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Barbie autista: cómo la “inclusión” es un buen eslogan para ganar dinero Opinión

Barbie autista: cómo la “inclusión” es un buen eslogan para ganar dinero

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Paloma Constanza Fuentes Arriaza
Por : Paloma Constanza Fuentes Arriaza Estudiante de Doctorado en Educación en la Pontificia Universidad Católica de Chile, Magíster en Educación de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
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La Barbie autista encaja perfectamente en este patrón. Está cuidadosamente peinada, su vestuario combina, su cuerpo es delgado, sus brazos y piernas estilizados, su sonrisa permanente y sus cejas impecables.


Esta semana Mattel presentó su nuevo producto: una Barbie autista. Bajo el ya familiar eslogan de que “esta muñeca ayudará a que más niños y niñas se sientan representados”, Jamie Cygielman, directora global de muñecas de la compañía, señaló que esta Barbie “contribuye a ampliar lo que entendemos por inclusión en los pasillos de juguetes y más allá, porque todos los niños merecen verse representados en Barbie”.

Al leer la noticia, fue inevitable recordar que esta no es la primera vez que Mattel lanza una línea de Barbies “inclusivas”. Ya existen la Barbie ciega, la Barbie Sorda, la Barbie con síndrome de Down. En un primer momento, estas iniciativas suelen ser recibidas con entusiasmo: parecieran gestos positivos hacia la visibilización de la diversidad, intentos por representar cuerpos y mentes que históricamente han quedado fuera de la norma. Sin embargo, cuando se observan con mayor detención, estas Barbies “inclusivas” se asemejan menos a una apuesta sustantiva por la inclusión y más a una estrategia de marketing que instrumentaliza la discapacidad como valor de consumo. Una apropiación superficial y altamente rentable de la diferencia.

¿Por qué sostengo esto?

Porque la visibilidad de la discapacidad en la cultura popular suele producirse a través de mecanismos profundamente asimiladores. La discapacidad es aceptada solo en la medida en que logre ajustarse a una representación previamente establecida de lo que una persona con discapacidad “debería” ser. La Barbie ciega, por ejemplo, sigue siendo delgada, de pelo largo, hermosa, con un rostro simétrico y un cuerpo normativo. Tiene dos ojos bien proporcionados —aunque no vea— y un bastón blanco que funciona como marcador reconocible de su identidad. No puede tener ojos que se salgan de la norma estética. No puede ser gorda. No puede desordenar el molde. Su peinado y su maquillaje deben mantenerse impecables.

Así, pese a la aparente buena intención, la representación de la discapacidad en estos productos continúa operando como una apropiación estética que debe acomodarse al gusto popular. No vaya a ser cosa de mostrar una Barbie en silla de ruedas con sobrepeso o con piernas extremadamente delgadas producto del no uso. Eso sería incómodo. Eso rompería la ilusión. Eso, aparentemente, sería “demasiado”.

La Barbie autista encaja perfectamente en este patrón. Está cuidadosamente peinada, su vestuario combina, su cuerpo es delgado, sus brazos y piernas estilizados, su sonrisa permanente y sus cejas impecables. Los elementos que buscan señalar su condición son mínimos y controlados: unos audífonos, ropa ligeramente más suelta, una mirada que se sugiere desviada. Lejos de cuestionar los prejuicios asociados a la discapacidad, esta representación los consolida. Refuerza la idea de que, para ser socialmente valoradas, las personas con discapacidad deben parecerse lo más posible a un ideal normativo, a una versión aceptable y cómoda para quienes no tienen discapacidad.

La cultura popular opera con reglas implícitas sobre qué cuerpos son mostrables: cuerpos jóvenes, sanos, funcionales, armónicos. Los cuerpos con discapacidad tensionan esas reglas, las desestabilizan. Por eso, cuando aparecen, lo hacen cuidadosamente maquillados, suavizados, “corregidos”. No veremos una Barbie con síndrome de Down que no tenga la piel lisa, los labios definidos, un cuerpo normativo y un cabello abundante y brillante.

Lo que se representa, entonces, no es la discapacidad como experiencia vivida, sino la discapacidad como marcador de diferencia. Un recurso visual que permite decir “aquí hay algo distinto”, sin alterar realmente las lógicas del producto ni del mercado. Una forma de generar ternura, inspiración o lástima; de hablar de superación personal. Pero, como señaló con contundencia Stella Young en su ya célebre TED Talk: “No soy tu inspiración, muchas gracias”.

Muchas representaciones culturales utilizan la discapacidad como un “parche narrativo”: un recurso que permite que el mensaje funcione. La discapacidad aparece entonces como carencia o como prótesis simbólica y rara vez se muestra la complejidad de la experiencia cotidiana de vivir con discapacidad.

Y en ese sentido, la Barbie autista lo sintetiza todo: bastan unos audífonos y un par de gestos diferenciadores para dar por resuelta la inclusión. ¿Mostrar experiencias diversas? ¿Producir más de una Barbie autista? No parece necesario. Una sola versión “aceptable” es suficiente.

Y no, poner la imagen de una persona con discapacidad en una campaña publicitaria para vender una polera no es inclusión. Utilizar a un actor en silla de ruedas para representar “superación” no es inclusión. Diseñar una muñeca con rasgos apenas modificados para que “parezca” tener síndrome de Down no es inclusión. Sí, es cierto que muchas de estas iniciativas consultan a organizaciones de personas con discapacidad. Pero la consulta, por sí sola, no transforma automáticamente estas estrategias en prácticas inclusivas.

Si realmente se quiere aportar, el primer paso es dejar de usar la discapacidad como recurso de marketing. Conocer a las personas con discapacidad, escuchar sus experiencias, reconocer la diversidad de sus formas de existir. Y recién desde ahí, pensar cómo representarlas. No para vender más, no para sumar puntos, sino para abrir espacio a otras maneras de estar en el mundo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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