos es una “tercera guerra mundial por partes”. Así, a semejanza de la Sociedad de las Naciones, su sucesora hoy es irrelevante en su tema fundacional. La ONU ni siquiera ha tenido rol en la guerra de Ucrania, uno de sus 51 países fundadores.

Por lo mismo, la importancia del SecGen ya no es lo que era. Hoy es un cargo más para habitarlo que para ejercerlo. Desde esa perspectiva, muchos lo perciben como de cúpula burocrática global o como escalón de poder nacional para gobiernos y políticos periféricos. Como correlato, las exigencias de experiencia diplomática, nacionalidad inaparente y neutralidad política dejaron de ser exigibles. El ghanés Kofi Annan llegó al cargo desde los rangos administrativos de la ONU y el ingeniero portugués António Guterres antes fue primer ministro socialista y luego Presidente de la Internacional Socialista.

Por efecto cascada, la abstinencia política que se exige a todos los funcionarios suele ser violada por los barones y baronesas del sistema, en favor de ideologías o emociones propias. Paradigmático fue el panegírico político a la muerte de Fidel Castro, tuiteado por la mexicana Alicia Bárcena, secretaria Ejecutiva de Cepal.

Paradoja final

Por lo señalado, si el SecGen ya no es incidente en los conflictos mundiales, sí puede serlo en los de su propio país. Para ese efecto, incluso puede contar con el apoyo de los sectores identitarios o políticos que existen en el funcionariado ONU. De ahí que decidir a quién postular como candidato, hoy es más complicado –si se tiene éxito– que durante los años de la Guerra Fría.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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