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Estamos a tiempo: Mapocho y glaciares protegidos Opinión

Estamos a tiempo: Mapocho y glaciares protegidos

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Victoria Uranga Harboe
Por : Victoria Uranga Harboe Presidenta de la Corporación Defensa de la Cuenca del Mapocho
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¿De qué protección hablamos cuando, aguas arriba, se intervienen sus afluentes y glaciares, poniendo en riesgo la disponibilidad hídrica para la población y para los frágiles ecosistemas cordilleranos y precordilleranos?


La reciente declaración de admisibilidad de los recursos de invalidación del proyecto Los Bronces Integrado de Anglo American no es un mero trámite administrativo. Con este hito se reanuda una discusión de fondo que estuvo suspendida: la evaluación de un proyecto de alto impacto que interpela directamente la capacidad de la institucionalidad ambiental chilena para cumplir su mandato esencial de proteger la vida, a las personas y a los ecosistemas de los que somos parte.

Mientras celebramos —con justa razón— la declaratoria del río Mapocho como humedal urbano y valoramos su protección como un avance en el reconocimiento de la naturaleza como sujeto de cuidado, resulta imposible ignorar la profunda contradicción que ello encierra. ¿De qué protección hablamos cuando, aguas arriba, se intervienen sus afluentes y glaciares, poniendo en riesgo la disponibilidad hídrica para la población y para los frágiles ecosistemas cordilleranos y precordilleranos?

Durante años nos han dicho que este proyecto minero es “necesario”, “estratégico”, “compatible”… ¿Compatible con qué? ¿Con una cuenca del río Mapocho severamente intervenida, con su ecosistema glaciar dañado, con una Región Metropolitana que arrastra más de una década de crisis hídrica estructural y con un país que observa con dolor cómo el centro-sur de Chile arde una y otra vez bajo incendios cada vez más devastadores?

La sequía prolongada y los incendios forestales no son catástrofes naturales inevitables. Son la expresión cruda de un modelo que trata a la naturaleza como un supermercado inagotable, y no como lo que es: nuestro propio cuerpo extendido

El antropólogo Philippe Descola, plantea que la visión de la naturaleza como recurso es un sesgo cultural que al identificar a los ríos, glaciares y montañas como objetos explotables, les quita voz, historia y dignidad. ¿Qué murmurará el cauce del río Penco mientras observa los focos del incendio en lugares como donde la empresa Aclara Resources busca instalar su proyecto minero de extracción de tierras raras pese a la oposición de la comunidad local?

Lo que ocurre en las regiones de Biobío y Ñuble, en la Patagonia y en muchas otras partes del mundo, es el resultado de múltiples decisiones políticas y económicas. Como dice Bruno Latour, la Tierra ha dejado de ser un telón de fondo pasivo para convertirse en un actor que nos interpela. El fuego que avanza por el sur, la escasez de agua que golpea a las comunidades –hace una semana científicos de la ONU anunciaron el inicio de la “Era de la bancarrota hídrica global”–, la pérdida de biodiversidad, no suceden allá “afuera”. Son el síntoma de un organismo vivo —del cual formamos parte— que ha sido llevado al límite.

Por eso, proteger los ecosistemas hídricos no es una consigna ambientalista ni un lujo ideológico. Es una condición básica para la supervivencia, para la adaptación al cambio climático, para cualquier proyecto honesto de presente y futuro. Cuencas sanas mantienen el ciclo del agua, amortiguan los extremos climáticos, sostienen la vida humana y no humana. Dañarlas es debilitar nuestra propia capacidad de respuesta frente a las crisis.

En este contexto, con la admisibilidad de los recursos contra el proyecto Los Bronces Integrado de Anglo American se abre una puerta que no podemos volver a cerrar. Permite revisar con rigor si este proyecto es compatible con el derecho al agua de las personas, con la protección del sistema glaciar, con la salud de los ecosistemas y de las personas. Permite, en definitiva, no llegar otra vez demasiado tarde.

No estamos “cuidando el medio ambiente”; estamos intentando reparar el tejido que nos mantiene vivos. No hay cultura posible sobre una tierra seca, ni economía sostenible sobre una cuenca destruida, no hay vida sin agua.

Todavía estamos a tiempo. A tiempo de que la institucionalidad ambiental cumpla su rol. A tiempo de reconocernos como habitantes terrestres, profundamente dependientes del agua, de los cerros, de los ríos y de los otros seres vivos. A tiempo de entender que defender la cuenca del río Mapocho, ahora reconocido como humedal urbano, es proteger la vida que fluye desde los glaciares hasta el mar. 

Como dice Donna Haraway “Es imposible partir de cero, pero aún podemos pensar e imaginar futuros de supervivencia, tejer redes de recuperación en una tierra dañada”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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