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La autonomía socialista Opinión Crédito: Agencia Uno

La autonomía socialista

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Fredy Cancino
Por : Fredy Cancino profesor de historia
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Más adelante, vendrá el momento de las coaliciones electorales, ojalá en torno a una sólida plataforma democrática y reformista, compartida con otras fuerzas del centro y de la izquierda del país.


Las derrotas electorales siempre abren un período de balances y, en el mejor de los casos, reflexiones críticas y golpes de timón.

La izquierda chilena, y en especial el Partido Socialista, enfrenta hoy ese momento. Consciente de que no basta la retórica unitaria ni la adhesión sin condiciones a proyectos ajenos, el PS ha comenzado a levantar su voz y afirmar algo que durante largo tiempo pareció extraviado: su propia autonomía.

En una entrevista reciente, la presidenta del partido, Paulina Vodanovic, fue clara: “No vamos a seguir sumándonos a proyectos políticos ajenos” (La Segunda, 16 enero). Una frase con implicancias posteriores, como la reciente reunión de los partidos del Socialismo Democrático junto a la DC en que se comenzó a delinear el tipo de oposición que este sector político desplegará ante el gobierno de Kast. Fue el punto de inflexión necesario después de años en que el PS pareció difuminarse entre estrategias forjadas por la izquierda maximalista, diluyendo su perfil ideológico en nombre de la unidad y la gobernabilidad.

La etapa que se abre es exigente, porque el naufragio del último ciclo dejó, además de una maciza derrota presidencial, un reguero de críticas soterradas entre aliados. Basta recordar el choque entre sectores del FA-PC y el PS sobre la autoría de la ley Nain-Retamal, a propósito de la absolución del excarabinero Crespo, autor de los disparos a Gustavo Gatica (recientemente electo diputado) durante el estallido social.

Las acciones compartidas durante ese estallido y la primera Convención, han sido sustituidas por reproches cruzados y diagnósticos divergentes sobre esos monumentales fracasos. En ese contexto pasado, resulta ilusorio suponer que la oposición al futuro gobierno de José Antonio Kast pueda estructurarse en forma unánime por obra de la simple retórica.

En efecto, ya se asoman diferencias de fondo sobre el tipo de oposición que corresponde ejercer. Mientras algunos sectores promueven una oposición de confrontación, con salidas de calle, el PS ha señalado otro camino. Así lo declaró su presidenta en la misma entrevista: “Seremos una oposición dialogante que tratará de construir soluciones y, si para llegar a soluciones es necesario llegar a acuerdos, estaremos disponibles”. Esa es una señal relevante, pues no se trata de coquetear con el oficialismo futuro, sino de ejercer una oposición con vocación de Estado, capaz de construir certezas y no solo barricadas, y de preparar un retorno al gobierno cualitativamente superior.

Para ocupar ese lugar, el socialismo chileno necesita más que declaraciones. Requiere una tarea profunda de rescate y renovación, como fue el iluminante título de un libro de Jorge Arrate en los años 80. Es decir, volver a pensar su rol en el siglo XXI, reconstruir su identidad a partir de su raigambre histórica, después de años en que esta se fue amoldando al relato y culturas políticas ajenas. Fueron otros quienes marcaron el tono, el lenguaje, los símbolos, las campañas. Y en aras de la unidad, el socialismo democrático acompañó con lealtad y disciplina, pero al precio de subsumirse en la coalición.

Hoy la situación exige lo contrario: elaborar una mirada propia sobre los desafíos que vienen –seguridad, migración, modelo económico, reformas constitucionales, derechos sociales sostenibles– y hacerlo con audacia y sin rendir cuenta a nadie. La historia del socialismo chileno es larga y rica; su aporte a la democracia y a la justicia social está más que probado, pero necesita una nueva formulación que lo renueve sin negar su historia. En ese enfoque, su autonomía política no es aislamiento ni cierre a acciones en conjunto con todas o partes de la futura oposición; por el contrario es capacidad de proponer salidas que digan algo más que las unanimidades forzadas.

Como he señalado, no se trata de romper con otros sectores de oposición, como podría pensarse desde el unitarismo obligado. Un partido con ideas propias, con fisonomía reconocible, puede ser un socio valioso en cualquier acuerdo, incluso más que aquel que se disuelve en alianzas puramente electorales. 

Es un proceso que no puede improvisarse ni ser dictado por las élites. Requiere debate, reflexión abierta (incluso con participación de la sociedad civil), revisión crítica de los últimos años y una reconstrucción programática seria. Solo entonces el socialismo podrá hablar con voz propia, sin tener que repetir las consignas de otros ni buscar espacios diluidos. Sería un interlocutor valioso, no solo por su historia, sobre todo por su proyecto de Chile futuro.

Más adelante, vendrá el momento de las coaliciones electorales, ojalá en torno a una sólida plataforma democrática y reformista, compartida con otras fuerzas del centro y de la izquierda del país. Pero eso vendrá después, hoy, el paso imprescindible es recuperar la iniciativa y el sentido de su ser político, social y cultural. Seguramente, en ese trayecto, el socialismo se reencontrará con lo mejor de sí mismo.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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