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La protesta en Irán y la detención de Nicolás Maduro Opinión Archivo

La protesta en Irán y la detención de Nicolás Maduro

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Pablo Franco Severino
Por : Pablo Franco Severino Analista Internacional.
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La combinación de sanciones financieras, vigilancia intensificada y congelamiento de activos ha comprimido los flujos de capital que alimentan los grupos proxis de Irán. La reacción de Teherán ha sido pragmática: reconfigurar intermediarios, diversificar mecanismos de pago y recurrir a rutas opacas.


La operación militar de Estados Unidos para capturar a Nicolás Maduro no constituye un hecho aislado; por el contrario, sacude profundamente el escenario internacional. Tal como hemos señalado en otras ocasiones, los conflictos de esta magnitud trascienden las fronteras nacionales y reconfiguran el tablero geopolítico. Esta operación repercute en la estrategia de influencia regional de Irán.

Los conflictos de Ucrania, Medio Oriente, el Sahel, Taiwán, el reconocimiento de Somalilandia y la crisis venezolana deben leerse como capítulos interconectados de un mismo proceso: el reacomodo del poder en el sistema internacional. No se trata únicamente de crisis locales; son señales de una competencia geopolítica que combina presión económica, operaciones encubiertas y maniobras diplomáticas. Comprender esa interacción resulta clave para anticipar riesgos y diseñar respuestas coherentes.

En Irán, la crisis económica ha dejado de ser un fenómeno técnico para convertirse en un problema político de primer orden. La fuerte devaluación de la moneda y la inflación sostenida han erosionado el tejido social y las expectativas ciudadanas. Cuando las protestas trascienden lo económico y adoptan consignas contra la élite gobernante, y cuando se extienden a estudiantes y barrios urbanos, la naturaleza del conflicto cambia: deja de ser una serie de demandas puntuales y se transforma en un desafío a la legitimidad.

En ese contexto, la estabilidad del régimen depende menos de indicadores macroeconómicos que de la cohesión de sus aparatos coercitivos y de la capacidad de la élite para ofrecer salidas políticas creíbles.

La respuesta oficial, una mezcla de represión selectiva y medidas paliativas, persigue dos objetivos: contener el desorden social y evitar el pánico en los mercados. Pero esa estrategia tiene límites. Si la Guardia Revolucionaria y las milicias Basij mantienen unidad, el régimen puede ganar tiempo; si aparecen fracturas, la crisis puede escalar con rapidez y volverse más impredecible.

En términos estratégicos, la mayor vulnerabilidad no es solo interna: una Irán debilitada reduce su capacidad de sostener redes de influencia en el exterior, lo que altera equilibrios regionales que ya estaban tensionados.

La detención de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses introduce una variable operativa que acelera ese proceso de reconfiguración. Más allá del impacto inmediato sobre una figura política, la operación interrumpe canales financieros y logísticos que conectaban a Caracas con aliados como Teherán. La detención de Maduro puede poner al descubierto rutas de reexportación, mecanismos de pago y redes diplomáticas que hasta ahora operaban con relativa impunidad.

En términos geopolíticos, la acción también envía un mensaje: hay capacidad y disposición para proyectar poder fuera del hemisferio occidental, lo que obliga a los aliados de Irán a revisar sus estrategias y a buscar alternativas menos vulnerables.

La combinación de sanciones financieras, vigilancia intensificada y congelamiento de activos ha comprimido los flujos de capital que alimentan los grupos proxis de Irán. La reacción de Teherán ha sido pragmática: reconfigurar intermediarios, diversificar mecanismos de pago y recurrir a rutas más opacas.

El uso de terceros países como nodos logísticos y la proliferación de lo que se denomina “flota sombra” son síntomas de una adaptación que busca mantener suministros energéticos e ingresos, aunque a costa de mayor riesgo y opacidad. Ese tránsito hacia la clandestinidad complica la trazabilidad y eleva la probabilidad de incidentes marítimos, ciberoperaciones y maniobras asimétricas.

Políticamente, estos golpes externos se convierten en herramientas de propaganda interna. La detención de aliados estratégicos permite a los gobiernos afectados endurecer la retórica, justificar medidas de seguridad y fortalecer canales no estatales como contrapeso a la presión internacional. En la práctica, esto consolida estructuras paralelas que pueden sobrevivir a la presión diplomática y económica, pero que también incrementan la volatilidad regional.

Desde una perspectiva estratégica, Irán probablemente combinará tres líneas de acción: reconfigurar redes y alianzas; reforzar a los grupos proxis y actores no estatales; y buscar soluciones diplomáticas y económicas que mitiguen el impacto de las sanciones. Operativamente, esto se traducirá en un mayor uso de intermediarios comerciales, apoyo logístico sostenido a grupos proxis y acciones limitadas en los ámbitos marítimo y cibernético diseñadas para enviar señales sin provocar una escalada militar abierta.

El escenario más plausible es, por tanto, de contención y realineamiento: adaptación de canales, mayor protagonismo de actores no estatales y diplomacia pragmática. No obstante, la combinación de crisis interna y pérdida de capacidad productiva pone en riesgo la sostenibilidad de la proyección exterior iraní –Hezbolá, los hutíes y otros grupos chiíes– y aumenta la probabilidad de tácticas asimétricas y de mayor opacidad logística.

Para la comunidad internacional, la lección es clara: se requieren respuestas coordinadas que combinen presión financiera, diplomacia y preparación para escenarios no convencionales, sin perder de vista el impacto humanitario interno. Solo un enfoque integrado permitirá anticipar fracturas, aprovechar oportunidades de desescalamiento y minimizar riesgos de contagio regional.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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