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Las cuatro encrucijadas de Kast Opinión AgenciaUno

Las cuatro encrucijadas de Kast

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Álvaro Ramis Olivos
Por : Álvaro Ramis Olivos Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (UAcademia). Teólogo, doctor en filosofía
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La pregunta no es si existen encrucijadas y contradicciones —esas son inevitables—, sino si la nueva administración será capaz de reconocerlas a tiempo y gobernar dentro de sus límites, antes de que sean los hechos los que impongan su propia corrección.


La instalación del nuevo gobierno ya deja ver, con nitidez creciente, al menos cuatro encrucijadas estructurales. No se trata de tropiezos coyunturales ni de simples errores de coordinación, sino de dilemas de fondo, que carecen de soluciones limpias. En cada alternativa aparecen tensiones inevitables: con el discurso de campaña, con la arquitectura de alianzas que hizo posible la victoria electoral o, en algunos casos, con los propios objetivos estratégicos que la nueva administración se ha fijado.

Primera encrucijada: el fin de las soluciones mágicas

Las promesas formuladas durante la campaña enfrentan ahora el peso de la realidad. El viaje del presidente electo a Perú funcionó como una señal temprana. El corredor humanitario —pieza central del diseño migratorio— carece de viabilidad si depende de la cooperación activa de un país receptor que no tiene incentivos claros para asumir ese rol.

Este patrón se repite en otras áreas programáticas: anuncios espectaculares que, una vez trasladados al terreno de la gestión, revelan su fragilidad. Gobernar exige acuerdos lentos y trabajosos, dentro y fuera del Congreso, y también más allá de las fronteras nacionales. La política real, menos teatral que la campaña, se impone rápido. Y no siempre las cualidades que conducen a una victoria electoral son las mismas que permiten administrar el poder.

Segunda encrucijada: el choque entre relato y realidad

El diagnóstico catastrofista que sostuvo la campaña empieza a rebotar contra los datos. Chile no se encontraba al borde del colapso, y el mercado lo sabía. Lo han señalado analistas como Leonardo Suárez, Roberto Zahler y otros que observan de cerca los estados financieros del sector público y privado. Sin embargo, ese relato resultaba funcional: exagerar el diagnóstico permitía justificar la terapia (recortes, “motosierras”, ajustes presupuestarios de amplio alcance).

Como combustible emocional, la narrativa pudo movilizar al votante fiel. Pero a los mercados no se les engaña fácilmente. Leen balances, proyectan flujos y analizan contabilidad. En ese terreno, el dramatismo retórico pierde eficacia.

Tercera encrucijada: la desconfianza dentro de la derecha

Ha quedado en evidencia una fractura entre la derecha económica y la derecha política. El episodio del fallido ministro de Minería, Santiago Montt, no fue una anomalía, sino un síntoma. Tradicionalmente, el dique entre ambas esferas protegía a los actores económicos de los errores de la política y otorgaba a los políticos un margen de autonomía.

Hoy ese dique muestra grietas. La derecha económica ya no se conforma con influir desde fuera; busca sentarse directamente en el directorio de esta gran empresa que es el Estado. Si participa de manera tan expuesta —nerviosa, calculando salidas— es porque la confianza recíproca se ha erosionado. Lo que queda no es cooperación, sino vigilancia reciproca.

Cuarta encrucijada: un gobierno sin sensores

El nuevo gobierno cuenta con un ecosistema mediático inusualmente benevolente. En el corto plazo, eso reduce la fricción y facilita el avance inicial. Pero también elimina un mecanismo clave: el sistema de alertas tempranas. Funcionarios que se limiten a leer tranquilamente cada mañana informes de prensa amables, sería un error. Este entorno mediático no está diseñado para advertir puntos críticos ni anticipar riesgos.

No señala curvas cerradas ni excesos de velocidad. Gobernar sin resistencia en la televisión o en la gran prensa puede parecer una ventaja táctica; pero estratégicamente, es una forma de avanzar a ciegas. Chile ya vivió una advertencia similar en 2019, cuando un ministro festejó la caída en el precio de las flores, solo para descubrir, pocos días después, que la calle estaba estallando por un alza aparentemente menor.

Estas cuatro encrucijadas no anticipan un desenlace inevitable, pero sí delimitan el terreno real en el que el nuevo gobierno deberá moverse. La pregunta no es si existen encrucijadas y contradicciones —esas son inevitables—, sino si la nueva administración será capaz de reconocerlas a tiempo y gobernar dentro de sus límites, antes de que sean los hechos los que impongan su propia corrección.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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