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La silenciosa erosión de la educación pública Opinión

La silenciosa erosión de la educación pública

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Carlos Navarrete
Por : Carlos Navarrete Académico Facultad de Ingeniería Universidad de Concepción, Director de Inteligencia Artificial Streamdata, Investigador Núcleo Milenio MEPOP.
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Cifras más o cifras menos, siempre podemos contarnos la historia que deseemos. En medio de la disputa ideológica, los datos se utilizan con frecuencia para confirmar visiones de mundo preexistentes, más que para enfrentar los problemas estructurales que revelan.


Cada inicio de año está marcado por la entrega de los resultados de la Prueba de Admisión a la Educación Superior (PAES). Más allá de los cambios metodológicos en la forma en que evaluamos a quienes ingresan a la educación superior, la discusión pública se repite casi sin variaciones: el ranking de los cien mejores colegios de Chile. Así, basta conocer la posición ideológica de una persona para anticipar, con bastante precisión, la lectura que hará de esos resultados.

Sin embargo, hablar de cifras –en particular, de las de la educación pública– es indispensable y no debiera ser un tabú para ningún sector político. Los datos muestran una tendencia persistente y preocupante. En 2004, casi uno de cada cinco estudiantes que integraban el 1% con mejores puntajes (entre las pruebas de comprensión lectora/lenguaje y matemáticas/M1) provenía de liceos municipales (17,2%). En 2026, esa proporción cayó a menos de uno de cada diez (8,3%). La caída no es abrupta ni responde a un evento puntual, sino a un deterioro sostenido que se extiende por más de dos décadas.

El patrón se confirma al ampliar la mirada. En el top 10% de mejores puntajes, la participación de estudiantes provenientes de educación municipal pasó del 20,6% en 2004 al 13,2% en 2026. Año tras año, la merma es cercana a medio punto porcentual, lo que muestra un goteo lento pero constante que, acumulado en el tiempo, ha terminado por consolidar una brecha estructural difícil de ignorar.

Al mismo tiempo, la mitad del 10% de estudiantes con mejores resultados proviene de la educación particular pagada, un sector que representa apenas el 12% de quienes rindieron la reciente PAES. El 88% restante –educación municipal, Servicios Locales de Educación Pública (SLEP) y particular subvencionada– se reparte la otra mitad. Esta desproporción evidencia un sistema segregado, donde el origen escolar continúa siendo un predictor extraordinariamente fuerte del desempeño académico, y donde la promesa de movilidad social aparece crecientemente debilitada.

¿Qué es lo más lamentable de esta situación? 

Que, cifras más o cifras menos, siempre podemos contarnos la historia que deseemos. En medio de la disputa ideológica, los datos se utilizan con frecuencia para confirmar visiones de mundo preexistentes, más que para enfrentar los problemas estructurales que revelan.

Esta trayectoria debería obligarnos a una reflexión más honesta sobre el estado de la educación pública y sobre las limitaciones reales del discurso meritocrático en Chile. Escribo estas líneas no solo como académico de una universidad tradicional, sino también como exalumno del Liceo A-59 de Los Ángeles y de la Escuela D-1228 de Huépil. Desde esa experiencia, observo con preocupación cómo la educación pública sigue perdiendo terreno en silencio, mientras su deterioro se normaliza y se aleja, año tras año, del centro del debate público.



  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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