Opinión
Votar desde la ducha no fue el problema
Aquí está el punto que la autocrítica debiera decir en voz alta, sin circunloquios: confunden una crítica extendida al neoliberalismo heredado de la dictadura con un deseo popular de sustituir el capitalismo por un socialismo no definido.
Poco después de conocidos los resultados de la segunda vuelta para elección presidencial del pasado 14 de diciembre, surgieron algunos documentos donde se hace lo que resulta común después de una elección especialmente por parte de los derrotados. Tratar de explicarlas. Así se conoció un documento del diputado Gonzalo Winter (“Críticas, autocríticas, mitos y peligros”), otro del exministro Giorgo Jackson (“El fin de un ciclo, ¿qué esperar ahora? “), por cierto, como no, el documento del pleno del Partido Comunista de Chile, y otro del Partido por la Democracia, PPD (“Renovar la esperanza: el desafío de la nueva centroizquierda”).
Como si esto fuera poco, el destacado politólogo nacional, Alfredo Joignant escribió en el diario El país de España una columna titulada “La izquierda y sus documentos”, y el subsecretario del Interior, Guillermo Pickering, escribió en el diario El Mostrador una crítica a la autocrítica bajo el título “La falsa autocrítica de Giorgio Jackson o cómo pedir perdón sin arrepentirse de nada”. Leyendo tanto documento cobra mayor sentido un viejo aforismo popular sabio en decir que las elecciones no se ganan ni se pierden. Solo se explican.
El problema es que, cuando uno lee con calma, se entiende por qué Guillermo Pickering salió a decir que la “autocrítica” de Jackson parece más bien una absolución elegante: mucha prolijidad, poco arrepentimiento; mucho “tono”, poca revisión del núcleo.
Hay, además, un síntoma que se repite: Jackson —y, en menor medida, Winter— miran el naufragio y se quedan describiendo la espuma. La Convención Constitucional aparece como teatro de incidentes, escándalos y performances; incluso Jackson lista episodios que fueron, sin duda, “bombazos” comunicacionales —desde el caso Rojas Vade hasta votaciones “desde la ducha” y disfraces en el hemiciclo— como parte de esa brecha con la ciudadanía.
Todo eso ocurrió. Pero no es la explicación de fondo. Es, a lo más, el lenguaje visual de un problema más profundo.
Porque lo que viene fallando hace tiempo para esa izquierda no es su capacidad de enumerar anécdotas. Es su lectura del país real. Creyeron —con una convicción casi religiosa— que Chile mayoritariamente consideraba la transición pactada como una claudicación, y que el “modelo” era una estafa histórica sostenida por una élite. Y a partir de esa premisa, concluyeron que el pueblo quería “refundar”. Lo notable es que el pueblo se los dijo varias veces —y por vías distintas— que no.
En el plebiscito del 4 de septiembre de 2022, el Rechazo ganó con 61,86%. En la elección para el Consejo Constitucional del 7 de mayo de 2023 los partidos de derecha más el PDG obtuvieron 61,96%. Y en la segunda vuelta presidencial del 14 de diciembre de 2025, Kast ganó con alrededor de 58% frente a Jara. Tres veces y con papeletas distintas. A buen entendedor, pocas palabras.
Aquí está el punto que la autocrítica debiera decir en voz alta, sin circunloquios: confunden una crítica extendida al neoliberalismo heredado de la dictadura con un deseo popular de sustituir el capitalismo por un socialismo no definido. En algún momento, el proyecto pareció coquetear con la idea de “retomar el sueño de Allende”, pero sin hacerse cargo de que Chile —con todos sus enojos, desigualdades y malestares— no estaba pidiendo eso. Estaba pidiendo algo bastante más pedestre y más difícil: mejor seguridad, mejor salud, mejores pensiones, menos abuso, más movilidad, menos humillación cotidiana.
La historia de 1990 en adelante —con sus sombras, por cierto— no fue “un nuevo socialismo”. Fue algo más cercano a lo que muchas democracias europeas hicieron por décadas: humanizar el capitalismo, ampliar derechos sociales, construir capacidades del Estado, corregir desigualdades, y empujar crecimiento con redistribución gradual. Es un relato menos épico que la refundación, pero es el único que, hasta ahora, ha demostrado ser compatible con mayorías estables en democracia.
Por eso una autocrítica severa no debiera agotarse en “nos faltó conexión” o “hubo excesos identitarios”. Debiera reconocer que muchas propuestas del ciclo refundacional sonaron —y fueron leídas— como un intento de retirar o minimizar al sector privado de ámbitos donde la mayoría no quiere un monopolio estatal, sino mezclas: regulación estricta, provisión plural, competencia con reglas, y un Estado que garantice piso. Hasta en pensiones, donde existe harto descontento, las preferencias ciudadanas no han sido unánimes por “borrar” la lógica de cuentas individuales: una encuesta Criteria (enero 2025) mostraba que 66% prefería que el 6% adicional fuera íntegro a cuenta individual (y, en la izquierda, se inclinaba más por fórmulas mixtas).
En ese marco, Pickering tiene razón en una cosa —aunque uno pueda discrepar de su tono—: si el diagnóstico reduce el error a “formas”, “lenguajes” y “climas”, se salva el dogma. Y si se salva el dogma, se prepara el próximo fracaso.
Ahora, ojo con el péndulo interpretativo. También se equivocan quienes creen que nació un clivaje reemplazante del Sí/No, como si “Apruebo vs Rechazo” fuera la nueva identidad emocional permanente del país. No lo es. No tiene ese espesor histórico ni esa carga moral originaria. Y, de hecho, la alternancia sigue siendo regla: el propio Jackson subraya que desde 2009 se confirma repetidamente ese vaivén.
La pregunta, entonces, no es si habrá más documentos. Los habrá. La pregunta es si alguna vez se animarán a escribir la autocrítica que duele: nos equivocamos sobre lo que la mayoría quería, confundimos el malestar con mandato de reemplazo total, tratamos la transición como traición y terminamos hablando sobre el pueblo en vez de hablar con el pueblo. Si esa frase no aparece, lo de la ducha, los disfraces y las torpezas quedará como coartada perfecta: una forma elegante de no mirar el verdadero espejo.
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