Opinión
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Cuando la ciencia calla: la urgencia de un piso común
Una sociedad moderna no se define solo por su crecimiento económico o por la alternancia del poder. Se define, sobre todo, por cómo entiende y explica el sufrimiento y el bienestar de las comunidades y la sociedad; y por las herramientas que decide usar para hacerse cargo de estas dimensiones.
Estaba perdiendo tiempo en Instagram y entre los incendios y la aparente unión de Groenlandia e Islandia, me encontré con un testimonio estremecedor: el de una mujer con diagnóstico psiquiátrico que, en un estado de profunda vulnerabilidad, fue sometida a un exorcismo (sí, ¡exorcismo!) por figuras hoy vinculadas directamente al mundo político ultraconservador que gobernará el país desde marzo.
Independientemente de que esta historia sea un hecho, un malentendido, una exageración, o una copucha, estamos hablando de un exorcismo. No como metáfora. No como performance. No como ficción, sino como práctica real ocurrida en Chile en pleno siglo XXI.
No se trata de un episodio anecdótico. Es un síntoma.
Primero, como neurocientífico y académico, debo dejar claro que el sufrimiento humano no es posesión demoníaca, bajo ningún caso. Esto no es real. Numerosos estudios muestran que entornos sociales percibidos como amenazantes o invalidantes tienen efectos medibles en la salud mental. El estrés crónico, la ansiedad anticipatoria, la sensación de inseguridad o de no pertenencia, generan alteraciones neurofisiológicas que afectan el sueño, el estado de ánimo, el funcionamiento ejecutivo y los vínculos interpersonales. De nuevo, desde la neurociencia y la neuropsicología clínica, se sabe con certeza que las condiciones neuropsiquiátricas no son fallas morales, no son castigos, no son “puertas abiertas al mal”. Son fenómenos complejos, encarnados, situados, profundamente influenciados por la biología, la historia personal y el entorno construido y social.
Esa es la realidad, uno lo crea o no. Vivir es complejo.
Entonces, cuando una persona que sufre una condición neuropsiquiátrica es llevada a creer que su dolor se debe a su sexualidad, a su identidad, a su deseo, lo que ocurre no es sanación. Es daño. Es culpa inducida. Es un ataque directo a su salud. Es una forma de violencia simbólica que deja huellas concretas, observables y medibles en el sistema nervioso: aumento del estrés, disociación, vergüenza, deterioro de la autoestima, ruptura del vínculo con el propio cuerpo, entre otros.
Eso no es fe ni bondad y tenemos un concepto para eso: iatrogenia. La iatrogenia es cuando una intervención que se supone debía ayudar (un tratamiento, una práctica, un servidor público, una política pública) termina causando daño. No por mala intención necesariamente, sino principalmente por ignorancia, dogma o exceso de poder sobre otro organismo.
Me gustaría parafrasear al gran Carl Sagan y hacer énfasis en el hecho de que una sociedad que se entrega a explicaciones mágicas y/o místicas para fenómenos complejos, queda inevitablemente desarmada frente al autoritarismo. Terriblemente, es lo que estamos viendo en varias partes del planeta hoy en día. Esto no es porque la espiritualidad sea peligrosa, sino porque cuando la ciencia calla y deja de ser el piso común de nuestra sociedad, se puede imponer cualquier relato como verdad. Colegas, tenemos que ponernos las pilas urgentemente.
La ciencia, bien entendida y practicada, no es un dogma. Es un método colectivo para no engañarnos demasiado. Para distinguir entre creencia, anécdotas y evidencia. Una sociedad que permite que el sufrimiento mental sea reinterpretado como “posesión” y tratado con rituales de expulsión, en lugar de con cuidado, evidencia, respeto y dignidad, no solo falla en salud pública, falla éticamente.
Por ahí se ha querido instalar el anodino análisis que usa el neologismo “canutofobia”. Es legítimo y necesario revisar cualquier prejuicio estructural, y es inaceptable que se ataque o ridiculice a alguien por su fe. Que quede claro entonces, que esto no se trata de fe versus laicidad. Lo diré directamente para que no sigamos bajando el nivel de la conversación: esto no es un ataque a la fe ni a las personas creyentes.
La espiritualidad, cuando es vivida libremente y sin imposición, es un poderoso recurso de sentido, cuidado y creación de comunidad. El problema aparece cuando una cosmovisión religiosa particular se convierte en criterio de diagnóstico, en justificación de prácticas dañinas, o en base para políticas públicas que niegan formas del vivir que no caben dentro de ese dogma. Entonces, cuando personas vinculadas al poder político han participado en prácticas como estas, y cuando quienes podrían llegar a dirigir instituciones clave han defendido visiones que patologizan la diversidad sexual y reproductiva, la discusión deja de ser ideológica, sino que pasa a ser una pregunta básica de salud mental colectiva: ¿estamos dispuestos a vivir en una sociedad donde el sufrimiento se trate con ciencia, derechos y cuidado, o en una donde se explique con demonios, culpa y silencio?
Lamentablemente esa no es una pregunta del pasado, es una pregunta urgente del presente. Y la respuesta no define solo al incumbente gobierno de ultraderecha sino que también al tipo de país que estamos dispuestos a habitar. Desde la neurociencia sabemos que no hay pensamiento desconectado del cuerpo, ni cuerpo desconectado del entorno. Lo que ocurre en la esfera pública afecta la arquitectura íntima de nuestra experiencia. Y por eso, hoy más que nunca, el poder tiene que ejercer su fuerza no para dañar, sino para cuidar.
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