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Golpe brutal de Trump contra el combate al cambio climático
Esta retirada masiva podría tener como objetivo no solo debilitar las negociaciones climáticas y el multilateralismo, sino también dividir a las naciones y disminuir la influencia de la Organización de las Naciones Unidas.
En su persistente campaña por obstaculizar la acción climática global, el Presidente Trump, el 7 de enero pasado, tomó una decisión que algunos han calificado como un golpe brutal contra el combate al cambio climático, pero no es sólo eso: también es un error de proporciones históricas.
Se trata del retiro de los Estados Unidos de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), cuyo propósito es establecer un marco legal para las negociaciones internacionales con el fin de abordar el cambio climático. Desde su adopción, 198 países la han ratificado. Estados Unidos fue el primer país industrializado en unirse, tras la aprobación por parte del Senado.
Esta decisión representa un acto singular, incluso absurdo. Se produce en un momento en que las advertencias científicas formuladas hace una década se han convertido en una realidad palpable. Por ejemplo: persiste el acelerado incremento de las temperaturas (el año 2025 registró la temperatura más alta de nuestra historia), la elevación del nivel del mar, el aumento constante de las emisiones de gases de efecto invernadero y el incremento de los costos asociados a desastres climáticos extremos.
La temperatura media global en 2025 superó el límite de los 1,5°C fijado en el Acuerdo de París, con un récord de más de 60 gigatoneladas de CO2 equivalentes en emisiones. Se registraron más de 30 desastres climáticos devastadores, causando daños superiores a US$ 170.000 millones solo en América del Norte. A todo ello, es preciso agregar la inminente amenaza de que se alcancen “puntos de no retorno” en el sistema climático, los cuales podrían desencadenar cambios catastróficos e irreversibles.
La orden ejecutiva también contempla la retirada del principal organismo mundial de científicos del clima, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC). Cabe destacar, sin embargo, que esta acción no altera en modo alguno las realidades científicas ya verificadas y su trabajo futuro que continuará con el apoyo de la mayoría de las Partes de la Convención. Y eso no es todo, incluye también la retirada de otras 64 organizaciones multilaterales, la mitad de las cuales están afiliadas a las Naciones Unidas.
Estas organizaciones se encuentran activamente involucradas en iniciativas relacionadas con el medio ambiente, la conservación de la naturaleza, las migraciones humanas, las crisis alimentarias y las investigaciones climáticas. Seguramente, esta postura va a generar tensiones en las relaciones diplomáticas con aliados para quienes el desarrollo sostenible, la protección del medio ambiente y la lucha contra el cambio climático representan prioridades fundamentales.
Además, este retiro masivo no podrá parar la tendencia hacia un mundo bajo en carbono, la cual ya es un motor de crecimiento para numerosos países. Por lo tanto, en ese ámbito no se experimentarán cambios significativos a corto plazo. La inversión global en energías bajas en carbono y en las renovables actualmente supera en dos a uno a la inversión en combustibles fósiles. La custodia de la industria petrolera venezolana no tendrá un impacto perceptible, especialmente si consideramos la reticencia manifestada a Trump, hace unos días por los directores ejecutivos de la industria petrolera estadounidense, respecto a realizar inversiones sustanciales en ese país.
No haber evaluado cuidadosamente las repercusiones que tendrá esta retirada masiva para los ciudadanos y empresas estadounidenses, es el error crucial. Probablemente resultará en mayor inestabilidad y disminución de la prosperidad en su país, al reducir su acceso a energías limpias en actividades relativas a alimentos, transporte y seguros para hogares y empresas.
En contraste, en el resto del mundo, las energías renovables inundarán los mercados ya que serán más económicas que los combustibles fósiles. A medida que los desastres climáticos impacten con mayor severidad los sistemas agroalimentarios, las empresas, las infraestructuras y a medida que la volatilidad del petróleo, carbón y gas genere más conflictos, inestabilidad regional y migración forzada, las energías renovables se convertirán en la solución crucial.
La salida de Estados Unidos de la Convención Climática, desde el ángulo de las relaciones internacionales, es de por sí chocante porque es el mayor deudor histórico en cuanto a emisiones contaminantes. Es, además, el principal responsable de una proporción significativa de las emisiones de dióxido de carbono acumuladas en la atmósfera desde el inicio de la Revolución Industrial en el siglo XIX.
Hasta el año 2006, Estados Unidos fue el mayor emisor de dióxido de carbono, siendo superado ese año por China. Sin embargo, Estados Unidos aún mantiene el primer lugar en emisiones per cápita. En contraste, China y la gran mayoría de países de la Unión Europea, India, Brasil, Reino Unido, entre otros, han reforzado sus compromisos climáticos para alcanzar tope de emisiones entre 2030 y 2040, y la neutralidad de carbono antes de 2060.
De la misma forma, su retirada significa que no podrá participar en futuras negociaciones globales sobre energías renovables y las medidas de adaptación a los riesgos climáticos, lo que podría resultar perjudicial para sus propios intereses económicos y estratégicos. China se está consolidando como el líder indiscutible en este ámbito a nivel mundial. Por lo tanto, sería contraproducente para Estados Unidos dejar abierta la posibilidad de que otros países definan las futuras normativas globales en un sector inevitablemente en expansión: la transición hacia las energías renovables. Es fundamental cuestionarse si los inversionistas estadounidenses permitirán que se les escape la oportunidad de invertir billones de dólares, generando así más empleos, reduciendo los costes energéticos y creando nuevos mercados para las tecnologías limpias en su propio país.
Las inversiones en fuentes de energía de bajo contenido de carbono alcanzan actualmente más de 2 trillones de dólares anuales, superando ampliamente la inversión anual de 1 trillón de dólares destinada a combustibles fósiles. La energía renovable experimentó en el mundo un crecimiento del 15% el año pasado, representando más del 90% de la nueva capacidad de generación eléctrica instalada. Los vehículos eléctricos constituyen actualmente aproximadamente una quinta parte de los automóviles nuevos vendidos a nivel mundial. La energía de bajo contenido de carbono representa más de la mitad de la capacidad de generación de China e India, y las exportaciones chinas de bienes y servicios de bajo contenido de carbono superaron los 2 billones de dólares en un solo mes en el año 2025.
Corresponde ahora a los ciudadanos estadounidenses evaluar la pertinencia de esta retirada y las implicaciones en sus vidas. Ellos serán los más afectados por las consecuencias de la crisis climática. Los incendios forestales ocurridos en enero de 2025 en California provocaron la evacuación de más de 200,000 personas. Los agricultores enfrentan actualmente plagas desconocidas, sequías prolongadas e inundaciones recurrentes. La habitabilidad de ciertas zonas se está viendo comprometida y las compañías de seguro ya no aceptan asegurar viviendas en esas zonas en vista que los eventos climáticos extremos generaron pérdidas económicas para el país que ascendieron a al menos US$ 125,000 millones durante el año pasado. Es decir, habría que pensarlo dos veces, antes de dar curso definitivo a esa orden ejecutiva.
A manera de conclusión, resulta imperativo realizar una reflexión exhaustiva desde otro ángulo. Esta retirada masiva podría tener como objetivo no solo debilitar las negociaciones climáticas y el multilateralismo, sino también dividir a las naciones y disminuir la influencia de la Organización de las Naciones Unidas y las agencias internacionales encargadas de administrar estos Tratados. Sin embargo, este escenario podría generar una paradoja. El futuro de Estados Unidos no será determinado de manera indefinida por la actual administración de Trump, cuya presidencia concluye en noviembre de 2028.
Por consiguiente, no se puede descartar la posibilidad de que la estrategia de Trump sea otra y consista en crear, por una parte, caos al atacar al multilateralismo y a las Naciones Unidas y, por otra, propiciar conflictos territoriales, incluso bélicos que, en 2028, justifiquen su permanencia en el poder por un tercer período. En la actual era de la incertidumbre, todas estas posibilidades son plausibles. Lo preocupante es la ausencia de oponentes decididos, al frente, en cualquier ámbito.
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