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De Antofagasta a Davos: qué entendemos por desarrollo Opinión

De Antofagasta a Davos: qué entendemos por desarrollo

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Maribel Vidal Giménez
Por : Maribel Vidal Giménez Directora de empresas y organizaciones de la sociedad civil
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La pregunta sobre qué entendemos por desarrollo sigue siendo urgente e inaplazable.


Mientras este fin de semana en Antofagasta se desarrollará el Encuentro Nacional de Vinculación Social (ENVIS) para pensar qué entendemos por desarrollo en Chile –escuchando voces ciudadanas, organizaciones y actores diversos sobre sus prioridades y aspiraciones colectivas–, la próxima semana, en Davos, otra cita global también girará en torno a la misma pregunta desde una escala diferente: cómo las sociedades y las economías del mundo pueden enfrentar sus desafíos compartidos.

La Reunión Anual del Foro Económico Mundial en Davos 2026 se realizará bajo el lema “Un espíritu de diálogo”, convocando a líderes de gobiernos, empresas, sociedad civil, ciencia y cultura a debatir cinco grandes desafíos globales: cooperación en un mundo cada vez más fragmentado; nuevas fuentes de crecimiento económico; inversión en las personas; despliegue responsable de la innovación; y prosperidad dentro de los límites del planeta. 

Esta agenda global pone en evidencia algo que también emerge con fuerza en el diálogo que se promueve en Antofagasta: el desarrollo no puede seguir siendo entendido como una suma de indicadores económicos aislados ni como un ideal autónomo, sino como un proceso colectivo profundamente anclado en las condiciones sociales, culturales y ecológicas que atravesamos.

En Chile, un reciente estudio encargado a Criteria por los organizadores del ENVIS (Balloon Latam y la Corporación 3xi), nos mostró que las prioridades inmediatas de la ciudadanía se concentran en empleo, economía, seguridad y salud, con una calidad de vida como núcleo integrador. Sin embargo, cuando la mirada se proyecta a cinco o veinte años, surgen preocupaciones que trascienden lo individual: cambio climático, gestión del agua, brechas territoriales y desarrollo rural. Esto indica que el sentido de desarrollo también es temporal y relacional: lo que significa ahora puede diferir de lo que necesitamos entender para asegurar sostenibilidad y equidad en el futuro.

La agenda de Davos, aunque en un contexto global y con actores distintos, señala desafíos similares. El debate sobre nuevas fuentes de crecimiento y prosperidad dentro de los límites planetarios no es solo una discusión técnica sobre economía o ambiente, sino una invitación a preguntarnos qué clase de crecimiento queremos y para quién. La inversión en las personas y el despliegue responsable de la innovación subrayan que el desarrollo implica capacidades humanas, protección social y justicia intergeneracional –no solo productividad o eficiencia–. 

Que estos debates ocurran simultáneamente –en Antofagasta y en Davos– nos recuerda que el desarrollo es un concepto mutable, que debe ser constantemente interrogado, cuestionado y reconstruido a partir de los contextos, voces y necesidades de quienes lo padecen o lo promueven. Si dejamos de preguntar qué entendemos por desarrollo, corremos el riesgo de reproducir narrativas impuestas o modelos que solo sirven a una minoría de actores o intereses.

Por eso, desde Antofagasta hasta Davos, la pregunta sobre qué entendemos por desarrollo sigue siendo urgente e inaplazable. No es un ejercicio abstracto, sino el fundamento de las decisiones que darán forma a nuestras economías, a nuestras comunidades y al planeta que heredarán las próximas generaciones.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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