Opinión
La estrategia internacional de Trump y el multilateralismo que viene (Segunda Parte)
Es un error pensar que un orden internacional basado en equilibrios precarios pueda sostenerse sin una sólida arquitectura institucional, aunque sea de mínimos. Estados Unidos en modo Trump no puede perdurar, tanto por reacción interna como del entorno global.
Los consensos mínimos para el orden internacional que viene
Los derechos humanos subsisten incluso en una lógica pragmática, por vía funcional. Sin garantías mínimas de dignidad, no hay estabilidad, ni desarrollo, ni cooperación sostenible. La experiencia reciente demuestra que la violación sistemática de derechos no es solo un problema moral, es también una fuente directa de inseguridad regional y global. La Declaración Universal de los Derechos Humanos sigue siendo formalmente aceptada por casi todos los Estados, y debería seguir siendo el principio constitutivo del orden.
La cooperación internacional debería ser asumida trasversalmente, aun aceptando que ha cambiado de naturaleza. De ser un instrumento de convergencia idealista, altruista y solidaria, se va convirtiendo en una herramienta de gestión de riesgos compartidos: cambio climático, pandemias, seguridad alimentaria, migraciones, colapsos estatales. En lugar de cooperar por afinidad, se coopera por necesidad.
América Latina, África, el sur global
El futuro del orden internacional no dependerá únicamente de las grandes potencias. Regiones como América Latina y África, tradicionalmente tratadas como periferias, se han vuelto sistémicamente necesarias. África concentrará hacia 2040 una cuarta parte de la población mundial y la mayor parte del crecimiento de la fuerza laboral global. América Latina seguirá siendo clave para la seguridad alimentaria, la transición energética y el acceso a minerales críticos.
Sin su integración efectiva, ningún multilateralismo será “inclusivo y eficaz” (ONU). La estabilidad del orden internacional dependerá tanto de la convergencia entre grandes potencias como de su capacidad para integrar de forma sostenible a América Latina y África como actores sistémicamente necesarios. Estas regiones no definirán las reglas del sistema, pero definirán su viabilidad material, social y climática.
Convertir la interdependencia con el sur global en desarrollo compartido y gobernable es un horizonte estratégico que las potencias hegemónicas deben tener en consideración. Y, por cierto, ninguna potencia, ni siquiera EE.UU., podría apoderarse de los recursos críticos y estratégicos que yacen en América Latina y África. Que en estos momentos la estrategia de Trump y Cía. aproveche la debilidad institucional y el deterioro productivo de Venezuela para hacerse con su principal recurso, no es lo mismo que pretender lo mismo con países consolidados institucionalmente, y tampoco, por cierto, podría hacerlo con todos. Es elemental.
El desafío
¿Vamos hacia un multilateralismo funcional, limitado, pero operativo y eficaz, en el que la rivalidad entre potencias se gestiona, se preserva la cooperación en bienes públicos esenciales y se conviene en que hay unas líneas rojas en la dignidad humana que no se pueden traspasar?
En este sentido, el refuerzo del sistema de Naciones Unidas –y los parámetros propuestos en el Pacto para el Futuro– no responde a una nostalgia idealista que el trumpismo desprecia, sino a una necesidad estratégica. No se trata de que la ONU imponga un orden inexistente –tampoco podría hacerlo– sino que funcione como un sistema de arbitraje, un indispensable y útil espacio para absorber tensiones, canalizar conflictos y gestionar riesgos que ningún Estado puede enfrentar por sí solo. La propuesta de UN80 para darle un nuevo impulso al sistema es el mínimo imprescindible a respetar, ya no solo por convicción sino por necesidad.
En última instancia, dadas las circunstancias presentes, el desafío no es imponer un orden ideal, aunque se debe seguir intentando avanzar en ello, sino evitar que la competencia haga inviable la convivencia internacional y termine en un colapso global. El realismo fundacional de este nuevo orden necesita instituciones, normas mínimas y una conciencia moral que recuerde –una y otra vez– que no todo es negociable.
Y volviendo a la NSS2025, cabe insistir en que para Estados Unidos mantener su posición estratégica y responder internamente a las demandas concretas de su población dependerá menos de imponer su supremacía que de reforzar las instituciones, aceptar los límites compartidos y la credibilidad moral que permiten que la competencia siga siendo compatible con la estabilidad global.
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